“El yo es un nosotros y el nosotros un yo”

Esta semana fui a un seminario donde un renombrado antropólogo hablaba sobre el relativismo en las ciencias sociales, tan en boga hoy. Coincidimos en que la anhelada objetividad se encuentra en el análisis de las relaciones de poder, aquellas que nos demarcan, constituyen, dirigen y oprimen. Está claro: un(a) relativista no puede afirmar ni negar las relaciones de poder, se encierra en la vastedad de perspectivas disimiles incapaz de hallar el hilo que las unifica y les da su consistencia.

He tenido tanta hambre por encontrar ese hilo, por afirmarlo como quien sostiene la manzana de la discordia orgullosamente en sus manos, dueña absoluta de la verdad y, sin embargo, una dueña con ánimos de compartir su posesión, socializar el conocimiento. Pero temo que en mi afán -que reconozco no está él mismo exento de deseo de poder- he esquematizado más de lo que he pensado y creado, traicionando mi fidelidad a la verdad. En este esquematismo las etiquetas han proliferado y las divisiones se han ahondado, la más grave: la división de mí misma frente al mundo. Claro que en busca de la criticidad pertinente a las circunstancias me he hecho de gente aliada y no he sucumbido al aislamiento de la radicalidad, la desconfianza totalizadora, esa paranoia, esa hostilidad, aunque admito que me he visto tentada.

Pero tras tanto análisis y búsqueda de lo que serían las diferencias de las que colgar la objetividad del discurso, he peligrado en olvidar las conexiones que hacen de la totalidad más que la mera suma de las partes. Es paradójico. Mientras busco la unidad, la explicación última, parece que se me escapa, que me pierdo, que yo misma me desconecto y prefiero erigir dogmas y someter con prejuicios. Ser feminista -lo que implica no sólo afirmar una verdad sino defenderla activamente en lo cotidiano- y ser congruente y feliz no es una labor cualquiera. Ante la verdad, parece que mis sonrisas tantas veces se han ensombrecido y mi mirada ha perdido el brío. Eso sí, ya soy menos propensa a la manipulación, el dominio que limita en vez de liberar y a la hostilidad entre mujeres.

Y ahora, en época pre electoral, parece que las diferencias de nuevo se han multiplicado, y la política se saborea en cada conversación, en cada rostro con el que se cruza, en cada acto por pequeño que sea. Y de nuevo, no soy capaz de entender cabalmente las diferencias, debo hacer el enorme esfuerzo de remontarme a las abstracciones genealógicas que me permitan entender la historicidad de ciertas elecciones políticas -las que son abiertamente conservadoras, que ante la información que poseo me parecen profundamente aberrantes. Se erigen muros más impenetrables que me reflejan frustrada e impotente.

Y entonces hoy me ocurrió algo, que al menos de manera inmediata, vino a ser un bálsamo de reconciliación. En un largo y solitario pasillo del metro chabacano, ya de noche, me encontré caminando directamente hacia una anciana parada con sus flacas piernitas arqueadas bajo el peso de su viejo cuerpecito. Estaba pidiendo limosna. Inmediatamente mi aparato de esquematizador -sin el cual sería difícil vivir en esta ciudad- comenzó a procesar la información: no era una maría, por lo cual es menos probable que pertenezca a una red de trata de personas, una de esas mafias que explota mujeres, niños e indígenas con tal de sacarle provecho al acto de interpelar, como dice Dussel, al corazoncito de la gente culposa y bien intencionada. Una genuina viejita pobre y jodida que mostraba un brazo enyesado. En mi mente, aún tan racional, se prendió un foco verde: a ella sí le puedes dar una moneda. Me paré a su lado y mientras que buscaba en mi bolso algunos pesos, aún sin verla a los ojos, escuché sus rezos que soy incapaz de repetir porque soy totalmente ajena a la religiosidad, pero decían algo así como: “Jesús se lo agradecerá, Jesús que está en los cielos y en los corazones de las personas, hijo de la Virgen María, llena eres de gracias, ejemplo para todas las mujeres de recato y misericordia.”

Ya se imaginarán lo que andaba tramando en ese momento mi mente atea y profundamente desconfiada de lo religioso. Entendí que ella era mi otra, cuerpo de una otredad que define algunos de mis rasgos, los rasgos que más se alejan de la cultura católica mexicana. Con una sensación de rechazo, me resigné a terminar lo que me había propuesto a hacer frente a la señora: saqué la moneda del bolso y extendí la mano volteando a ver el rostro de mi otra. Pero lo que vi no fue un muro, ni sentí la distancia. Sus ojos me mostraron una sonrisa plena, un alegre agradecimiento, una conexión. Al sonreír en respuesta, todas mis barreras se derrumbaron y fuimos amigas.  La confianza estaba sembrada entre nosotras. Durante esa fracción de segundo, fuimos aliadas poderosas. Mientras me alejé pensé que ella seguramente no tendría noción del feminismo, tal vez se opone al derecho al aborto y abogue por que las mujeres nos quedemos en casa y atendamos a nuestros maridos, como indica la Biblia -según dicen, pues de primera mano no lo sé: aún no paso del Cantar de los Cantares.

¿Cómo entonces pude sentirme tan conectada con una persona tan diferente a mí? Mi pobre cerebrito racional se dejó caer en los brazos del sentir, aliviado. Y fue mi sentir lo que le mostró humildad -concepto bastante cristiano por cierto, lo sé. Humildad que en el terreno de lo racional se convierte en auto crítica, bálsamo de los errores, nave segura. En la auto crítica tenemos seguridad, sí, pues damos pie a que nuestros pensamientos estén errados y nos abre posibilidades liberadoras de las cadenas más pesadas: aquellas que no vemos, con las que nos atamos a nosotras mismas.

La búsqueda de la verdad, no puede ir separada del amor. No el mero amor a la verdad, como si sólo se anhelara sin conseguirse jamás, pero la verdad en el amor. (Sé que esto suena a chorro cristiano pero le pido por favor que me crean cuando les dijo que sigo siendo atea, que la viejita no logró convertirme con nuestro instante amigable.) A fuerza de roces con el mundo, descubrí una vez más que no puedo andar por la vida afirmando una verdad que niega las experiencias y las historias de las demás personas, alejándome de ellas y provocando en mí la catástrofe del elitismo y la separación. Eso sólo lograría minar mi propio esfuerzo por saber y sentir lo que es: no basta con afirmar una verdad y con ella despedazar las verdades de los demás, es necesario siempre la búsqueda de la verdad compartida, que se logra sólo mediante el reconocimiento de que somos lo que somos por las demás personas, por la historia, por el espíritu humano. Como dice Hegel: el yo es un nosotros y el nosotros es un yo. Ahí está la verdad, en el poder de transformar ese yo colectivo, transformación que se dispara en muchos niveles: desde el psicológico individual hasta las cumbres de lo social, y que pasa por muchos procesos, contradicciones y reconciliaciones.

Así, entiendo mi propio andar y no me arrepiento de la negatividad y la propia contradicción que traigo metida, pues sin ella la satisfacción de reconciliarme y abrazar la otredad aún con esperanza no me seria accesible con tanta lucidez.

 

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2 comentarios en ““El yo es un nosotros y el nosotros un yo”

  1. Muy bello, estás escalando ya alturas mayores; me encanta lo de la autocrítica y el despertar más consciente y abierto a la diversidad que implica obligadamente el respeto. Gracias por hacerme pensar también más allá de los esquemas.

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