Reflejos de la luna

Me refugio en mi interior junto a mis seres mitológicos -aquellas sombras de la vida que me acompañan siempre. Tantas expectativas que cumplir, distintas a las tradicionales pero igualmente pesadas. Quisiera poder irme de esta ciudad, huir de la gente, los compromisos. Pienso en Guanajuato, en el bosque de Santa Rosa, en las presas, los cerros, en mi imaginativo desprendimiento. Me descubro ansiando la soledad, una soledad nueva, en nuevos espacios, sólo acompañada por mis libros y mis libretas.

Quiero tiempo para estar a solas con mi pensamiento y mi creatividad. Tener tiempo para deshojar mis temblores, descubrir mis fuerzas y volver a sentir sincera la sonrisa hacia el mundo. Pienso que este deseo tiene que ver con “el tiempo de mis glándulas y mis arterias”, el único que sé obedecer. ¡Qué determinismo tan atroz!

Quizá deba pedir una semana al mes para que todxs me dispensen, comprendan mi ausencia, mi silencio, mi neurosis. Quiero pedirles muros para sostenerlxs, que no se indignen o se ofendan si prefiero dedicar mis horas a mi jardín, mi gato o una hojas improductivas, si es que guardo silencio, si no estoy puesta para la acción, las ideas y la calle, ni siquiera para el convivio cotidiano. Me pregunto qué tan válida es mi petición, qué tan plausible es en realidad.

Me invade una ansiedad infinita porque mi cuerpo no está sincronizado con el tiempo del mundo, que se mueve sin pausa siempre demandando nuestra atención, nuestro quehacer, nuestra presencia productiva. Quizá una solución sea encontrar en mis horas pasmadas e introvertidas alguna acción que me redime y me dé la apariencia de seguir el ritmo que se impone: volver la intimidad otra fuente de producción. “Vean: sigo actuando, no soy completamente inútil. Aún pueden encontrar en mí el eco de alguna idea, alguna reflexión mínimamente interesante, algún alimento para el alma.” Pero incluso esto es una falsedad: ¡sólo quiero el silencio! Silencio para escuchar los riachuelos de mi cuerpo, para dejar de estar siempre volcada hacia lo otro, para poder ser, sin culpas, la encarnación del universo.

Isaac Levitan. La luna crepúsculo. 1899.

Es difícil apreciar estos días de forma neutra. Desde el mundo público y cotidiano son días infértiles, profanos, indeseables, enfermos, dolorosos, asquerosos. Lo que hay que hacer es simular su inexistencia y fingir una fortaleza que los venza para salir de ellos triunfante, vencedora. Desde la mística femenina, por otro lado, estos días son la renovación del ciclo sagrado de la vida, son días poderosos en que la sensibilidad se expande y sacamos, desechamos los que no nos sirve para volver a comenzar, nuevas y luminosas.

Es cierto que esta segunda perspectiva ha gozado de menos aceptación que la primera y que en general vivimos estos días socialmente como un castigo, lo que es necesario transformar para lograr mayor entendimiento y aceptación de lo que somos, de estos cuerpos que somos. Pero la mística femenina, me parece, tampoco tiene la respuesta. No podemos saltar del desdén más profundo a la suprema veneración sin que caigamos en otro discurso edificante, superficial e intrascendente, que no logra más que un optimismo vano, incapaz de cambiar las relaciones en las que nos sumergimos y que nos determinan.

Atengámonos a los hechos: existe una temporalidad hegemónica, que podríamos caracterizar como masculina -aunque acepto que hay otras formas, no hegemónicas, de masculidad. Este tiempo se expresa en relojes y calendarios que marcan la pauta del trabajo y la productividad y cuyos descansos son arbitrarios y poco tienen que ver con los reclamos del cuerpo. Impone, pues, una subjetividad siempre disciplinada, siempre atenta y cordial, siempre dispuesta, apta para la socialización y el trabajo.

No puedo hablar por todas la mujeres, sólo afirmo que quizá otras se sientan identificadas con mi malestar: mi subjetividad no se acopla a esta temporalidad hegemónica desde que mi cuerpo me pide que le baje al ritmo, que me concentre en mí y que deje para después los quehaceres y las presiones. Siento como una violencia la imposición de un calendario ajeno, así que también respondo violentamente: la neurosis.

Nos hemos mantenido tan ocupadas en esconder y disimular los efectos de la menstruación en nuestra vida que nos hemos limitado profundamente en nuestro autoconocimiento. No se trata de glorificar estos días como un regalo divino de la naturaleza, ni de condenarla a ser nuestra periódica tortura. Se trata simplemente de entender sus efectos, implicaciones y la forma en que determinan nuestra relación con un mundo que reprime toda subjetividad no disciplinada a la temporalidad dominante.

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4 comentarios en “Reflejos de la luna

  1. Yo creo que es comprensible y muy justa tu petición de alejamiento. Creo que hasta podría considerarse un derecho el de retirarse a gozar la experiencia del silencio. Ojalá lo disfrutes pronto, sin ninguna culpa.

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    1. Gracias! Creo que todas necesitamos saber que contamos con aliadas insospechadas, incluso en los momentos de silencio y soledad: Nosotras mismas, para empezar, hemos de ser nuestras primeras aliadas. Saludos!

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    1. Cris hermosa! pues tenemos que apartar un ratito para platicarnos nuestros sentires no? Te extraño harto amiga. Harto, harto. Justo ahora estoy cerca de ti, ojalá nos veamos. BESOS!

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