El ecofeminismo crítico ante la emergencia global

Ponencia presentada en la 1er Jornada de Conferencias Criticando la Realidad, en la Universidad Autónoma Metropolitana (4 de Junio, 2015).

Es cada vez más palpable que la humanidad se acerca, si no es que hemos llegado ya, a un punto de no retorno, en el que la devastación ecológica adquiera tal magnitud que sea inevitable detener una catástrofe que no sólo ponga en peligro a la humanidad, sino a la vida sobre la tierra en su conjunto. La amenaza a la biodiversidad es cada vez más destructora y la extinción de plantas y animales no se detiene a pesar de los esfuerzos conservacionistas. El cambio climático se resiente en la cotidianidad de los pueblos de todo el mundo. Según información brindada por la NASA, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es la más alta en 650 mil años, nueve de los diez años más calurosos de la historia se han registrado desde el año 2000 y se predice un aumento de la temperatura de entre 2 y 6 grados centígrados con base en las emisiones actuales de gases de efecto invernadero. Se prevé que el ya eminente descongelamiento de los polos y glaciares del mundo acelerará el calentamiento global, aumentando el nivel de los océanos, contribuyendo a su acidificación y la inestabilidad climática. La cuestión, entonces, ya no es si aumentará la temperatura de la Tierra, sino cuánto aumentará y qué tan rápido podemos actuar para cambiar las dinámicas de explotación, consumo y devastación y tratar así de evitar el arribo a ese punto de no retorno en el cual sea inevitable la pérdida catastrófica de vida sobre la tierra.

Varios elementos se conjuntan en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad. La población mundial rebasa los 7 mil millones de seres humanos, una población que vive en una economía global sustentada en la explotación desmedida e insostenible de recursos naturales y humanos. Una economía impulsada además por una energía no renovable, el petróleo, que de extraerse en su totalidad aumentará la concentración de CO2 en la atmósfera a niveles desastrosos. Una economía que para subsistir ha de ahondar necesariamente en sus propias contradicciones, creando más pobreza y devastación al mismo tiempo que en apariencia produce más riqueza y crecimiento. La devastación ecológica no se puede entender, entonces, ajena al sistema económico que depreda la naturaleza y explota a los pueblos.

Sin embrago, el capitalismo actual parece promover el ecologismo y buscar dentro de sus alcances reformar su estructura de producción y consumo para tratar de frenar esta devastación. Dichas posturas ecologistas creen encontrar en el llamado “capitalismo verde” una alternativa sistémica para dar soluciones. Apelan al cambio mediante el poder de consumo de la gente y su voluntad para elegir los productos más ecológicos, orgánicos, sustentables y locales. Sin embargo, estas mismas posturas, autonombradas “desarrollos sustentables”, son incapaces de detener la privatización de los recursos naturales y su apropiación por las trasnacionales como incentivos para la creación de capital y deuda internacional. Así, el problema real de la devastación ecológica queda intacto, y el ecologismo del capitalismo verde sirve solamente como una ideología que da la apariencia del cambio, pero que en el fondo no rinde una solución efectiva. Para intentar buscar soluciones, entonces, hemos de conocer la manera en que se entreteje la devastación ecológica con las dinámicas económicas del capitalismo global que hoy vivimos.

Es en este contexto en el que aparecen los ecofeminismos como elaboraciones prácticas y teóricas para dar respuesta a la crisis del presente desde la experiencia vital y la diversidad del movimiento feminista. El término ‘ecofeminismo’ fue acuñado por la francesa Françoise d’Eaubonne a finales de la década de los 70. Su tesis fue ridiculizada en ese momento por tratar de unir dos conceptos que parecían no tener ninguna relación entre sí. Inspirada en la tradición anarquista, D’Eaubonne rechazó las respuestas al reto ecologista tanto del capitalismo como también del socialismo, y las subsumió bajo una opresión más fuerte y primordial: “La falocracia está en la base misma de un orden que no puede sino asesinar a la Naturaleza en nombre del beneficio, si es capitalista, y en nombre del progreso, si es socialista.” [1]

A partir de entonces, el ecofeminismo se erige como una corriente de posturas diversas que encuentran un paralelismo entre la opresión de las mujeres y la explotación de la Naturaleza, y que responden de distintas maneras a la forma en que se expresa esta relación y la manera de solucionar su opresión conjunta. Dentro del ecofeminismo, existen primordialmente dos posturas respecto a la relación entre las mujeres y la naturaleza: el ecofeminismo clásico, que aquí designamos como un ecofeminismo débil o esencialista, y el ecofeminismo crítico, que designamos como uno fuerte o anti-esencialista. Esta esquematización de las posturas ecofeministas no siempre es tan clara en la práctica, y muchas veces sus aportaciones se confunden o superponen.

Comencemos dando una breve exposición del ecofeminsimo débil o esencialista.  Se caracteriza por sostener que las mujeres configuran una identidad definida y homogénea que las alía con la Naturaleza por el hecho de poder ser madres y por tener una corporalidad cíclica que se materializa con la menstruación. Este ecofeminismo llamado “clásico” conserva la identificación del varón con la “cultura” y de la mujer con la “naturaleza”, pero invierte la jerarquía tradicional y utiliza las viejas definiciones de lo femenino (buena, amorosa, madre nutricia y dadora de vida, incapaz de ser agresiva) para enarbolar un esencialismo estratégico que ha sido muy activo políticamente. El ecofeminismo clásico (desde la poesía de Susan Griffin o la antropología y teología de Rosemary Radford, por mencionar algunas) sugiere un misticismo feminista que busca recuperar la feminidad salvaje y el culto a una divinidad femenina dadora de vida. Cuando hoy se menciona la palabra ecofeminismo, tiende a asociarse con esta postura esencialista y ha sido fuertemente criticada como una tendencia de la cultura new age que cree que las mujeres pueden liberar la Tierra por tener una afinidad especial con la Naturaleza.

Pero el tema de la relación de las mujeres con la Naturaleza no es nuevo para el feminismo, y la discusión ecofeminista se inscribe en la problematización que asentó el feminismo de la segunda ola al cuestionar fuertemente la adscripción de lo femenino a lo natural. Desde Simone de Beauvoir hasta las teorías queer y el feminismo de la igualdad, se rechaza todo pensamiento que sostenga una identidad femenina natural que se escape a la construcción social e histórica del género. La categoría de género, como portadora de esta crítica a la naturalización de lo femenino y lo masculino, representó una crítica contundente y sustancial a la hegemonía patriarcal. Permitió una deconstrucción teórica, cultural y práctica de las relaciones de dominación sobre las mujeres sustentadas en la naturalización de una identidad oprimida, sobajada, explotada y discriminada.

Pero el potencial emancipador de la categoría de género fue socavado y subsumido por la lógica neoliberal de la “tolerancia” a la diferencia. Desde el feminismo comunitario de Julieta Paredes se distingue lo que llaman “denuncia de género”, como aquella que es capaz de develar la subordinación impuesta por el sistema patriarcal a las mujeres, de la “equidad de género”, que en realidad no busca denunciar la opresión sino hacer posible que “los valores de los roles asignados por el patriarcado a mujeres y hombres, podrían alguna vez ser iguales”[2], lo cual, como sabemos, es imposible y contradictorio. La construcción social del género se despolitizó y se convirtió así en una configuración más de una subjetividad posmoderna despojada de potencial emancipador. De este modo, el amplio rechazo al esencialismo que ha tenido la tercera ola del feminismo, que comenzó en los noventa y que habitamos aún en nuestros días, ha tenido un problema fundamental. En palabras de la filósofa Alison Stone: “Ontológicamente, la crítica al esencialismo parecía implicar que las mujeres no existen en absoluto como un grupo social distinto; y, políticamente, esta crítica parecía socavar la posibilidad del activismo feminista al negarle a las mujeres una identidad compartida con características que las pudiera motivar a participar en acciones colectivas.”[3]

¿De qué manera podemos sostener un feminismo que no reafirme el esencialismo que naturaliza las identidades de género y que, al mismo tiempo, configure una apuesta crítica capaz de movilizar políticamente a las mujeres en contra de las opresiones que sí comparten? Alison Stone apuesta por una postura genealógica que configure la categoría mujer. Desde esta genealogía, “toda construcción cultural de la feminidad reinterpreta construcciones preexistentes y por ende compone una historia de interpretaciones encadenadas y superpuestas, dentro de las cuales se encuentran todas las mujeres. Por lo tanto, aunque las mujeres no compartan un entendimiento o experiencia común de la feminidad, están sin embargo reunidas en un grupo social determinado por su ubicación dentro de esta compleja trama histórica”.[4]

Desde esta apuesta por una genealogía feminista, podemos entender la segunda forma de ecofeminismo y que es la que aquí defendemos: la postura crítica y no esencialista. Desde este posicionamiento político se rescata la noción de género como una categoría de denuncia que ataca la naturalización de los roles asignados por el patriarcado, mientras que, al mismo tiempo, ubica la lucha de las mujeres en el plano de las relaciones concretas, materiales, históricas y ecológicas de nuestra subordinación. Es un ecofeminismo crítico, por lo tanto, en dos sentidos: crítico hacia los esencialismos que naturalizan sistemas de opresión, como crítico también del escepticismo posmoderno que desarma las identidades políticas frente a las opresiones materiales del sistema económico.

Este ecofeminismo crítico encuentra en la genealogía de la categoría de lo femenino una relación necesaria, esto es, no casual ni contingente, entre la subordinación de las mujeres dentro del patriarcado y la subordinación de la naturaleza ante el capitalismo, configurando así un mismo sistema de opresión. Por lo tanto no es casual la violencia hacia una naturaleza entendida en términos femeninos, como una Madre violentada, como una víctima cercenada y pasiva ante la actividad del hombre económico, y la violencia hacia las mujeres consideradas como animales, irracionales e instintivas. Ambas formas de violencia se materializan para el beneficio económico y social de un patriarcado que adquiere la forma del capitalismo actual, que aterroriza a las mujeres con violencia feminicida y aterroriza a la naturaleza con su despojo ilimitado.

Desde un enfoque ecosocialista, pensadoras como Mary Mellor han enfatizado que la conexión entre las mujeres y la naturaleza en nuestra sociedad industrializada no es casual ni pertenece al ámbito de una identidad esencialista. Esta conexión se fundamenta en el trabajo genéricamente femenino, que Mellor llama ‘altruismo impuesto’, y que consiste en todo aquel trabajo generalmente impago que mantiene y cuida de los cuerpos, que es trabajo cotidiano, repetitivo y cíclico, y que es necesario para la manutención de un modelo económico basado en el dinero y la expansión indefinida. Para Mellor y para Vandana Shiva, a esta economía le son indiferentes las verdaderas necesidades de los cuerpos y del medio ambiente en el que viven, su única motivación es el beneficio máximo expresado en un número –el Producto Interno Bruto- que enfatiza en la producción de riqueza monetaria pero no en el bienestar real de los pueblos. Para esta economía, el cuerpo de las mujeres son un componente fundamental como máquinas productoras de trabajo (asalariado e impago) y reproductoras y cuidadoras de los cuerpos-mercancía.

Desde la genealogía ecofeminista de la categoría mujer, la experiencia de las mujeres contiene un conocimiento como grupo oprimido que las ubica en un lugar privilegiado en la lucha contra la explotación capitalista-patriarcal. Dado que las mujeres somos la mitad de TODO, como dice el feminismo comunitario, la problemática de las mujeres ante el capital y la devastación ecológica no es una problemática más al lado de otras, sino que es fundamental para comprender la interconexión entre el sistema económico y el deterioro medioambiental. La característica de los ecofeminismos críticos (feminismo comunitario, ecosocialista, ilustrado…) es hacer un énfasis en el trabajo “femenino” (lo cual no quiere decir naturalmente femenino, sino genéricamente femenino, o sea que también lo pueden ejercer los hombres) como el trabajo que defiende y cuida de los bienes comunes, un trabajo y conocimiento esencial para la construcción de economías alternativas.

El énfasis de los ecofeminismos críticos se encuentra en la defensa de los commons, los bienes comunes, los bienes comunitarios. Para contextualizar esta lucha basta mirar los periódicos. De las noticias más recientes por parte de Wikileaks se revela que ya se va preparando, ajeno al debate público y democrático, la acotación de la capacidad regulatoria de los países en materia de servicios públicos. Cito la nota de la Jornada del 2 de junio:

“En su etapa más reciente, el borrador del Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA, por sus siglas en inglés) que negocian en secreto 50 gobiernos, entre ellos el de México, y que pretende regular de manera supranacional servicios de salud, agua, financieros, telecomunicaciones, transparencia y transporte, entre otros, plantea que los países firmantes den a los proveedores de servicios financieros extranjeros el mismo trato que a los nacionales. El instrumento, por añadidura, pasaría por encima de regulaciones establecidas por diversas naciones por razones culturales, sociales, ambientales (como para enfrentar el cambio climático) o de desarrollo y establecería, en caso de que llegue a firmarse, la facultad de “tribunales ‘comerciales’ privados” de decidir la forma en que los países regulan actividades que son fundamentales para el bienestar social”, asegura un análisis publicado por Wikileaks sobre el TISA.”

Se le está dejando el terreno abierto, pues, a la privatización de los recursos naturales que sostienen la vida de los pueblos y los ecosistemas, por detrás de cualquier mecanismo democrático. Ante esto, no queda más que la resistencia, una resistencia que, para ser efectiva, ha de partir de la lucha y experiencia de las mujeres en la defensa de los bienes comunitarios. El ecofeminismo del que hablamos se empata, entonces, con el feminismo comunitario, pues ya no se trata de luchar por la igualdad de las individuas frente a los individuos varones, se trata de empujar el conocimiento y la práctica comunitaria que han ejercido las mujeres y que es capaz de crear un nuevo sistema económico fundamentado en el cuidado y la conservación de la vida.

[1] F. D’Eaubonne, “La época del ecofeminismo”, en María Xosé Agra (comp.), Ecología y Feminismo, trad. Ana Celia Rodríguez Buján, Ecorama, 1997, pág. 51.

[2] Paredes, Julieta, Hilando Fino, p. 63-64.

[3] Stone, Allison, “On the genealogy of women: a defense of anti-essentialism”, en Third Wave Feminism. A Critical Exploration, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2004, p. 85.

[4] Ibíd., p. 86.

Anuncios

El estigma de vivir sola y con gatos.

Doy clase de inglés en una primaria y hoy se me ocurrió poner a mis gatos de ejemplo para un ejercicio. My cats are always hungry, les dije. Pero, en vez de seguir con el ejercicio y responder lo que debían (She says her cats are always hungry), el alumnado comenzó a bombardearme con preguntas: teacher, ¿le gustan los gatos?, teacher, ¿cuántos gatos tiene?, teacher, ¿ v i v e   s o l a ?, teacher, ¿ n o   t i e n e   n o v i o ?, ¿por qué no?, teacher, ¿ n o   s e   v a   c a s a r ? …

No comprendí muy bien cómo pasamos de hablar del hambre de mis mascotas al hecho de que estoy soltera y vivo sola con dos gatos, pero la transición de un tema a otro pareció muy natural, inmediato y prácticamente obvio. ¿Por qué, me preguntaba, ocurrió eso? ¿Por qué relacionar inmediatamente el hecho de que tenga por mascotas a dos gatos con el hecho de que estoy soltera y vivo sola? ¿Por qué les causa tanta impresión que así haya elegido vivir? La idea de la mujer solterona que vive con gatos, cuya representación está caricaturizada en la loca de los gatos, no es sólo un cliché: es un estigma, un desprestigio, todavía es un escándalo, motivo de burla, es, para ponerlo en una palabra, ideología patriarcal pura y dura.

Hace casi 90 años que Virginia Woolf publicó su célebre ensayo A Room of One’s Own, donde defendía la idea de que cualquier mujer que quisiera crear, escribir, producir sus propios proyectos, debía ser dueña de recursos suficientes para contar con espacio y tiempo propio, lejos de cualquier servidumbre y dependencia que la vida le impusiera. Hace casi 90 años… y, sin embargo, hoy en día una mujer que busca obtener precisamente eso, tiempo y espacio para estar sola y hacer sus cosas -porque estamos de acuerdo que la soledad es un requisito para la creación y la autonomía- sigue siendo objeto de burlas, sigue siendo encajonada en el cliché de la loca de los gatos, una versión renovada a través de los medios de lo que siempre ha sido la imagen de la bruja, imagen que bien sabemos no puede estar exenta de tener a un felino a su lado.

Sigue leyendo

La necesidad de la filosofía

Les presento la introducción a mi tesis de licenciatura, titulada La Necesidad y Transformación de la Crítica Filosófica en la Obra de Hegel.


Al comenzar a escribir esta tesis admito que me encontraba perpleja por las dimensiones y  alcances que se proponía la filosofía hegeliana. Me cautivó la esperanza de creer que en su pensamiento encontraría respuestas a problemas que sentía tan abstractos como a su vez cercanos, existenciales, profundos. En concreto, me preocupaba el problema de la justificación del conocimiento y su vinculación con el pensamiento práctico y político –esto es, con problemas francamente metafísicos-, dado el nihilismo y el relativismo que permeaba no sólo gran parte de lo que estudiaba, sino de lo que vivía y sentía. Me embarqué entonces en una investigación sobre la dialéctica hegeliana en busca de respuestas y me adentré en un bosque tupido y complejo de preguntas, conceptos y argumentos. Conforme mi entendimiento se abría paso por entre la argumentación hegeliana, y en gran medida ayudada por comentaristas como Sergio Pérez, William Bristow, Frederich Beiser, Beatriz Longuenesse, Jean Hyppolite, Stephen Houlgate, Charles Taylor, Yirmiyahu Yovel, Robert Stern, Kenneth Westphal y Jean Luc Nancy, por mencionar a los más representativos, fui comprendiendo en un principio lo que se me aparecía inmediatamente: cada argumento, el contexto y el por qué detrás de cada idea, y la relación de Hegel con cada filósofo que influyó en su pensamiento. Puedo decir que comencé, entonces, apreciando los árboles, pero aún era incapaz de ver el bosque.

Ahora que he concluido este trabajo, puedo entender que aquellas anheladas respuestas que buscaba son imposibles. No hay respuesta fácil, ni unívoca y dada a la crisis a la que se enfrenta el espíritu del presente. El bosque que puedo ver desde la cima del trabajo logrado es un bosque más de preguntas que de respuestas y, sin embargo, es un paisaje definitivamente alentador, optimista. El aprendizaje que me dejan estos años de estudio es justamente que las respuestas facilonas, dadas y complacientes son tantas veces las respuestas que engañan y esconden tras su inmediatez las ficciones de una falsa conciencia. No me equivoco cuando afirmo ahora que la filosofía de Hegel es una herramienta imprescindible para aprender a plantearse las preguntas correctas, y que en eso recae la necesidad de la filosofía.

Hoy más que nunca necesitamos de la filosofía, en este tiempo posmoderno, pues es la filosofía la que nos muestra las suposiciones detrás de cualquier cúmulo de saberes, las suposiciones que no son explícitas, las suposiciones silenciosas que afectan lo que consideramos como verdadero, bueno, necesario y natural. Y en este develar las suposiciones en las que se fundamenta el sentido común encontramos la radicalidad de la filosofía: demuestra que es más importante saber hacer las preguntas correctas, esto es, saber preguntar justamente por esos supuestos, que ofrecer respuestas y prescripciones que perpetúan la confusión y el relativismo del presente al no cuestionar sus presuposiciones. Con Hegel aprendemos que este cuestionamiento negativo, este escepticismo que encarna el alma de la filosofía verdadera, no se queda en la pura negación del contenido del saber, sino que empuja al pensamiento hacia una nueva figura de la conciencia que albergará otra forma de verdad. Por lo tanto, el aprender a formular las preguntas correctas es un paso imprescindible para desmitificar y clarificar los problemas que atañen a nuestra existencia.

Sigue leyendo

Mujeres frente al espejo: la reeducación de la soledad.

La educación que recibimos no sólo establece el tipo de relación que tenemos con el mundo, sino que también la relación con nuestro propio ser. Se podría decir que para relacionarnos con nosotras(os) mismas(os), estamos siempre mediadas(os) por la educación que recibimos. Y no me refiero únicamente a la educación escolar, sino también, y principalmente, a la que recibimos del entorno familiar, social y mediático. Es la educación que engloba todo lo concerniente a quiénes somos y cómo debemos ser. Esa es una educación que se palpa en nuestra carne, que se aprecia en el espejo, en nuestras miradas, que se escucha en nuestras palabras y se plasma en cualquiera que sea nuestro trabajo. Esa educación no se puede quedar en la mera teoría, pues se trata de la savia que se transmite de vida en vida. Y como la vida, esa educación cambia, con transformaciones que no son ni espontáneas ni fáciles.

Cuando crece una insatisfacción respecto a lo que te han enseñado que debes pensar, sentir y hacer por “ser quien eres”, cuando te han dicho que tienes un rol que interpretar pero cuyo guión ya no te sirve de guía sino que te subestima, te vuelve invisible, te enferma y te maltrata, es tiempo de cambiar lo que se ha aprendido y reeducarse.

Si hemos de ser sensatas(os), es recomendable no cambiar una educación por otra de manera acrítica, es recomendable dudar, dudar de nosotros y nosotras mismas, de nuestros propios pensamientos y deseos. Pero esa duda ha de ser dirigida por la búsqueda de bienestar, de goce, de amor, de libertad.

Los feminismos representan formas en que mujeres (y hombres también) han buscado reeducarse y mirarse a sí mismas(os) y al mundo a través de otros parámetros. Los feminismos no son mera teoría, tampoco mera práctica, conforman educaciones distintas tan profundas como esa savia que se transmite de vida en vida e implican una seria transformación de lo que vemos en el espejo.

Para las mujeres la tarea de reeducarnos es bastante personal y me atrevo a afirmar, más como un consejo a partir de mi Jack Davisonexperiencia que como un imperativo universal, que nuestra reeducación comienza por estar solas y reinventar la relación que tenemos con nosotras mismas. Comienza por entender de forma distinta nuestra soledad.

Al respecto, Marcela Lagarde tiene un texto iluminador titulado “La soledad y la desolación”, en el que expone las formas en que se nos ha enseñado a considerar nuestra soledad como sinónimo de desolación y a temer ese estado en el que nos relacionamos con nosotras mismas de manera autónoma.

Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos.

Sigue leyendo

“Los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol”

Siguiendo con el tema del post pasado, hay libros que nos enseñan tanto no por la cantidad de información que contengan, sino porque nos hacen sentir lo que se aprende, supongo que ese es el mérito de toda buena literatura. Un libro que me inspiró de esa manera fue Los libros en mi vida de Henry Miller. Y cuando digo que me inspiró lo digo en el sentido más literal: me dio aire, sentí que recuperaba la respiración. Un oxígeno olvidado regresaba a mis células. Ante mí estaba un texto que reafirmaba mi sentir respecto al conocimiento y la lectura, y en el cual sentí que regresaba a casa después de andar por desiertos.the books in my life

Para Miller, expresarse acerca de sus lecturas es igual a examinarse a sí mismo, hacer un recuento no de lo que consume con los ojos y el pensamiento, sino de lo que él mismo es. Al igual que con la comida, también somos lo que leemos. Quizá por eso Miller insiste tanto en que hay que aprender a leer menos y menos y no más y más, pues la calidad importa más que la cantidad.

Y, ¿qué quiere decir que somos lo que leemos? Puede sonar pomposo y altanero, pero es en realidad una idea que es lo contrario a la visión enciclopédica y academicista de la literatura –y del conocimiento en general. De hecho, es una idea bastante crítica respecto a esa educación que nos enseñó a leer como si los libros fueran un conjunto de instrucciones, medios para otros fines, líneas en un esquema ya trazado. Ser lo que leemos implica que leer es una experiencia vital, y que lo que encontramos en los libros nos trastoca tanto como un viaje, un nuevo amor, o la pérdida de un ser querido.En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol.” Para Miller, los libros no merecen ningún estatus mayor al de cualquier experiencia vital, pero tampoco han de ser considerados a la par que cualquier otro objeto inanimado.

NORMAL_ROCKWELL_BOY_REDINGEl punto en realidad no son los libros, el punto es la vida, la vida que toma esa literatura, esa información, ese conocimiento, y la transforma en palpitación, en oxígeno, en risa y llanto, en más vida. Es la vida la que crea el aprendizaje, no el dato frío que se memoriza, los textos aprobados por las instituciones o la consigna mil veces repetida en las reuniones activistas.

He aquí la crítica que Miller le hace al sistema educativo (que hoy sigue vivito y coleando en nuestras escuelas): ”Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a crear estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que nunca se pensó materializar. El arte de escribir se enseña en el aula y no en la espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores ingenieros que escritores, mejores expertos industriales que pintores.”

Reproduzco aquí, entonces, las palabras de Miller, no como argumento de autoridad en la materia, sino simplemente como las palabras de alguien que supo tocarme el alma, con quien me sentí identificada y quien me hizo voltear a la misma madera con la que está hecha mi vida. Leer ese texto fue una experiencia memorable y más memorable fue reafirmar que al fin y al cabo lo que interesa es la experiencia misma de la lectura.

“Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida misma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros.” ¡Música para mis oídos!

woman-reading-peter-worsley

Conocer no sólo implica saber sino también sentir.

Siempre he aprendido mejor a través de la experiencia personal. Cada pedacito de conocimiento que he alcanzado ha sido porque lo sentí en las entrañas, no solamente porque lo entendí, lo leí o lo copié de un libro o de un pizarrón. Tengo una postura ambivalente respecto a si mi relación con el conocimiento es una limitación o una virtud, pero el hecho es que hay poco que conozca de verdad que no haya pasado por mi corazón y mi estómago como también por mi cerebro. Supongo que por eso considero que el conocimiento no es mera información o un instrumento para un propósito ulterior, sino que es algo vivo, una experiencia en sí mismo, una entidad divina que nos permite expandir nuestra imaginación y crear.

homepage-knowledge-map-logo

Para mí, el conocimiento es una forma de arte y el arte es una forma de conocer. Supongo que a eso le puedes llamar sabiduría.

Pero, ¿cómo llegamos a sentir el conocimiento? ¿Cómo podemos crear  y no sólo reproducir lo que nos dicen que debemos hacer y pensar? Es bastante obvio que el sistema escolar de muchos países no nos ayuda y que, al contrario, tienden a adormecer nuestros sentidos y atontarnos. “Repite esto, repite aquello. Repite lo que dijo Hegel acerca del conocimiento:” <<Pero la investigación del conocimiento no puede acaecer más que en el acto de conocer. Con este, así llamado, instrumento, la investigación no significa otra cosa que conocerle. Y querer conocer antes de conocer es tan insensato como el sabio propósito de aquel escolástico de aprender a nadar antes de echarse al agua>> “Repite lo que dijo Henry Miller”: <<Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda de conocimiento>>.

Así que si corremos con la suficiente suerte nos enseñan a pensar diferente y a leer citas como las de arriba. Quizá, entonces, el knowledge-without-wisdom-i-paulo-zerbatoproblema no consiste en la información que recibimos, el problema consiste en la expectativa de que aprendamos a través de la repetición y no porque sintamos lo que leemos y actuemos con base en esa información. Nos han acostumbrado tanto a repetir lo que aprendemos que, cuando se nos confronta con lo que dijo Hegel o Henry Miller, nos limitamos a decir: “si, vamos a pensar de manera diferente, si, vamos a buscar conocimiento y creación a través de la experiencia”, pero aún no sabemos cómo hacerlo. Paradójicamente, sus consejos se quedan como prefacio al conocimiento verdadero y la creación, y muchas personas nos quedamos atoradas en ese prefacio sin saber cómo conectar lo que leemos con lo que sentimos, experimentamos y creamos. Y ese es un GRAN problema para quienes, como yo, sólo aprendemos, conocemos y creamos en la espesura de la vida.

Así que este blog tiene el propósito de servir de plataforma para mi auto educación. ¿Cómo? Pues, por medio de la escritura de mi propia experiencia con libros, literatura, posts y artículos del internet, música y básicamente cualquier cosa que haga esa conexión entre mi corazón y mi mente y que me haga descubrir algo nuevo de este fascinante mundo. Mi intención no es obtener todo el conocimiento que pueda, no es una cuestión de cantidad sino de calidad. Sobre todo, valoro la sabiduría y la belleza, y espero que ese sea el corazón palpitante de este blog.

art-has-knowledge-and-skills-art-quote

Si me hubieran preguntado

 

Quisiera haber nacido sin fecha.

Ojalá hubiera sido la luna

quien me jalara

de las entrañas de mi madre

y no las manos de un desconocido

cuyo reloj atrasado dictaminó mi signo.

 

Hubiera querido salir al mundo

cual pez en la desembocadura de un río

para no herir mi ascendencia

acostada de espaldas

con las piernas temblando en el aire.

 

Ojalá me hubiera recibido la inteligencia

avispada de la matrona

que habría entendido la necesidad orgánica

de acercar mis gritos

al agrietado pezón que estallaba.

 

Si me hubieran preguntado qué quería

habría exclamado   ¡Alto!

al ciego paso de lo civilizado

 

fugitiva en esa pausa

de la razón instrumental

tan propia de los bancos y de la morgue.

 

Si me hubieran dado a escoger

nacería por entero mamífera:

un camello azotado contra la frialdad de la planicie,

y no contaría la altura de la caída

ni tendría inicio para conmemorar

cuanto he pertenecido

a la industria del tiempo.