Espiral ascendente

Para el Dr. Sergio Pérez Cortés

La eterna especulación sobre el contenido de la vida: ¿a qué debo dedicarle mis horas? ¿Cuáles han de ser las actividades que además de enriquecer mi espíritu -que en realidad es lo de menos ya que en potencia todo puede contribuir a expandir y profundizar los pliegues y complejidades del alma-, cuáles han de ser, más bien, las actividades en las que yo logre explotar mis potencialidades y contribuir a la vez a la vida, a su movimiento, a su belleza, su bienestar?

La vida ¡qué concepto! Ese trompo que gira siempre sobre sí mismo, inmóvil en su autonomía, su inconsciente y natural permanencia y, sin embargo, en eterno movimiento, imparable en sus constantes mutaciones. Soy -somos- la contradicción perfecta de este estático movimiento: yo soy vida, esa inercia orgánica de la materia, y al mismo tiempo soy autoconciencia, soy pensamiento, soy libertad. No voy de acuerdo con esas tendencias ideológicas que afirman que la libertad no es más que el sueño alucinado de nuestra naturaleza, naturaleza que no puede evitar su destino biológico, encerrada en sus determinaciones. No, sucede que el pensamiento no es el perrito faldero de una naturaleza dada, el pensamiento también es creador de nuestras determinaciones, el que es capaz de convertirlas en concepto y transformarlas.

Es por esto que el trabajo es esencial. Es el trabajo, el contenido de nuestra vida, donde el pensamiento se vuelve concreto, se vuelve creación que determina, crea, plasma esa libertad sobre la materialidad del mundo y nos devuelve la vida como algo nuestro, aquello en lo que imprimimos nuestra reconciliación con el mundo. Por ello, saber en qué hemos de trabajar es decidir qué contenido deseamos inyectarle a la vida. No es, pues, una cuestión menor.

Es por la importancia existencial de esta decisión por la que, aún irreflexivamente, me he tardado tanto en decidir. Ante mis múltiples facetas -tantos corazones y rostros reflejados desde otros rostros- he pensado que soy buena para una gran diversidad de actividades, o al menos eso creía. Pero cuando mi rostro cambiaba, aún conservando el anterior, y la actividad pasaba de ser una deseada necesidad a un imperativo ajeno, entonces dejaba de sentir la vida como algo propio sino más bien como una imposición. Surgía así la necesidad de un cambio, de nuevo se abrían las interrogantes y mis posibilidades ilimitadas, de nuevo emprendía la búsqueda por eso que fuera ‘lo mío’. Así, pasé de la literatura a la filosofía, de la filosofía al periodismo, del periodismo al activismo, siempre impulsada por el encanto y el desencanto, sin aparente dirección.

Pero ahora que percibo que se avecina de nuevo el cambio, ahora que de nuevo me veo arrojada al movimiento, me doy cuenta de que sí he tenido dirección, que los cambios no son en vano. Mi dirección no es una flecha recta, como veo que le satisface a tantas personas, no tengo un punto de partida con un punto de arribo predeterminado y fijo. Yo no dejo de vivir me como un proceso y como todo proceso que aprende del pasado, que lo niega y retiene, mi dirección es una espiral ascendente.

Regreso pues a la literatura y la filosofía, pero no regreso a ellas al encuentro de la esquematicidad y el aislamiento de las disciplinas, aquello que antes me desencantó y de lo que renegué. Regreso a ellas con toda la experiencia pasada en los huesos y, por esa experiencia, las conecto ahora con lo que conservo del periodismo y el activismo: ese entendimiento efectivo de las relaciones humanas concretas y la política que como descarga eléctrica las impulsa a existir y objetivarse.

En este círculo, movimiento por el cual voy descubriendo a qué quiero dedicarle la vida, regreso a la literatura y la filosofía, hermanas que caminan de la mano, ya no desde la mera abstracción o el sentimiento desnudo, sino desde un sentimiento y una abstracción cargada de contenido político. Sé que ni mis palabras ni mis acciones son neutrales, sé de mi responsabilidad frente a otras personas y frente a lo que soy y somos quienes nos asumimos como mujeres en un país donde aún somos asesinadas por ser lo que somos, donde somos discriminadas, violentadas, torturadas mental y físicamente, manipuladas, explotadas. Sé que lo autobiográfico no se escapa de lo político, igual que las más puras abstracciones.

Pero después de transitar por terrenos tan prácticos como el periodismo y el activismo, inevitablemente se me ha aparecido una pregunta que no ha dejado de retumbar en mi cabeza últimamente: ¿cuál es la acción que mejor llevo a cabo? ¿Cuál es la acción que me pertenece, que siento y vivo como creación propia, que soy capaz de hacer relativamente mejor que otras acciones, aquella con la que contribuyo en mayor medida al embellecimiento, profundidad y crítica del mundo y la vida?

Después de probar mis aptitudes y fuerzas en terrenos tan prácticos, como decía, he llegado -no sin esfuerzos- a la conclusión de que mi potencial se ve mejor desarrollado no cuando intento organizar acciones políticas, ni cuando participo en sostener un movimiento o establecer alianzas con fines comunes o entender el quién es quién de las fuerzas políticas. Los pobres resultados de mis intentos y la desesperación que me provoca terminan por hacer de esos terrenos campos ajenos, donde he de seguir la batuta y dirección de otras, volviendo de mi trabajo y actividad de nuevo una tarea imperativa e impuesta -no una creación propia y deseada. Que quede claro que asumo mis limitaciones y acepto gustosa la dirección que otras voces y experiencias me puedan dar. El punto es que yo también quiero contribuir a dar dirección en la medida de mis posibilidades y según mis propias aptitudes.

¿Cuál es pues la actividad, el trabajo, en la que mejor siento objetivada mi vida, en la que me motiva no sólo la convicción política, sino también el impulso de la más íntima pasión? En la escritura, en aquella amalgama lingüística de pensamiento, emoción y experiencia. En la expresión de la vida, aquello que, como dice Miller, es algo paralelo a la vida, que pertenece a ella y al tiempo la sobrepasa.

Porque sostengo que saber articular discursos y palabras es también una acción concreta y no un mero privilegio burgués. Porque sé que esforzarse en descifrar las sutilezas del pensamiento también libera y nos permite encontrar mayor claridad. Porque sé que soy la expresión de algo que rebasa la mera individualidad de mi discurso y encarno una historia, un tiempo y una necesidad espiritual. Porque detrás de cada palabra está la lucha que es la historia humana. Por todo ello, regreso a la filosofía y la literatura, no sin profundas transformaciones, para probar mi capacidad de marcar el mundo como el mundo me ha marcado a mí.

Bibliothèque pour enfants, Clamart, France (1965). Fotografía de Martine Franck.
Anuncios

2 comentarios en “Espiral ascendente

  1. Gracias por compartirlo. Por cierto eso a lo que regresas me parece que lo haces muy bien, y no tod@s tenemos esa capacidad de transmitir a l@s demás, mediante la escritura, lo que habita en nuestra mente. Me gusto muchísimo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s