¿Modernidad superada?

Hoy que traigo un ciclo moribundo y otro renaciente he sentido la muerte, el oscurantismo y las alas fuertes aún. Como en las guerras mundiales, me siento habitar un cataclismo. No sé si es narcisismo, pero pensarme es la cosa más difícil cuando me sé atravesada por este mundo reinado por contradicciones. Ya me da mucha hueva enumerarlas, ya es demasiado rollo. Confío en que ustedes las saben, así que puedo confiar en que me conocen al menos un poco.

Regresando a casa después de un tormentoso día depositando mi valiosa vida en el ordenamiento idiota de papeles ajenos, me consolé con una flor morada que hizo un hombre frente a mis ojos. Mientras la fabricaba, el delgado sujeto hablaba con tono profético acerca de la buena vida; él no la llamaba así, pero su finalidad era vendernos una moral con flores. Le surtió efecto pues su discurso era justo lo que yo necesitaba escuchar: la felicidad no está en los bienes materiales, está en la congruencia, en el compartir, y en Dios. Bueno, sobre Dios no lo creo, aunque en lo profundo de mi ser entiendo que sea buen consuelo. Lo entiendo, pero no comparto el sentir. Pensar en Dios me causa más confusión que otra cosa: ¿por qué he de sentirme pequeña e insignificante? ¿por qué he de aminorar mi valor? Ante el dolor de la existencia, ¿por qué debo mostrarme sumisa frente a la totalidad? ¿qué acaso no soy la autoconsciencia de esta totalidad? ¿qué acaso no soy cumbre de su relieve?

En fin, más allá de mis sospechas de quienes usan el nombre de Dios para la moral, no dejé de encontrarme abrazada por este hombre fabricante de flores en el metro. Cargué con la flor como trofeo, la hice mi reconciliación con el mundo y conmigo misma. Sí, más allá del preciado reconocimiento social, la felicidad es mía, pensaba. Títulos, dinero, carisma, mágicos encuentros… qué más dan si estoy contentan conmigo misma. Pero ¿acaso lo estoy?

Mis horas en el metro y en el tren ligero, rumbo al sur, siempre van acompañadas por las páginas de Anais Nin, y descubro que mientras más me suelta el pensamiento más me provoca una profunda envidia. Le envidio sus horas para escribir y amar. Le envidio su despreocupada naturaleza y su capacidad de mentir. Le envidio el esposo rico y el amante artista. Le envidio la clarividencia. Ella misma fue consciente de la envidia que provocaba y sabía cómo utilizar sus recursos y su encanto siempre a su favor. Sobre todo, envidio esa inteligencia suya.

Quiero entender esta emoción, que evidentemente dice mucho más de mí que de ella, y llego a la conclusión de que mi envidia es como un amor amargo lleno de ego. Ser diosa no me llama tanto como habitar las páginas de aquella mujer liberada y contradictoria, pero sé que en la honestidad podemos ser hermanas. En la honestidad con nosotras mismas. Ahí el ego deja sus alturas, sus exaltaciones, como también sus culpas y castigos y, en su justa dimensión busca, con ojos pelados, las respuestas del espejo y su cercanía, más allá de los discursos edificantes.

Sé que me habita el romanticismo de los duelos, los ideales y la exaltación de la sabiduría. Aún no supero la modernidad. Pero ya no me preocupa tanto, ya pasan los días de tedio y sé que tengo redención. Que, al fin, pronunciaré mis letras y me hundiré en la nada, que al fin brillará lo sagrado en el instante que habito. Eso ya no es tan romántico ni tan moderno supongo: mi consuelo es la nada. ¿Dónde están las cumbres? En todas y en ninguna parte.

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