Higos

Enflaco cada día sin miedo.

Dejo en los surcos y la cama

incontables brevas de mi tronco.

 

Parpadeo despacio,

la retina

proyecta casi inmutable la luz

como si en ella permaneciera la blancura

después de mi dádiva y despojo.

 

Cada día abandono, doy.

Cada día me roban y arrebatan.

La mirada se fija más y más

en la perfección de higos

expectantes de sus ramas.

No me atrevo a violentar

la perfección con mi hambre.

No los toco.

 

Y me vuelvo observadora del hurto

que picotea su jugoso centro y los mata.

Otros caen simplemente,

se abandonan a su podredumbre

fertilizando el suelo.

 

Silenciosa contemplo un destino.

Y cuando caen mis párpados

tantos higos permanecen

después de cada dádiva y despojo.

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