El complejo de héroe en los auto nombrados “hombres feministas”

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El complejo del héroe no es sólo el impulso desmedido a ayudar a las demás personas. Se trata de una compulsión a asumir una responsabilidad para salvar a quienes se vislumbran como víctimas. Pero hay que tener mucho cuidado: esta compulsión de ninguna manera se ha de confundir con una postura misericordiosa o humanitaria. Todo lo contrario.

El héroe que vive en el interior de los auto nombrados “hombres feministas” es un personaje patológico, pero muy real. Tiene un discurso súper elaborado sobre el feminismo y, sin duda, ha leído con apasionado interés a Celia Amorós, Marcela Lagarde, Monique Wittig, Kate Millet, Judith Butler, Julieta Paredes, etc. Se sabe de memoria el libro de Feminismo para Principiantes de Nuria Varela, y ha desarrollado toda una teoría sobre una utópica comunidad ético-feminista. Ha asistido a sin fin de seminarios sobre el tema, ha colaborado con filósofas de renombre, en su perfil de Academia.edu se lee “Filosofía Feminista” entre los primeros lugares de sus intereses. Es, pues, todo un feminólogo.

Pero esto no lo hace feminista. En los hechos, este ser enmascarado, con capa y traje de superhéroe, es una contradicción andante. Él no encuentra en las mujeres sus iguales, ni siquiera sus interlocutoras. Se sirve de ellas en la medida en la que reflejan su imagen de salvador, de seductor, de elemento esencial en sus vidas.

Es comprensible, pues, que lo que más teme este personaje es que las mujeres, las que son para él las víctimas de este sistema patriarcal, no necesiten de su ayuda. La fantasía del héroe no es lograr lo que desea explícitamente- el deseo de liberar a las mujeres del patriarcado- sino convertirse él mismo en el objeto de deseo de estas mujeres.

Lo que realmente empuja a este auto nombrado “hombre feminista” a actuar supuestamente en contra del patriarcado, no es la salvación de las mujeres, sino la (inconsciente?) percepción de que las mujeres en realidad disfrutan su postura de víctimas, que ellas en realidad contribuyen a serlo, que lo buscan y anhelan, de modo que se resisten a ser redimidas, a ser salvadas por él. Esto lo conduce a ser violento, no contra el patriarcado, sino en contra de las mujeres.

La equivalencia de este personaje, en el mundo de la política global, es la posición de Estados Unidos en las guerras en Vietnam, Irak o Afganistán. Esas intervenciones militares se auto designaban como intervenciones “humanitarias”, pero cuya verdadera intención nunca fue “ayudar” a estas naciones, sino fundamentalmente establecer su poderío fáctico sobre ellas. Ante la realidad de que estos pueblos negaban dicha “ayuda”, la respuesta nunca fue de respeto o aceptación ante la diferencia, sino de violencia e imposición.

Esta violencia también la ejerce el auto nombrado “hombre feminista”. Puede ser una violencia discursiva (por ejemplo, insistirá en que su pareja sólo se relacione con otros “hombres feministas”, dudando así de su criterio y autonomía), y también puede ser una violencia sexual, física, en la que utilizará los cuerpos de estas mujeres para satisfacer sus deseos sexuales -en el entendido de que ellas participan en su carácter de víctimas, de que en el fondo ellas lo desean, desean ser acosadas, desean que este personaje se meta a su cama cuando estén dormidas para ser toqueteadas, para ser consumidas y luego desechadas.

Si se le confronta a este “héroe” y se le acusa de ser violento, acosador, manipulador, machista, su respuesta -siempre elaborada en el discurso más elocuente, académico y formal- será que “ellas lo quisieron, ellas eligieron libremente acostarse con él, ellas permitieron que pasara lo que pasó”. Apelará entonces, ahora sí, a la autonomía de las mujeres, a su capacidad de decidir sobre sus cuerpos, a la liberación de su sexualidad.

Quizá ellas no lo nieguen, quizá ellas digan que es cierto, que también lo quisieron. Habrá otras que -como yo- a la mañana siguiente se den cuenta de su error y se sientan manipuladas, sobajadas, utilizadas. Pero ese no es el punto. El meollo radica en que este “héroe” se cree con el derecho para llegar a “salvarnos”, para ser nuestra redención y para proyectar en nosotras todas sus miserias, y, a través de nuestra supuesta “liberación”, establecer su poderío. La violencia que ejerce contra las mujeres no es, pues, gratuita o azarosa: se origina en la concepción misma que tiene de las mujeres dentro de su discurso feminista, en la concepción misma que tiene de sí mismo como “hombre feminista”, esto es, como héroe.

Las únicas personas genéricamente designadas como “hombres” que he conocido y que han sido verdaderamente feministas, jamás se auto nombraron como tales. Pero, eso sí, actuaron y abandonaron en la práctica cotidiana -no en el discurso- sus privilegios de hombres en una sociedad patriarcal. Se atrevieron al diálogo, aceptaron los cuestionamientos y, sobre todo, asumieron que las mujeres, en toda nuestra diversidad, somos las únicas en nombrar y avanzar nuestra autonomía.

Es un hecho, jamás vuelvo a confiar en un hombre que se auto nombre feminista. Al llamarse a sí mismos “feministas” están ocultando en realidad lo que verdaderamente son. Este es el carácter performativo -e ideológico- de la nominación: el nombre “hombre feminista” es una precondición para la hegemonía del patriarcado dentro del feminismo. No se trata de aplicar un nombre vacío a un sujeto dado, como si fuera una mera descripción de algo que ya existe de antemano. Al momento de nombrarse como tal, este sujeto no sólo describe lo que pretende ser, sino que abre un discurso hegemónico: el discurso del héroe. Es la máscara perfecta del patriarcado mutante.

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Reminiscencias religiosas del amor

La palabra adiós es hermosa. A-diós. Es en el momento de la separación cuando nos remitimos a la totalidad, lo divino, a lo que rebasa nuestra finitud y nos une. Y, sin embargo, el adiós es real, definitivo, la separación existe.

Muchos adioses son para siempre y marcan un punto de no retorno: aquello que alguna vez se mantuvo unido, lado a lado, en el mismo camino, se separa y abre una distancia infranqueable. El adiós sólo hace evidente lo que siempre fue la verdad de la unión: lo que se une no es una misma sustancia, lo que se une siempre fue disímil, ajena una parte de la otra. Como dice Eduardo Nicol:

La identificación es imposible, porque el ser insuficiente desea reunirse consigo mismo, para completarse, y sólo puede completarse con el otro, que le es propio y ajeno a la vez.

La individualidad persiste, de ahí nuestra nostalgia taciturna y nuestra estimulante esperanza. La paradoja es la verdad de la unión: el otro es otro, yo soy su otra. Somos ajenos y, no obstante, ni la distancia más absoluta, la diferencia más real, puede ocultar la verdad de Dios: nuestras historias se entretejieron en un telar más grande que nos sostiene, nos abarca y nos rebasa.

Al estar juntos nos olvidamos de Dios, el mundo giraba al rededor nuestro cual si fuéramos su ombligo, nuestro egoísmo nos enceguecía. Al separarnos, el egoísmo se disipó y nuestros espíritus se expandieron en su soledad. De Dios venimos al encontrarnos y a Dios regresamos al despedirnos.

El no decir adiós cuando es necesario es la terca costumbre de creer que se pueden ocultar las distancias, perpetuar ese mundo sin quebrantos. Sin embargo, el silencio es la distancia encarnada en el tiempo, es el repetir la separación con cada día que pasa sin expresarte mi decir. Pido disculpas. Debo aceptar la paradoja: la única forma de reducir la distancia es emitir de mis labios esa palabra que, al separarnos, nos une: ¡Adiós!

-Para quien me dejaba dormir en su regazo, deteniendo el tiempo a caricias.

El estigma de vivir sola y con gatos.

Doy clase de inglés en una primaria y hoy se me ocurrió poner a mis gatos de ejemplo para un ejercicio. My cats are always hungry, les dije. Pero, en vez de seguir con el ejercicio y responder lo que debían (She says her cats are always hungry), el alumnado comenzó a bombardearme con preguntas: teacher, ¿le gustan los gatos?, teacher, ¿cuántos gatos tiene?, teacher, ¿ v i v e   s o l a ?, teacher, ¿ n o   t i e n e   n o v i o ?, ¿por qué no?, teacher, ¿ n o   s e   v a   c a s a r ? …

No comprendí muy bien cómo pasamos de hablar del hambre de mis mascotas al hecho de que estoy soltera y vivo sola con dos gatos, pero la transición de un tema a otro pareció muy natural, inmediato y prácticamente obvio. ¿Por qué, me preguntaba, ocurrió eso? ¿Por qué relacionar inmediatamente el hecho de que tenga por mascotas a dos gatos con el hecho de que estoy soltera y vivo sola? ¿Por qué les causa tanta impresión que así haya elegido vivir? La idea de la mujer solterona que vive con gatos, cuya representación está caricaturizada en la loca de los gatos, no es sólo un cliché: es un estigma, un desprestigio, todavía es un escándalo, motivo de burla, es, para ponerlo en una palabra, ideología patriarcal pura y dura.

Hace casi 90 años que Virginia Woolf publicó su célebre ensayo A Room of One’s Own, donde defendía la idea de que cualquier mujer que quisiera crear, escribir, producir sus propios proyectos, debía ser dueña de recursos suficientes para contar con espacio y tiempo propio, lejos de cualquier servidumbre y dependencia que la vida le impusiera. Hace casi 90 años… y, sin embargo, hoy en día una mujer que busca obtener precisamente eso, tiempo y espacio para estar sola y hacer sus cosas -porque estamos de acuerdo que la soledad es un requisito para la creación y la autonomía- sigue siendo objeto de burlas, sigue siendo encajonada en el cliché de la loca de los gatos, una versión renovada a través de los medios de lo que siempre ha sido la imagen de la bruja, imagen que bien sabemos no puede estar exenta de tener a un felino a su lado.

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El ritual

Bien es verdad que jamás ayudé materialmente al sol en su salida, pero no era lo menos importante, sin duda, estar presente en ese instante.
-H. D. Thoreau

Hay rituales silenciosos que nada le piden a las congregaciones religiosas, los festejos o las ofrendas. Son rituales inventados, sin institución, solitarios, que tienen la virtud de unificar la creencia con la acción, de ser fines en sí mismos. Una catarsis muda, una redención atea.
Este es el ritual que conmueve a mi espíritu.
Ya es hora. Salgo. Estoy sentada en el porche. Tengo mi pluma, mi cuaderno. Mi cuerpo está listo. Casi no hace viento, por el sureste se acercan unas nubes negras y pesadas, no hay mácula en la atmósfera. Ésta es la transparencia anhelada: se pueden distinguir hasta las grietas en la piedra de la Bufa, allá del otro lado del valle, pintada de anaranjado. La transparencia achica las distancias.
La cobija de nubes grises y pesadas ya domina el sur por completo y amenaza con cubrir todo el dominio del sol, pero aún no hay anuncio de tormenta que agite los árboles… Espera… Sí, ahí viene: la brisa se acelera, la quietud empieza a disiparse, los eucaliptos comienzan su danza, pero el mezquite, sobrio, permanece fiel al horizonte. Hacia el norte, el azul pálido adopta pinceladas de rosas, sutiles al principio, pero se van contagiando del color de los cálidos cerros: se anuncia ya la despedida del día.
Tengo los poros abiertos, sin temor me le entrego al movimiento del ciclo. Un silencioso drama cubre cada acontecimiento. No hay reposo. Todo es una historia: el abatimiento de las parras por las incansables hormigas rojas, el combate temerario de los colibríes por ver quién reina sobre el bebedero, la floreciente población de conejos y roedores que a su vez alimentan a serpientes, correcaminos, aves de rapiña, perros. No hay vencidos ni hay vencedores, y sin embargo hay una batalla constante por sobrevivir. Todo se cubre de vida. La muerte sólo es una transición.
El momento culminante está aquí: las oscuras nubes dominan casi todo el cielo, pero el sol –tan ingenioso él- lanza sus rayos por debajo, allá junto a la orilla del cielo, e inunda el valle de color. Al oriente, los eucaliptos son brochas de fuego que sobresalen del fondo oscuro. Y al fin se retira el astro que nos ilumina, retrae sus tentáculos hacia el horizonte, listo para lanzarse sobre otro día en otra parte.
Los colores se apagan. Hay un punto entre los cerros que permanece prendido: un incendio se le rebela a la naciente noche.
Es hora de retirarse, la declaración está hecha. El valle se vuelve cuenca azul de polvo y humo, incluso el mezquite despierta: la tormenta está por caer.
Concluye el ritual, me reincorporo. Entro a la casa y veo mi rostro en el espejo. Tras cada atardecer, recuerdo un poco menos quién soy.

Inicios de Julio 2014 Emilia 014

Purgarme de ese “amor” que no es amor

vomito amor románticoEstoy al fin en un punto de mi vida en el que tengo la suficiente conciencia y seguridad en mí misma como para saber cómo quiero amar y a quién. Por fin tengo claro que mi deseo es sobrepasar la utopía emocional del amor romántico sin por ello caer en relaciones superficiales que se desechan tan rápidamente como se consumen. Me propongo evitar estas dos caras de una misma moneda patriarcal: el amor romántico monógamo y la promiscuidad de las relaciones desechables. Ahora que confronto mi heterosexualidad compulsiva, ahora que reviso mi historia y encuentro en ella continuados intentos conscientes e inconscientes por escapar de la monogamia que he asumido con tanta frecuencia como un mandato obligatorio, una forma de amar incuestionable, una necesidad social.

Este mundo heteropatriarcal, donde la norma es lo que las Lesboterroristas llaman el “emparejamiento compulsivo”, donde la heterosexualidad se erige en una institución normativa y no en una simple preferencia sexual , donde el amor romántico subordina sexual, económica y simbólicamente a las mujeres, donde la monogamia es mandato y los celos son “naturales”, donde la persona “amada” es depositaria de nuestras propias expectativas e idealizaciones y no considerada como libre y dueña de su propia circunstancia, en donde “el amor” se erige como un contrato de propiedad, este mundo heteropatriarcal contemporáneo, decía, ofrece sólo dos opciones “amatorias”: o bien nos anexamos al dictado social y obedecemos a la compulsión de hallarnos en relaciones con personas a quienes les prometemos amor eterno, fidelidad y la construcción de un proyecto de vida en conjunto, siempre con la esperanza de no perder la pasión y la adrenalina de ese amor que nos alza, nos sublima como objetos de deseo y nos da un propósito que trasciende nuestra individualidad prescindible (para conformar luego ese “egoísmo a dúo” del que nos habla Coral Herrera en el texto que abajo les comparto); o nos encontramos en el opuesto: las relaciones desechables, que se entienden bajo la lógica del consumo, que son superficiales, a veces intensas pero, sobre todo, fugaces experiencias exentas de conexión profunda que llegan tan rápido como se van.

Yo opto ahora por ninguna de estas opciones y declaro que esas formas impuestas no son verdaderamente amorosas. El amor no impone, el amor no violenta, el amor no utiliza la persona amada como un producto, un medio para un fin propio, el amor no limita la libertad propia ni ajena, el amor no es un contrato de propiedad. El amor libera, no constriñe. El amor es comunicación, es respeto, es honestidad y es transformación.

Ese “amor” que no es amor se inscribe en una lógica del todo o nada, una lógica de opuestos (que se complementan): monogamia o promiscuidad, compromiso o irresponsabilidad, amor o lujuria, entrega o desecho. En esta lógica, las mujeres somos encajonadas en la típica polaridad de la mujer buena, santa, madre, virgen, esposa, y la mujer mala, perversa, pecadora, puta, bruja. Una polaridad creada por el patriarcado en vista, como dice Coral Herrera, del miedo que hay de las mujeres poderosas y libres que podrían salirse por completo del círculo del dominio patriarcal. Así, esta dicotomía se erige como un mecanismo para dominar los deseos y cuerpos de las mujeres.

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Las implicaciones metafísicas del vuelo.

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Mirar por la ventana de un avión me produce nostalgia a la vez que un sosiego absoluto. Se trata de un limbo en el cielo, un lugar donde me siento no pertenecer a ningún lado, estática mas siempre en movimiento. Creo que justo por eso, paradójicamente, me siento tan en casa cuando estoy en un avión. El limbo me es un lugar familiar que al mismo tiempo está lleno de novedad y asombro: en él puedo ver las figuras de las nubes desde arriba en vez de abajo y observar la geografía desde la objetividad del cielo, el limbo me permite saber que soy un bichito trepando la maqueta del universo y, también, que me desenvuelvo en la escala pequeña del rostro a rostro, donde la diversidad humana comparte conmigo los apretados asientos de nuestro transporte.

La ventana del avión, decía, es un nicho propio de la nostalgia, es uno de sus rincones preferidos pues, ya sea que se inscriba en una despedida o en un regreso, me recuerda la finitud de la estadía, aquí o allá, y la permanencia del traslado. No me ocupo en hojear las revistas, ver una película o conversar con la persona a mi lado. Estoy hipnotizada por la pequeña ventana por donde se me aparece la esfericidad del mundo. Y como si mi conciencia se sumergiera en el éter, poco a poco me encuentro cada vez menos capaz de pensar en otra cosa que el movimiento y la unidad: toda realidad se vuelve transición, para bien o para mal, y se me aparece absurdo el apego al minúsculo lugar que habito y que me da la ilusión de pertenencia.

El “pertenecer” me deja de preocupar, me disuelvo y siento pasar mi frágil existencia como tiempo líquido entre las manos, como algo inasible y que sin embargo saboreo y detengo en el pensamiento y las pulsiones. La perspectiva que me da el horizonte es monumental pero no me aplasta ni me quiebra. Ante la vastedad que se ofrece a mis ojos, la totalidad que atisbo no insulta mi pequeñez, no aplasta y sobaja mi soledad. Me siento pequeña, sí, pero no es la misma pequeñez que me invade en medio de las multitudes humanas: no hay insignificancia, no existe la comparación ni esa separación y distinción tan humana. No. Frente a la ventana de un avión la grandeza no opaca lo particular, hay totalidad, hay comunión. Mi soledad, pues siempre me siento profundamente sola en un avión, es natural y aceptada. Comparto la soledad del mundo: al fin sólo hay una sustancia.

Es por ello que siento emociones tan disímiles cuando estoy en vuelo: no pertenezco a nada particular, de ahí cierta nostalgia, pero soy la conciencia de lo absoluto que me abraza, soy potencia creativa: por mis pensamientos la totalidad se piensa a sí misma, estoy en paz.

Lista de algunas cosas que hoy me han renovado el brillo en los ojos

*La tarde.

*La risa ridículamente grotesca e incontenible de una joven en un lugar con pretensiones elitistas.

*Abrir los ojos en la mañana ante una sonrisa cachetona y somnolienta que me llena de besos las sienes.

*Rencontrar en Facebook al niño que me envió una tarjeta de san Valentín en quinto de primaria y descubrir que no hemos cambiado.

*La correspondencia confesional con un compañero de angustias.

*Un Déjà vu que no se detiene: ya he estado sentada en esta librería, ya he escrito la palabra Déjà vu, ya he volteado a la entrada, ya he pensado “¿entrará esa persona que pasa? No, se sigue derecho e ignora los libros”, ya he escrito esto, esto, esto.

*Escuchar la voz de mi mamá, que me cobija y me quita las náuseas desde la distancia.

*Las burlas de Paty sobre mi gato desahuciado: “Hi, mi name is Michel and I’m gonna die soon, I have a young cat´s disease and I don´t give a shit.”

*La narración de la cocinera del restaurante de junto sobre el fantasma que habita esta vieja casa: “es una niña de cabello rubio y vestido blanco, la vi como una luz resplandeciente que cruzaba el patio, y la vi antes de saber que otros ya habían visto a la misma niña antes que yo”.

*El recordar que la melancolía no fue una enfermedad hasta que llegó el poder psiquiátrico a inventar patologías.

*Imaginarme cómo era cada persona cuando tenía 5 años.

*El no tener que sonreír falsamente.

*Releer en mi diario: “Los tomates, las hierbas, los gusanos, la tierra: todo tenía la alegría de la vida que me habían dejado sus besos, esos besos como primeras bocanadas de aire. La vida regresó a la infinitud. Las horas sin él, eternas con su presencia, mi cuerpo ya ansiando el suyo, la fiebre me inundaba. La fiebre me inunda hoy: tengo su vigor en el cuerpo, sus te quiero sobre los ojos, sus risas en mi alivio, su mirada –esa entrega- en mi verdad.”

 

Sanación

vierto todo el pasado

en la jícara de mi patio

le echo sol

lo perdono

dejo que se evapore

que suba escalando los aires

no al olvido

no a la vaciedad sin atmósfera

 

lo dejo libre

de arremolinarse en cualquier nube

humedecer el viento

o escamparse luego

 

que sea rocío por las mañanas frías

o un charco que apague la sed

 

no seré más

la celda de lo que fue

el cemento que aprisiona las huellas

devolveré el tiempo pisado

a fertilizar la tierra

y que suba por el tallo a las flores

que alimente las abejas

y polinice los árboles

 

los árboles

bajo cuya sombra hoy

regreso al éxtasis de la frescura

la invención

del primer amor

Grandma

A breeze of soft air

so gentle

so wide

as a long lasting caress

a benevolent shake

that smoothly embraces

every encounter

with the transparency

of a summer day

in a mountain lake.

 

Nothing in your air,

your speech, your movement

nor in your water,

your sparkle, your stillness

is thick or cloudy.

 

All things touched

by your laughter

and your gaze

are as true

and authentic

as blossoms in May.

Vuelos

I

Entre cada hoja de la historia siempre hay voces

midiendo el ritmo de los vientos dispersados

haciendo monolitos a la cercanía

cada vez más escasa y temblorosa,

titubeante saludo que reconoce

un destino en la ruta.

Si sólo supiera ser roca tallada

este corazón tejido de pensamiento

con escozor de ojos que restan

pues ya ha sumado los pilares del cuerpo

como nómadas recolectando el céfiro y la vida.

 

Domesticar la musculatura a la muerte:

vano deseo del que ambiciona

adueñarse de alas ajenas

por creer que la piedra fluye y se suaviza

en la corriente.

 

La paciencia no es para el tiempo

ni la búsqueda de superficies blandas,

la paciencia corresponde a los huecos

gemidos del que ignora

que un ave migrante

sólo sobrevive en el vuelo.

 

II

Al batir de alas algo resplandece:

en el horizonte un diamante echa luz.

Tras el destello un trino nuevo

es canto de un celeste nacido en pleno día.

 

Lo tuve siempre enfrente. Despintaba.

Hasta que emanaron tal fiereza sus ecos

que de gravedad se cubrió el cielo

cambiando mi norte por su claror.

 

Y en toda la extensión del revoloteo

me envolví con el sonido de su claridad,

me detuve en el ritmo,

dancé con las pausas,

quise que sus silencios besaran mis ojos.

Volví a sentir en la cavidad de mis suspiros

la delgadez de un cascarrón eclosionado

por la novedad del existir.

 

Y no he dejado de volar mi propia ruta.

Sigo nómada

guiada por mi consuelo:

la musicalidad de los astros.