Naufragio y esperanza

¿De qué naturaleza proviene la necesidad de encuentro? ¿O es acaso no una fuerza natural pero una genealogía la que sea capaz de explicar la insuficiencia de lo singular, lo determinado y finito, lo individual -ese ardor solitario del aislamiento? He dicho que hoy más nunca me sé una autoconciencia desgarrada.  Aunque por dulces instantes logro sentir la unidad y lo infinito aquí entre lo existente (momentos sublimes sin duda: el fervor de la manifestación política, el éxtasis del placer sensual, el abrazo de cuerpo y alma de los imprescindibles, la entrega sin reparos a la necesidad creativa), aunque en esos momentos siento y pienso que soy a la vez creación y creadora de una totalidad unificante, aún son momentos fugaces, que se me escapan de entre las manos y el pensamiento y regreso entonces al encierro de una circunferencia, que aunque tenga grietas por donde se filtra lo externo, aún no sabe cómo trascender su misma área delimitada.

Todo se lo debo a la comunidad humana, a este universo de constelaciones que producen todo cuanto tengo, desde el calzado hasta la palabra, desde el alimento hasta la vida misma. Nada de lo que soy y poseo se escapa de ser mediado por eso que no soy y que no poseo. No es una gran ciencia ni descubrimiento, cualquiera se dará cuenta de que lo que afirmo aquí ya lo sabe. Pero si este saber es, pues, tan común, ¿por qué insisto en la separación? ¿Por qué no logro la reconciliación y la paz? ¿Por qué no escapo de la angustia y la soledad? Quizá no sea un conocimiento tan común después de todo.

Sé que el enemigo más real está dentro de mí: es el mismo entendimiento mío, con el que creo conocer y donde se manifiesta mi no tan humilde opinión, el que me divorcia de las demás personas. Mi entendimiento es pobre y soberbio: sin comprender las razones por las que tantas personas actúan en detrimento del bienestar, de la sabiduría, de la paz, cree, sin embargo, tener una verdad contrapuesta a la verdad de estas personas, cree que él sí sabe lo que es mejor para el país y tiene en qué fundarlo -una carrera universitaria, acceso a fuentes alternativos de información, lectura de los diarios, de filosofía, de literatura. Y, sin embargo, mi pobre entendimiento no comprende lo que le parece absurdo: ¿Cómo es posible que existan priistas, panistas y políticos mafiosos en general? ¿Qué es lo que hay en la tele idiota que hipnotiza a tanta gente? ¿Cómo es posible que esta gente lo crea? ¿Acaso la pobreza es tan aplastante que vale más una tarjeta de despensa en Soriana que la propia dignidad? Quizá sí peco de ingenua, pues lo que yo veo claramente, lo que considero razonable y verdadero, es pisado por las masas sin esfuerzo, o como diría la Fénix de México:

¿De qué sirve el ingenio

el producir muchos partos

si a la multitud se sigue

el malogro de abortarlos?

No comprendo la dirección del espíritu humano y no veo en los oscuros cielos la estrella que nos señale el camino correcto. No veo que quienes pretendan navegar el barco en el que estamos viajando -tanto de un lado como de otro- puedan en efecto dirigirnos acertadamente entre las aguas y sólo veo que tanto arrebato del timón le da ventaja al que más fuerza tiene, mas no Razón.

Ante mi entendimiento giramos bajo los cielos sin compás, creyendo unos que navegan felices con la corriente, otros que, menos dichosos, también creen que navegan pero contra corriente, mientras que la nave simplemente naufraga a la deriva de los elementos. Ante tan desdichado panorama ruego por alguna certeza que me consuele, que me dé esperanza verdadera y encuentro en el rogar la misma esperanza por la que ruego. Más que fe, sostengo una verdadera esperanza que germina dentro de mí: no es ningún ser trascendente o la utopía la que me permite la búsqueda de real optimismo, es lo que soy y lo que sé, a pesar de que es precisamente lo que sé lo que me hace doler tanto. Quizá en la ignorancia sería más feliz, pero ya no puedo enseñarme a ignorar, aunque sé como Sor Juana que cuanto le añado al discurso tanto le usurpo a los años. Ni puedo tampoco desdeñar lo que sé, por más dolor que me cause.

Sospecho que es este mismo dolor el que me sirve de evidencia de que no estoy aislada en mi singularidad, y quizá este sea el trabajoso puente que me una con los demás. Sé que este dolor no es tampoco solamente mío, es colectivo y está sustentado en una razón histórica. Por ello, este dolor es indicativo de un camino, una dirección, cuyo origen es cognoscible, cuyo presente presenciamos y cuyo futuro se delinea en nuestras acciones. No me congratulo, pues no hay por qué congratularse de lo que es simplemente la reacción de un ser sensible al terrible mundo al que se enfrenta, pero sí me consuela, paradójicamente, el dolor que siento, ya que, aunque lo haga negativamente, permite atisbar en el cielo la estrella que tanto anhelamos ver.

Naufragio -Ivan Konstantinovich Aivazovsky
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