El empoderamiento de la reconciliación

He regresado del Campamento de Mujeres Jóvenes Activistas vuelta otra mujer. Podría decir que he regresado a alguna esencia mía, que este ha sido un viaje espiritual hacia mis profundidades más auténticas.

Es preciso señalar que durante este regreso a mí misma, regreso a través de una otredad que nunca había sentido tan cercana e íntima, regreso desde múltiples puntos de partida: interlocutoras admirables, mujeres enteras, todas distintas y, sin embargo, todas atravesadas por una energía singular, una energía combativa, insatisfecha, hambrienta por construir un mejor escenario para ellas, para las demás. Regreso a mí misma, ya no a través de las relaciones impuestas por el patriarcado, regreso feliz por medio de lo Linda Flores ha llamado “mis pares”.

Desde ellas me descubro otra mujer. Me descubro hermana, con responsabilidades fuertes hacia ellas, hacia mí también y, no obstante, me encuentro con más disposición a aceptar mis propias contradicciones y aquellas de las demás, con una nueva apertura para aceptar mi humanidad y la humanidad en general, pero aún con la fuerte convicción en nuestra capacidad de transformarnos y transformar horizontes.

En este proceso, efectivamente todo parece tener una razón de ser, sin que esto implique que el proceso esté determinado por un destino inevitable. El proceso posee su inteligibilidad en las acciones libres que lo conforman y le dan sentido. Así, pues, en este proceso que constituyo individual pero sobre todo colectivamente, descubro que el deber ser, la ética que inventamos en nuestro rebelde andar es imprescindible como las constelaciones en el cielo que indican en qué dirección navegar.

Pero constato que ese mapa normativo sólo sirve si conocemos las condiciones actuales de la geografía de nuestra realidad, de los límites de nuestros mares, de la velocidad y capacidad de nuestras embarcaciones, de los climas que nos rodean y determinan las condiciones de nuestros viajes.

El conocimiento de estas realidades implica entendimiento de sus intrínsecas contradicciones, no para condenarlas y arrojarlas al olvido o, peor, para deliberadamente ocultarlas y aparentar perfecta coherencia en la acción cual si fuéramos diosas de infinito conocimiento y sabiduría. Las contradicciones son también, y primordialmente, las impulsoras del movimiento que nos posibilita cuestionar y ser autocríticas, descubriendo nuevas estrellas, considerando nuevas rutas.

Sin el conocimiento de nuestras propias inconsistencias, limitaciones y condiciones, la normatividad no tendría sentido, y nuestras embarcaciones girarían sobre un mismo eje sin posibilidad de cambio.

Estoy tan feliz de que en este encuentro con mujeres despiertas e impulsoras de transformaciones verdaderas he podido entender mejor mis propias contradicciones, las de las demás y las condiciones que me constituyen.

Tras su aceptación, comienzan a brillar con más claridad las estrellas que mapean las rutas indicadas para dirigir mi nave en busca de nuevos horizontes. La satisfacción y el amor que eso me provoca no me caben en el pecho. Estoy infinitamente agradecida.

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