Filosofía como modo de vida

Mientras preparo algunas entrevistas y reportajes para el blog, les dejo aquí un texto que escribí hace un par de años acerca de la coherencia que requiere la verdadera filosofía entre la teoría y la práctica de quien la ejerce. Me parece un buen comienzo para inaugurar este blog.

¿La filosofía puede ser actualmente un modo de vida?

A lo largo de la historia de la filosofía se han dado numerosas definiciones de lo que ésta es. A pesar de estas numerosas perspectivas, me queda claro que definir la esencia de la filosofía es en sí mismo un problema filosófico. Sin embargo, me parece que el pensamiento busca atender a las problemáticas de su tiempo y es por esto por lo que me parece pertinente esbozar una perspectiva sobre lo que es la filosofía. A sabiendas entonces de lo problemático que puede ser, mi propósito en este pequeñísimo ensayo es sólo señalar la importancia de la filosofía como modo de vida y cómo esta concepción podría impactar y posiblemente transformar el modo de hacer filosofía hoy.

Esta visión comenzó en la antigua Grecia, con el surgimiento de la actividad filosófica. La palabra filosofía etimológicamente quiere decir amor a la sabiduría. Nos podemos preguntar entonces qué se entendía por sabiduría: ¿significaba saber muchas cosas, tener erudición, o significaba saber cómo conducirnos en la vida y ser felices? Pero esta pregunta no habría sido tan plausible para la gente de la antigua Grecia, pues para ellos “el verdadero saber es finalmente un saber hacer, y el verdadero saber es un saber hacer el bien.”[1] Antiguamente era impensable llevar a cabo un discurso filosófico sin que éste se reflejara necesariamente en la acción cotidiana de la persona y, como sabemos, la coherencia entre el discurso y la acción tiene su máxima expresión con la muerte de Sócrates; sin embargo, tenemos registrados muchos otros ejemplos de esta coherencia indispensable para la actividad filosófica en numerosas escuelas antiguas, desde la Academia de Platón hasta los cínicos, pitagóricos, estoicos y epicúreos. Sólo quien conducía su vida de acuerdo a los principios que defendía en un discurso reflexionado y argumentado era posible de ser considerado filósofo. La academia y las distintas escuelas filosóficas eran lugares en los cuales los alumnos aprendían a interiorizar los dogmas impartidos por los maestros, no de manera forzada, sino al contrario, comprometiendo su vida con el ideal de la sabiduría.

La filosofía como modo de vida requería  de un ejercicio constante del cuerpo y la mente mediante lo que Pierre Hadot llama ejercicios espirituales, es decir, “prácticas voluntarias y personales destinadas a producir una transformación del yo”.[2] La finalidad entonces se concentraba en el individuo, sin embargo, distaba de ser una finalidad egoísta, pues esta trasformación era una actividad fundamentalmente ética: el tomar conciencia de sí implicaba entender la relación que se tiene con el mundo, con las demás personas. La actividad filosófica partía, en todas las escuelas, de la toma de consciencia del estado de alienación, dispersión y desdicha en el que se encontraban las personas antes de comenzar a filosofar.[3] Sin esta trasformación del yo era inconcebible el arribo a la verdad. Michel Foucault distingue entre filosofía y espiritualidad como dos caras de la misma moneda y los define del siguiente modo: “Llamemos ‘filosofía’ a la forma de pensamiento que se interroga acerca de lo que permite al sujeto tener acceso a la verdad.” Y “podríamos llamar ‘espiritualidad’ a la búsqueda, la práctica, la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad”.[4] A partir de aquí se pueden sacar algunas someras conclusiones: primero, la verdad[5] no está dada al sujeto con anterioridad a su transformación, la verdad sólo es accesible a quien pone en juego su ser al tomar consciencia de su relación con el mundo; y segundo, cuando la persona es capaz de transformarse, la verdad le da tranquilidad y es posible que esté en paz con sus acciones y pensamientos. Visto de este modo, la verdad arroja luz sobre las condiciones que posibilitan su acción moral y, por lo tanto, no se trata de una verdad abstracta y desarraigada, sino de su verdad. La filosofía y espiritualidad eran aspectos inseparables en la antigüedad de una misma unidad: la filosofía como modo de vida.

En cambio, hoy en día, como diría Foucault, parece ser que la verdad no es capaz de salvarnos, es decir, de transformarnos. La actividad filosófica se ha restringido a la solución mecánica de problemas, donde nos hacemos de herramientas conceptuales para atacar problemas específicos sin comprometer nuestro ser en el acto. Me parece que el problema actual del quehacer filosófico es precisamente ése: la falta de coherencia entre el discurso y la acción de quienes se dicen ser filósofas(os). Hoy en día para ser exitosa(o) en la labor filosófica basta con publicar todo lo que se pueda, atender a todas las clases posibles, ganar puntos del CONACyT, ser muy erudita(o), pero todo esto sin importar cómo actuamos en el mundo y en qué depositamos nuestra felicidad. Habrá que preguntarnos entonces ¿a quién conviene que la filosofía se restrinja a la actividad técnica del discurso, sin comprometernos activamente con lo que postulamos? ¿Qué poder es el que está detrás de la filosofía como investigación y no como modo de vida comprometido con ciertos ideales? ¿Qué ocurriría si la pedagogía institucional de la filosofía cambiara de rumbo y en vez de enseñarnos su historia de manera inconexa y esquematizada nos enseñara la importancia de un pensamiento crítico y a su vez coherente con la acción? Aunque la actividad filosófica actual se encuentra en condiciones muy distintas a las de la Grecia de Sócrates, tal vez la concepción antigua de la filosofía nos dé pauta para la reflexión sobre nuestro actual papel como partícipes de la actividad filosófica.


[1] Hadot, Pierre. ¿Qué es la filosofía antigua? FCE, México, 1998. Pág. 30

[2] Hadot, Óp. Cit. Pág. 197

[3] Hadot, óp. Cit. Pág. 218

[4] Foucault, Michel. La Hermenéutica del Sujeto. FCE México, 2002. Pág. 33

[5] Se considera que la noción antigua de verdad es conforme a la teoría de la correspondencia, considerando la verdad como la relación acertada entre la realidad y nuestra representación de ella. Podríamos agregar que esta relación no era neutral sino que implicaba al sujeto moral, y podemos ver esto en el caso concreto del estoicismo: consideraban que la verdad dependían de los juicios de valor y es aquí donde se sitúa la posibilidad el error y se pone en juego la libertad. Para el pensamiento antiguo, el conocimiento objetivo va inseparablemente unido a las posibilidades de acción moral.

Anuncios

Un comentario en “Filosofía como modo de vida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s