Las implicaciones metafísicas del vuelo.

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Mirar por la ventana de un avión me produce nostalgia a la vez que un sosiego absoluto. Se trata de un limbo en el cielo, un lugar donde me siento no pertenecer a ningún lado, estática mas siempre en movimiento. Creo que justo por eso, paradójicamente, me siento tan en casa cuando estoy en un avión. El limbo me es un lugar familiar que al mismo tiempo está lleno de novedad y asombro: en él puedo ver las figuras de las nubes desde arriba en vez de abajo y observar la geografía desde la objetividad del cielo, el limbo me permite saber que soy un bichito trepando la maqueta del universo y, también, que me desenvuelvo en la escala pequeña del rostro a rostro, donde la diversidad humana comparte conmigo los apretados asientos de nuestro transporte.

La ventana del avión, decía, es un nicho propio de la nostalgia, es uno de sus rincones preferidos pues, ya sea que se inscriba en una despedida o en un regreso, me recuerda la finitud de la estadía, aquí o allá, y la permanencia del traslado. No me ocupo en hojear las revistas, ver una película o conversar con la persona a mi lado. Estoy hipnotizada por la pequeña ventana por donde se me aparece la esfericidad del mundo. Y como si mi conciencia se sumergiera en el éter, poco a poco me encuentro cada vez menos capaz de pensar en otra cosa que el movimiento y la unidad: toda realidad se vuelve transición, para bien o para mal, y se me aparece absurdo el apego al minúsculo lugar que habito y que me da la ilusión de pertenencia.

El “pertenecer” me deja de preocupar, me disuelvo y siento pasar mi frágil existencia como tiempo líquido entre las manos, como algo inasible y que sin embargo saboreo y detengo en el pensamiento y las pulsiones. La perspectiva que me da el horizonte es monumental pero no me aplasta ni me quiebra. Ante la vastedad que se ofrece a mis ojos, la totalidad que atisbo no insulta mi pequeñez, no aplasta y sobaja mi soledad. Me siento pequeña, sí, pero no es la misma pequeñez que me invade en medio de las multitudes humanas: no hay insignificancia, no existe la comparación ni esa separación y distinción tan humana. No. Frente a la ventana de un avión la grandeza no opaca lo particular, hay totalidad, hay comunión. Mi soledad, pues siempre me siento profundamente sola en un avión, es natural y aceptada. Comparto la soledad del mundo: al fin sólo hay una sustancia.

Es por ello que siento emociones tan disímiles cuando estoy en vuelo: no pertenezco a nada particular, de ahí cierta nostalgia, pero soy la conciencia de lo absoluto que me abraza, soy potencia creativa: por mis pensamientos la totalidad se piensa a sí misma, estoy en paz.

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