Lo ridículo

Hoy salí con un vestido verde, enseñando los hombros, con las caderas y la pancita a sus anchas, sin mayores restricciones. Ha sido un día caliente, de esos que me gustan por recordarme el trópico y su calma, aún si no dejo de quejarme igual, nomás por costumbre -esa necesidad de hacer conversación banal que reconforta por cotidiano. Hoy fue un día de feliz valemadrismo en el que me encontré abandonando la expectativa y abrazando con los ojos el paso del mundo: le coquetee a un payasito en el metro (con ojos hermosos, ¡guapo el muchacho!), platiqué sin pena con otro que me abordó intrigado por mi lectura silenciosa y pública, dejé que las más versadas y eruditas platicaran durante la comida sin intensión ni interés de contribuir a la conversación, comiendo cual animalito obediente y dejé, por fin, que la ansiedad me desbaratara, sin oponer ninguna resistencia, hasta que terminó por asfixiar su propia existencia.

Lo banal, lo ridículo, lo absurdo… ¡qué proeza! ¡cuánta gratificación! ¡qué alegría! Dejé el tormento de tener que pensar cosas profundas o imprescindibles que ayudaran a disipar la insignificancia de mi vida. Sí, soy insignificante y ¡qué alivio! No soy capaz de grandes hazañas, si acaso puedo articular medianamente bien un discurso pero no puedo lograr ser original, puedo mantener sano a un gato pero las plántulas del huerto se me debilitan por falta o exceso de sol, puedo investigar e hilar ciertas abstracciones pero no me pidan que recuerde fechas, datos o nombres. Para ser periodista, soy muy buena filósofa, y para ser filósofa soy muy buena poeta; pero resulta que no soy poeta, no sólo porque me resisto a llamarme poeta por la acostumbrada pomposidad con la que se llaman ‘poeta’ a sí mismos ciertos personajes desagradables, sino porque sinceramente no lo soy. No soy más que un terco -y bastante ridículo- delirio de la razón.

Sé que el absurdo es un privilegio. Es por entero un privilegio decir lo que dijo ese personaje de muchas cabezas: “¡Vamos, que estoy harto de semidioses! ¿Es que no hay gente en el mundo? ¿Soy el único que es vil y equivocado en esta tierra?”. No sólo asumir, pero regocijarnos en nuestros desperfectos y mostrarlos con desfachatez, felices, soberbios en nuestra equivocación, sin intensión alguna de remediar nuestra inutilidad y pequeñez, es el privilegio de quienes, en el fondo, queremos ser semidioses  tras vivir el ocio de pretender conocer lo exquisito y verdadero. Después de enterarnos de que existen fuertes contradicciones, tras analizarlas y entenderlas, nos damos a la justísima, filosófica y adulta labor de resolverlas, buscando siempre la perfección, lo llano y libre, lo divino, lo incorruptible, lo bueno. Pero tanto afán por pretender lo que no somos nos corroe y termina por eliminar de nuestras facciones la infante sonrisa de quien puede con satisfacción contemplar sin más. Regresamos, no sin transformaciones, al regocijo por lo ridículo.

Estoy consiente de que entre quienes me leen hay muchas personas bien plantadas en sus convicciones políticas. Yo misma soy una de ellas. Y por eso afirmo que sé que este regocijo por el absurdo de mi existencia es un privilegio, privilegio que en efecto tiene que ver con jerarquías, contradicciones, e injusticias sociales que necesariamente han de ser abatidas. Pero asumir que soy ridícula y absurda, que mi vida (¡por todos los cielos! ¡mi vida! ¡todo lo que soy y conozco!) es un cúmulo de absurdos, canalladas, ridículos y sufrimientos sin sentido, no es un privilegio que marque rango o superioridad, ni siquiera es un privilegio que dañe a otras personas. ¡Ojalá todo el mundo se enterara de lo ridículo que son! Ojalá supieran sus contradicciones y estupideces, sus voces tan viles como humanas, sus arrogancias y mezquindades, que las supieran tan bien, que las conocieran tanto como su cultura, que pudieran ser al fin payasos sin pena, y que tras sufrir las ansiedades correspondientes, se dejaran llevar por la risa infinita que nos acoge en sus digestivas entrañas, donde alimentamos al mundo con nuestro absurdo.

Híjole, ya se acabaron las cervezas… y lo digestivo me invade. Saldré de nuevo a probar lo ridículo del mundo.

San Michel illuminati
San Michel illuminati
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4 comentarios en “Lo ridículo

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