Entrega

Se alzan los aires de una unión amorosa,

enteramente amorosa como el primer poema del mundo.

Cuando el deseo de permanecer intactos cesa,

cuando la circunferencia se rompe,

cuando el celo se desmorona

en la lúcida contemplación de la montaña

en paz con el viento y las aguas que erosionan su dureza

pues se reconoce también en la llanura

y sabe que ni el polvo es eterno.

 

En esta unión se entrega

quien reconoce la muerte en cada paso

y ofrenda ante el destino

su cuerpo como vehículo de lo inmutable.

 

Al acariciar la piel que algún día será hierba

al celebrar las alas del canto en cada voz

al reflejarse en todos los besos

-pues sólo hay un beso-

al saber lo que hay de universal

en la palpitación del deseo

al apretar entre las carnes no la propiedad

sino el simple gozo de las aves,

siempre en vuelo, sin jaula

ni vendajes que oculten la desnudez del movimiento.

 

El erótico contacto de los elementos

acata la ley de lo mutable

y en su mutuo agradecer nombran el infinito

como una creación proveniente

del roce

de un éxtasis nuestro.

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