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Las ballenas no son sólo para bestiarios o para libros de biología. Melville lo tenía claro. Aunque en Moby Dick narra la sangrienta historia de la caza de ballenas, se detuvo en medio de la gran novela para reverenciar al leviatán y vio en él mucho más que un mamífero o un monstruo marino: describe un ser asombroso cuya percepción es infinitamente más aguda de lo que dan fe los testimonios o las ilustraciones. La mejor forma de estudiar cetología no es desde la perspectiva del barco, ni siquiera del buzo, sino desde adentro de la cabeza misma de la ballena. Desde ahí se nos aparece un panorama muy distinto al de la plana ilustración de la ballena con un solo ojo mirándonos de lado.

Melville nos invita a imaginar cómo es su visión del mundo. La posición de sus ojos corresponde a la posición de nuestros oídos, cada uno dirigido en una perspectiva contraria, creando dos imágenes, con dos frentes y dos espaldas. La mirada de una persona, en cambio, nunca podrá aspirar a producir dos imágenes a la vez, nunca podrá ver dos objetos completamente distintos al mismo tiempo.

¿Cómo es, entonces, con la ballena? Es verdad, sus dos ojos, en sí mismos, deben actuar simultáneamente; pero, ¿es su cerebro tanto más comprensivo, combinatorio y sutil que el del ser humano, que puede en un solo momento del tiempo examinar atentamente dos perspectivas distintas, uno en un lado y otro en el lado directamente opuesto? Si es que puede, entonces es algo tan maravilloso como si el ser humano pudiera demostrar simultáneamente dos problemas distintos de Euclides.

Las ballenas, entonces, tienen una visión dialéctica de las cosas. Quizá la mirada humana no es capaz de ver dos cosas al mismo tiempo, pero el pensamiento no lo puede evitar: como los ojos de la ballena, el pensamiento se dedica a la síntesis de opuestos. El momento en que nos conmueve el pensamiento es cuando, justamente, se supera la gran expansión, el gran vacío entre un objeto y otro, y se logra combinar “dos perspectivas distintas”. Esa síntesis es lo nuevo, lo crítico, es la mirada que ve más allá de lo que aparece de inmediato, la que le da una nueva dimensión al espacio y a la experiencia.

Pero no sólo la fisionomía de la ballena se asemeja a la lógica del pensamiento, también hay un símil entre su experiencia y la nuestra, pues las ballenas también son capaces de aprender y porque aprenden, sobreviven. El mundo les presenta contingencias y han aprendido formas de lidiar con ellas: las contingencias son creación humana –la depredación de su alimento, la contaminación con redes, cuerdas, plástico, los cazadores de ballenas que aún las persiguen- y, sin embargo, ellas crean nuevos aprendizajes para lidiar con lo que se les aparece y cambian sus hábitos para sobrevivir. Se transmiten el conocimiento y pronto todas cantan una nueva cultura, una nueva forma de vivir en el mundo. Su esperanza de continuar navegando los mares está en esa capacidad de transformarse.

La ballena, como el pensamiento, es una veleta, pues ser veleta no sólo es dejarse empujar por cualquier viento o corriente: es saber lidiar con la contingencia del mundo y aprender de lo insospechado. Como el pensamiento, como la mirada de la ballena, ser veleta es indicar en qué dirección empujan los acontecimientos y actuar en consecuencia.

En este blog encontrarán, querido público, el testimonio de una veleta que se cree ballena y que navega las aguas del pensamiento, contrasta opuestos, aprende de las contingencias y los errores, y sostiene la obstinada esperanza de transformarse a sí misma y, de paso, transformar aunque sea un poquito el mundo que la rodea.

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