Una canción de amor no patriarcal

Le dedico esta canción de amor no patriarcal a todas mis amigas, alumnas, maestras, aliadas, hermanas. Las quiero libres y me quiero libre con ustedes.

El ecofeminismo crítico ante la emergencia global

Ponencia presentada en la 1er Jornada de Conferencias Criticando la Realidad, en la Universidad Autónoma Metropolitana (4 de Junio, 2015).

Es cada vez más palpable que la humanidad se acerca, si no es que hemos llegado ya, a un punto de no retorno, en el que la devastación ecológica adquiera tal magnitud que sea inevitable detener una catástrofe que no sólo ponga en peligro a la humanidad, sino a la vida sobre la tierra en su conjunto. La amenaza a la biodiversidad es cada vez más destructora y la extinción de plantas y animales no se detiene a pesar de los esfuerzos conservacionistas. El cambio climático se resiente en la cotidianidad de los pueblos de todo el mundo. Según información brindada por la NASA, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es la más alta en 650 mil años, nueve de los diez años más calurosos de la historia se han registrado desde el año 2000 y se predice un aumento de la temperatura de entre 2 y 6 grados centígrados con base en las emisiones actuales de gases de efecto invernadero. Se prevé que el ya eminente descongelamiento de los polos y glaciares del mundo acelerará el calentamiento global, aumentando el nivel de los océanos, contribuyendo a su acidificación y la inestabilidad climática. La cuestión, entonces, ya no es si aumentará la temperatura de la Tierra, sino cuánto aumentará y qué tan rápido podemos actuar para cambiar las dinámicas de explotación, consumo y devastación y tratar así de evitar el arribo a ese punto de no retorno en el cual sea inevitable la pérdida catastrófica de vida sobre la tierra.

Varios elementos se conjuntan en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad. La población mundial rebasa los 7 mil millones de seres humanos, una población que vive en una economía global sustentada en la explotación desmedida e insostenible de recursos naturales y humanos. Una economía impulsada además por una energía no renovable, el petróleo, que de extraerse en su totalidad aumentará la concentración de CO2 en la atmósfera a niveles desastrosos. Una economía que para subsistir ha de ahondar necesariamente en sus propias contradicciones, creando más pobreza y devastación al mismo tiempo que en apariencia produce más riqueza y crecimiento. La devastación ecológica no se puede entender, entonces, ajena al sistema económico que depreda la naturaleza y explota a los pueblos.

Sin embrago, el capitalismo actual parece promover el ecologismo y buscar dentro de sus alcances reformar su estructura de producción y consumo para tratar de frenar esta devastación. Dichas posturas ecologistas creen encontrar en el llamado “capitalismo verde” una alternativa sistémica para dar soluciones. Apelan al cambio mediante el poder de consumo de la gente y su voluntad para elegir los productos más ecológicos, orgánicos, sustentables y locales. Sin embargo, estas mismas posturas, autonombradas “desarrollos sustentables”, son incapaces de detener la privatización de los recursos naturales y su apropiación por las trasnacionales como incentivos para la creación de capital y deuda internacional. Así, el problema real de la devastación ecológica queda intacto, y el ecologismo del capitalismo verde sirve solamente como una ideología que da la apariencia del cambio, pero que en el fondo no rinde una solución efectiva. Para intentar buscar soluciones, entonces, hemos de conocer la manera en que se entreteje la devastación ecológica con las dinámicas económicas del capitalismo global que hoy vivimos.

Es en este contexto en el que aparecen los ecofeminismos como elaboraciones prácticas y teóricas para dar respuesta a la crisis del presente desde la experiencia vital y la diversidad del movimiento feminista. El término ‘ecofeminismo’ fue acuñado por la francesa Françoise d’Eaubonne a finales de la década de los 70. Su tesis fue ridiculizada en ese momento por tratar de unir dos conceptos que parecían no tener ninguna relación entre sí. Inspirada en la tradición anarquista, D’Eaubonne rechazó las respuestas al reto ecologista tanto del capitalismo como también del socialismo, y las subsumió bajo una opresión más fuerte y primordial: “La falocracia está en la base misma de un orden que no puede sino asesinar a la Naturaleza en nombre del beneficio, si es capitalista, y en nombre del progreso, si es socialista.” [1]

A partir de entonces, el ecofeminismo se erige como una corriente de posturas diversas que encuentran un paralelismo entre la opresión de las mujeres y la explotación de la Naturaleza, y que responden de distintas maneras a la forma en que se expresa esta relación y la manera de solucionar su opresión conjunta. Dentro del ecofeminismo, existen primordialmente dos posturas respecto a la relación entre las mujeres y la naturaleza: el ecofeminismo clásico, que aquí designamos como un ecofeminismo débil o esencialista, y el ecofeminismo crítico, que designamos como uno fuerte o anti-esencialista. Esta esquematización de las posturas ecofeministas no siempre es tan clara en la práctica, y muchas veces sus aportaciones se confunden o superponen.

Comencemos dando una breve exposición del ecofeminsimo débil o esencialista.  Se caracteriza por sostener que las mujeres configuran una identidad definida y homogénea que las alía con la Naturaleza por el hecho de poder ser madres y por tener una corporalidad cíclica que se materializa con la menstruación. Este ecofeminismo llamado “clásico” conserva la identificación del varón con la “cultura” y de la mujer con la “naturaleza”, pero invierte la jerarquía tradicional y utiliza las viejas definiciones de lo femenino (buena, amorosa, madre nutricia y dadora de vida, incapaz de ser agresiva) para enarbolar un esencialismo estratégico que ha sido muy activo políticamente. El ecofeminismo clásico (desde la poesía de Susan Griffin o la antropología y teología de Rosemary Radford, por mencionar algunas) sugiere un misticismo feminista que busca recuperar la feminidad salvaje y el culto a una divinidad femenina dadora de vida. Cuando hoy se menciona la palabra ecofeminismo, tiende a asociarse con esta postura esencialista y ha sido fuertemente criticada como una tendencia de la cultura new age que cree que las mujeres pueden liberar la Tierra por tener una afinidad especial con la Naturaleza.

Pero el tema de la relación de las mujeres con la Naturaleza no es nuevo para el feminismo, y la discusión ecofeminista se inscribe en la problematización que asentó el feminismo de la segunda ola al cuestionar fuertemente la adscripción de lo femenino a lo natural. Desde Simone de Beauvoir hasta las teorías queer y el feminismo de la igualdad, se rechaza todo pensamiento que sostenga una identidad femenina natural que se escape a la construcción social e histórica del género. La categoría de género, como portadora de esta crítica a la naturalización de lo femenino y lo masculino, representó una crítica contundente y sustancial a la hegemonía patriarcal. Permitió una deconstrucción teórica, cultural y práctica de las relaciones de dominación sobre las mujeres sustentadas en la naturalización de una identidad oprimida, sobajada, explotada y discriminada.

Pero el potencial emancipador de la categoría de género fue socavado y subsumido por la lógica neoliberal de la “tolerancia” a la diferencia. Desde el feminismo comunitario de Julieta Paredes se distingue lo que llaman “denuncia de género”, como aquella que es capaz de develar la subordinación impuesta por el sistema patriarcal a las mujeres, de la “equidad de género”, que en realidad no busca denunciar la opresión sino hacer posible que “los valores de los roles asignados por el patriarcado a mujeres y hombres, podrían alguna vez ser iguales”[2], lo cual, como sabemos, es imposible y contradictorio. La construcción social del género se despolitizó y se convirtió así en una configuración más de una subjetividad posmoderna despojada de potencial emancipador. De este modo, el amplio rechazo al esencialismo que ha tenido la tercera ola del feminismo, que comenzó en los noventa y que habitamos aún en nuestros días, ha tenido un problema fundamental. En palabras de la filósofa Alison Stone: “Ontológicamente, la crítica al esencialismo parecía implicar que las mujeres no existen en absoluto como un grupo social distinto; y, políticamente, esta crítica parecía socavar la posibilidad del activismo feminista al negarle a las mujeres una identidad compartida con características que las pudiera motivar a participar en acciones colectivas.”[3]

¿De qué manera podemos sostener un feminismo que no reafirme el esencialismo que naturaliza las identidades de género y que, al mismo tiempo, configure una apuesta crítica capaz de movilizar políticamente a las mujeres en contra de las opresiones que sí comparten? Alison Stone apuesta por una postura genealógica que configure la categoría mujer. Desde esta genealogía, “toda construcción cultural de la feminidad reinterpreta construcciones preexistentes y por ende compone una historia de interpretaciones encadenadas y superpuestas, dentro de las cuales se encuentran todas las mujeres. Por lo tanto, aunque las mujeres no compartan un entendimiento o experiencia común de la feminidad, están sin embargo reunidas en un grupo social determinado por su ubicación dentro de esta compleja trama histórica”.[4]

Desde esta apuesta por una genealogía feminista, podemos entender la segunda forma de ecofeminismo y que es la que aquí defendemos: la postura crítica y no esencialista. Desde este posicionamiento político se rescata la noción de género como una categoría de denuncia que ataca la naturalización de los roles asignados por el patriarcado, mientras que, al mismo tiempo, ubica la lucha de las mujeres en el plano de las relaciones concretas, materiales, históricas y ecológicas de nuestra subordinación. Es un ecofeminismo crítico, por lo tanto, en dos sentidos: crítico hacia los esencialismos que naturalizan sistemas de opresión, como crítico también del escepticismo posmoderno que desarma las identidades políticas frente a las opresiones materiales del sistema económico.

Este ecofeminismo crítico encuentra en la genealogía de la categoría de lo femenino una relación necesaria, esto es, no casual ni contingente, entre la subordinación de las mujeres dentro del patriarcado y la subordinación de la naturaleza ante el capitalismo, configurando así un mismo sistema de opresión. Por lo tanto no es casual la violencia hacia una naturaleza entendida en términos femeninos, como una Madre violentada, como una víctima cercenada y pasiva ante la actividad del hombre económico, y la violencia hacia las mujeres consideradas como animales, irracionales e instintivas. Ambas formas de violencia se materializan para el beneficio económico y social de un patriarcado que adquiere la forma del capitalismo actual, que aterroriza a las mujeres con violencia feminicida y aterroriza a la naturaleza con su despojo ilimitado.

Desde un enfoque ecosocialista, pensadoras como Mary Mellor han enfatizado que la conexión entre las mujeres y la naturaleza en nuestra sociedad industrializada no es casual ni pertenece al ámbito de una identidad esencialista. Esta conexión se fundamenta en el trabajo genéricamente femenino, que Mellor llama ‘altruismo impuesto’, y que consiste en todo aquel trabajo generalmente impago que mantiene y cuida de los cuerpos, que es trabajo cotidiano, repetitivo y cíclico, y que es necesario para la manutención de un modelo económico basado en el dinero y la expansión indefinida. Para Mellor y para Vandana Shiva, a esta economía le son indiferentes las verdaderas necesidades de los cuerpos y del medio ambiente en el que viven, su única motivación es el beneficio máximo expresado en un número –el Producto Interno Bruto- que enfatiza en la producción de riqueza monetaria pero no en el bienestar real de los pueblos. Para esta economía, el cuerpo de las mujeres son un componente fundamental como máquinas productoras de trabajo (asalariado e impago) y reproductoras y cuidadoras de los cuerpos-mercancía.

Desde la genealogía ecofeminista de la categoría mujer, la experiencia de las mujeres contiene un conocimiento como grupo oprimido que las ubica en un lugar privilegiado en la lucha contra la explotación capitalista-patriarcal. Dado que las mujeres somos la mitad de TODO, como dice el feminismo comunitario, la problemática de las mujeres ante el capital y la devastación ecológica no es una problemática más al lado de otras, sino que es fundamental para comprender la interconexión entre el sistema económico y el deterioro medioambiental. La característica de los ecofeminismos críticos (feminismo comunitario, ecosocialista, ilustrado…) es hacer un énfasis en el trabajo “femenino” (lo cual no quiere decir naturalmente femenino, sino genéricamente femenino, o sea que también lo pueden ejercer los hombres) como el trabajo que defiende y cuida de los bienes comunes, un trabajo y conocimiento esencial para la construcción de economías alternativas.

El énfasis de los ecofeminismos críticos se encuentra en la defensa de los commons, los bienes comunes, los bienes comunitarios. Para contextualizar esta lucha basta mirar los periódicos. De las noticias más recientes por parte de Wikileaks se revela que ya se va preparando, ajeno al debate público y democrático, la acotación de la capacidad regulatoria de los países en materia de servicios públicos. Cito la nota de la Jornada del 2 de junio:

“En su etapa más reciente, el borrador del Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA, por sus siglas en inglés) que negocian en secreto 50 gobiernos, entre ellos el de México, y que pretende regular de manera supranacional servicios de salud, agua, financieros, telecomunicaciones, transparencia y transporte, entre otros, plantea que los países firmantes den a los proveedores de servicios financieros extranjeros el mismo trato que a los nacionales. El instrumento, por añadidura, pasaría por encima de regulaciones establecidas por diversas naciones por razones culturales, sociales, ambientales (como para enfrentar el cambio climático) o de desarrollo y establecería, en caso de que llegue a firmarse, la facultad de “tribunales ‘comerciales’ privados” de decidir la forma en que los países regulan actividades que son fundamentales para el bienestar social”, asegura un análisis publicado por Wikileaks sobre el TISA.”

Se le está dejando el terreno abierto, pues, a la privatización de los recursos naturales que sostienen la vida de los pueblos y los ecosistemas, por detrás de cualquier mecanismo democrático. Ante esto, no queda más que la resistencia, una resistencia que, para ser efectiva, ha de partir de la lucha y experiencia de las mujeres en la defensa de los bienes comunitarios. El ecofeminismo del que hablamos se empata, entonces, con el feminismo comunitario, pues ya no se trata de luchar por la igualdad de las individuas frente a los individuos varones, se trata de empujar el conocimiento y la práctica comunitaria que han ejercido las mujeres y que es capaz de crear un nuevo sistema económico fundamentado en el cuidado y la conservación de la vida.

[1] F. D’Eaubonne, “La época del ecofeminismo”, en María Xosé Agra (comp.), Ecología y Feminismo, trad. Ana Celia Rodríguez Buján, Ecorama, 1997, pág. 51.

[2] Paredes, Julieta, Hilando Fino, p. 63-64.

[3] Stone, Allison, “On the genealogy of women: a defense of anti-essentialism”, en Third Wave Feminism. A Critical Exploration, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2004, p. 85.

[4] Ibíd., p. 86.

El complejo de héroe en los auto nombrados “hombres feministas”

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El complejo del héroe no es sólo el impulso desmedido a ayudar a las demás personas. Se trata de una compulsión a asumir una responsabilidad para salvar a quienes se vislumbran como víctimas. Pero hay que tener mucho cuidado: esta compulsión de ninguna manera se ha de confundir con una postura misericordiosa o humanitaria. Todo lo contrario.

El héroe que vive en el interior de los auto nombrados “hombres feministas” es un personaje patológico, pero muy real. Tiene un discurso súper elaborado sobre el feminismo y, sin duda, ha leído con apasionado interés a Celia Amorós, Marcela Lagarde, Monique Wittig, Kate Millet, Judith Butler, Julieta Paredes, etc. Se sabe de memoria el libro de Feminismo para Principiantes de Nuria Varela, y ha desarrollado toda una teoría sobre una utópica comunidad ético-feminista. Ha asistido a sin fin de seminarios sobre el tema, ha colaborado con filósofas de renombre, en su perfil de Academia.edu se lee “Filosofía Feminista” entre los primeros lugares de sus intereses. Es, pues, todo un feminólogo.

Pero esto no lo hace feminista. En los hechos, este ser enmascarado, con capa y traje de superhéroe, es una contradicción andante. Él no encuentra en las mujeres sus iguales, ni siquiera sus interlocutoras. Se sirve de ellas en la medida en la que reflejan su imagen de salvador, de seductor, de elemento esencial en sus vidas.

Es comprensible, pues, que lo que más teme este personaje es que las mujeres, las que son para él las víctimas de este sistema patriarcal, no necesiten de su ayuda. La fantasía del héroe no es lograr lo que desea explícitamente- el deseo de liberar a las mujeres del patriarcado- sino convertirse él mismo en el objeto de deseo de estas mujeres.

Lo que realmente empuja a este auto nombrado “hombre feminista” a actuar supuestamente en contra del patriarcado, no es la salvación de las mujeres, sino la (inconsciente?) percepción de que las mujeres en realidad disfrutan su postura de víctimas, que ellas en realidad contribuyen a serlo, que lo buscan y anhelan, de modo que se resisten a ser redimidas, a ser salvadas por él. Esto lo conduce a ser violento, no contra el patriarcado, sino en contra de las mujeres.

La equivalencia de este personaje, en el mundo de la política global, es la posición de Estados Unidos en las guerras en Vietnam, Irak o Afganistán. Esas intervenciones militares se auto designaban como intervenciones “humanitarias”, pero cuya verdadera intención nunca fue “ayudar” a estas naciones, sino fundamentalmente establecer su poderío fáctico sobre ellas. Ante la realidad de que estos pueblos negaban dicha “ayuda”, la respuesta nunca fue de respeto o aceptación ante la diferencia, sino de violencia e imposición.

Esta violencia también la ejerce el auto nombrado “hombre feminista”. Puede ser una violencia discursiva (por ejemplo, insistirá en que su pareja sólo se relacione con otros “hombres feministas”, dudando así de su criterio y autonomía), y también puede ser una violencia sexual, física, en la que utilizará los cuerpos de estas mujeres para satisfacer sus deseos sexuales -en el entendido de que ellas participan en su carácter de víctimas, de que en el fondo ellas lo desean, desean ser acosadas, desean que este personaje se meta a su cama cuando estén dormidas para ser toqueteadas, para ser consumidas y luego desechadas.

Si se le confronta a este “héroe” y se le acusa de ser violento, acosador, manipulador, machista, su respuesta -siempre elaborada en el discurso más elocuente, académico y formal- será que “ellas lo quisieron, ellas eligieron libremente acostarse con él, ellas permitieron que pasara lo que pasó”. Apelará entonces, ahora sí, a la autonomía de las mujeres, a su capacidad de decidir sobre sus cuerpos, a la liberación de su sexualidad.

Quizá ellas no lo nieguen, quizá ellas digan que es cierto, que también lo quisieron. Habrá otras que -como yo- a la mañana siguiente se den cuenta de su error y se sientan manipuladas, sobajadas, utilizadas. Pero ese no es el punto. El meollo radica en que este “héroe” se cree con el derecho para llegar a “salvarnos”, para ser nuestra redención y para proyectar en nosotras todas sus miserias, y, a través de nuestra supuesta “liberación”, establecer su poderío. La violencia que ejerce contra las mujeres no es, pues, gratuita o azarosa: se origina en la concepción misma que tiene de las mujeres dentro de su discurso feminista, en la concepción misma que tiene de sí mismo como “hombre feminista”, esto es, como héroe.

Las únicas personas genéricamente designadas como “hombres” que he conocido y que han sido verdaderamente feministas, jamás se auto nombraron como tales. Pero, eso sí, actuaron y abandonaron en la práctica cotidiana -no en el discurso- sus privilegios de hombres en una sociedad patriarcal. Se atrevieron al diálogo, aceptaron los cuestionamientos y, sobre todo, asumieron que las mujeres, en toda nuestra diversidad, somos las únicas en nombrar y avanzar nuestra autonomía.

Es un hecho, jamás vuelvo a confiar en un hombre que se auto nombre feminista. Al llamarse a sí mismos “feministas” están ocultando en realidad lo que verdaderamente son. Este es el carácter performativo -e ideológico- de la nominación: el nombre “hombre feminista” es una precondición para la hegemonía del patriarcado dentro del feminismo. No se trata de aplicar un nombre vacío a un sujeto dado, como si fuera una mera descripción de algo que ya existe de antemano. Al momento de nombrarse como tal, este sujeto no sólo describe lo que pretende ser, sino que abre un discurso hegemónico: el discurso del héroe. Es la máscara perfecta del patriarcado mutante.

Women, subject. Man, object.

One of my favorite scenes from The Fall, with the great Gillian Anderson.

El estigma de vivir sola y con gatos.

Doy clase de inglés en una primaria y hoy se me ocurrió poner a mis gatos de ejemplo para un ejercicio. My cats are always hungry, les dije. Pero, en vez de seguir con el ejercicio y responder lo que debían (She says her cats are always hungry), el alumnado comenzó a bombardearme con preguntas: teacher, ¿le gustan los gatos?, teacher, ¿cuántos gatos tiene?, teacher, ¿ v i v e   s o l a ?, teacher, ¿ n o   t i e n e   n o v i o ?, ¿por qué no?, teacher, ¿ n o   s e   v a   c a s a r ? …

No comprendí muy bien cómo pasamos de hablar del hambre de mis mascotas al hecho de que estoy soltera y vivo sola con dos gatos, pero la transición de un tema a otro pareció muy natural, inmediato y prácticamente obvio. ¿Por qué, me preguntaba, ocurrió eso? ¿Por qué relacionar inmediatamente el hecho de que tenga por mascotas a dos gatos con el hecho de que estoy soltera y vivo sola? ¿Por qué les causa tanta impresión que así haya elegido vivir? La idea de la mujer solterona que vive con gatos, cuya representación está caricaturizada en la loca de los gatos, no es sólo un cliché: es un estigma, un desprestigio, todavía es un escándalo, motivo de burla, es, para ponerlo en una palabra, ideología patriarcal pura y dura.

Hace casi 90 años que Virginia Woolf publicó su célebre ensayo A Room of One’s Own, donde defendía la idea de que cualquier mujer que quisiera crear, escribir, producir sus propios proyectos, debía ser dueña de recursos suficientes para contar con espacio y tiempo propio, lejos de cualquier servidumbre y dependencia que la vida le impusiera. Hace casi 90 años… y, sin embargo, hoy en día una mujer que busca obtener precisamente eso, tiempo y espacio para estar sola y hacer sus cosas -porque estamos de acuerdo que la soledad es un requisito para la creación y la autonomía- sigue siendo objeto de burlas, sigue siendo encajonada en el cliché de la loca de los gatos, una versión renovada a través de los medios de lo que siempre ha sido la imagen de la bruja, imagen que bien sabemos no puede estar exenta de tener a un felino a su lado.

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Purgarme de ese “amor” que no es amor

vomito amor románticoEstoy al fin en un punto de mi vida en el que tengo la suficiente conciencia y seguridad en mí misma como para saber cómo quiero amar y a quién. Por fin tengo claro que mi deseo es sobrepasar la utopía emocional del amor romántico sin por ello caer en relaciones superficiales que se desechan tan rápidamente como se consumen. Me propongo evitar estas dos caras de una misma moneda patriarcal: el amor romántico monógamo y la promiscuidad de las relaciones desechables. Ahora que confronto mi heterosexualidad compulsiva, ahora que reviso mi historia y encuentro en ella continuados intentos conscientes e inconscientes por escapar de la monogamia que he asumido con tanta frecuencia como un mandato obligatorio, una forma de amar incuestionable, una necesidad social.

Este mundo heteropatriarcal, donde la norma es lo que las Lesboterroristas llaman el “emparejamiento compulsivo”, donde la heterosexualidad se erige en una institución normativa y no en una simple preferencia sexual , donde el amor romántico subordina sexual, económica y simbólicamente a las mujeres, donde la monogamia es mandato y los celos son “naturales”, donde la persona “amada” es depositaria de nuestras propias expectativas e idealizaciones y no considerada como libre y dueña de su propia circunstancia, en donde “el amor” se erige como un contrato de propiedad, este mundo heteropatriarcal contemporáneo, decía, ofrece sólo dos opciones “amatorias”: o bien nos anexamos al dictado social y obedecemos a la compulsión de hallarnos en relaciones con personas a quienes les prometemos amor eterno, fidelidad y la construcción de un proyecto de vida en conjunto, siempre con la esperanza de no perder la pasión y la adrenalina de ese amor que nos alza, nos sublima como objetos de deseo y nos da un propósito que trasciende nuestra individualidad prescindible (para conformar luego ese “egoísmo a dúo” del que nos habla Coral Herrera en el texto que abajo les comparto); o nos encontramos en el opuesto: las relaciones desechables, que se entienden bajo la lógica del consumo, que son superficiales, a veces intensas pero, sobre todo, fugaces experiencias exentas de conexión profunda que llegan tan rápido como se van.

Yo opto ahora por ninguna de estas opciones y declaro que esas formas impuestas no son verdaderamente amorosas. El amor no impone, el amor no violenta, el amor no utiliza la persona amada como un producto, un medio para un fin propio, el amor no limita la libertad propia ni ajena, el amor no es un contrato de propiedad. El amor libera, no constriñe. El amor es comunicación, es respeto, es honestidad y es transformación.

Ese “amor” que no es amor se inscribe en una lógica del todo o nada, una lógica de opuestos (que se complementan): monogamia o promiscuidad, compromiso o irresponsabilidad, amor o lujuria, entrega o desecho. En esta lógica, las mujeres somos encajonadas en la típica polaridad de la mujer buena, santa, madre, virgen, esposa, y la mujer mala, perversa, pecadora, puta, bruja. Una polaridad creada por el patriarcado en vista, como dice Coral Herrera, del miedo que hay de las mujeres poderosas y libres que podrían salirse por completo del círculo del dominio patriarcal. Así, esta dicotomía se erige como un mecanismo para dominar los deseos y cuerpos de las mujeres.

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Mujeres frente al espejo: la reeducación de la soledad.

La educación que recibimos no sólo establece el tipo de relación que tenemos con el mundo, sino que también la relación con nuestro propio ser. Se podría decir que para relacionarnos con nosotras(os) mismas(os), estamos siempre mediadas(os) por la educación que recibimos. Y no me refiero únicamente a la educación escolar, sino también, y principalmente, a la que recibimos del entorno familiar, social y mediático. Es la educación que engloba todo lo concerniente a quiénes somos y cómo debemos ser. Esa es una educación que se palpa en nuestra carne, que se aprecia en el espejo, en nuestras miradas, que se escucha en nuestras palabras y se plasma en cualquiera que sea nuestro trabajo. Esa educación no se puede quedar en la mera teoría, pues se trata de la savia que se transmite de vida en vida. Y como la vida, esa educación cambia, con transformaciones que no son ni espontáneas ni fáciles.

Cuando crece una insatisfacción respecto a lo que te han enseñado que debes pensar, sentir y hacer por “ser quien eres”, cuando te han dicho que tienes un rol que interpretar pero cuyo guión ya no te sirve de guía sino que te subestima, te vuelve invisible, te enferma y te maltrata, es tiempo de cambiar lo que se ha aprendido y reeducarse.

Si hemos de ser sensatas(os), es recomendable no cambiar una educación por otra de manera acrítica, es recomendable dudar, dudar de nosotros y nosotras mismas, de nuestros propios pensamientos y deseos. Pero esa duda ha de ser dirigida por la búsqueda de bienestar, de goce, de amor, de libertad.

Los feminismos representan formas en que mujeres (y hombres también) han buscado reeducarse y mirarse a sí mismas(os) y al mundo a través de otros parámetros. Los feminismos no son mera teoría, tampoco mera práctica, conforman educaciones distintas tan profundas como esa savia que se transmite de vida en vida e implican una seria transformación de lo que vemos en el espejo.

Para las mujeres la tarea de reeducarnos es bastante personal y me atrevo a afirmar, más como un consejo a partir de mi Jack Davisonexperiencia que como un imperativo universal, que nuestra reeducación comienza por estar solas y reinventar la relación que tenemos con nosotras mismas. Comienza por entender de forma distinta nuestra soledad.

Al respecto, Marcela Lagarde tiene un texto iluminador titulado “La soledad y la desolación”, en el que expone las formas en que se nos ha enseñado a considerar nuestra soledad como sinónimo de desolación y a temer ese estado en el que nos relacionamos con nosotras mismas de manera autónoma.

Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos.

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“El yo es un nosotros y el nosotros un yo”

Esta semana fui a un seminario donde un renombrado antropólogo hablaba sobre el relativismo en las ciencias sociales, tan en boga hoy. Coincidimos en que la anhelada objetividad se encuentra en el análisis de las relaciones de poder, aquellas que nos demarcan, constituyen, dirigen y oprimen. Está claro: un(a) relativista no puede afirmar ni negar las relaciones de poder, se encierra en la vastedad de perspectivas disimiles incapaz de hallar el hilo que las unifica y les da su consistencia.

He tenido tanta hambre por encontrar ese hilo, por afirmarlo como quien sostiene la manzana de la discordia orgullosamente en sus manos, dueña absoluta de la verdad y, sin embargo, una dueña con ánimos de compartir su posesión, socializar el conocimiento. Pero temo que en mi afán -que reconozco no está él mismo exento de deseo de poder- he esquematizado más de lo que he pensado y creado, traicionando mi fidelidad a la verdad. En este esquematismo las etiquetas han proliferado y las divisiones se han ahondado, la más grave: la división de mí misma frente al mundo. Claro que en busca de la criticidad pertinente a las circunstancias me he hecho de gente aliada y no he sucumbido al aislamiento de la radicalidad, la desconfianza totalizadora, esa paranoia, esa hostilidad, aunque admito que me he visto tentada.

Pero tras tanto análisis y búsqueda de lo que serían las diferencias de las que colgar la objetividad del discurso, he peligrado en olvidar las conexiones que hacen de la totalidad más que la mera suma de las partes. Es paradójico. Mientras busco la unidad, la explicación última, parece que se me escapa, que me pierdo, que yo misma me desconecto y prefiero erigir dogmas y someter con prejuicios. Ser feminista -lo que implica no sólo afirmar una verdad sino defenderla activamente en lo cotidiano- y ser congruente y feliz no es una labor cualquiera. Ante la verdad, parece que mis sonrisas tantas veces se han ensombrecido y mi mirada ha perdido el brío. Eso sí, ya soy menos propensa a la manipulación, el dominio que limita en vez de liberar y a la hostilidad entre mujeres.

Y ahora, en época pre electoral, parece que las diferencias de nuevo se han multiplicado, y la política se saborea en cada conversación, en cada rostro con el que se cruza, en cada acto por pequeño que sea. Y de nuevo, no soy capaz de entender cabalmente las diferencias, debo hacer el enorme esfuerzo de remontarme a las abstracciones genealógicas que me permitan entender la historicidad de ciertas elecciones políticas -las que son abiertamente conservadoras, que ante la información que poseo me parecen profundamente aberrantes. Se erigen muros más impenetrables que me reflejan frustrada e impotente.

Y entonces hoy me ocurrió algo, que al menos de manera inmediata, vino a ser un bálsamo de reconciliación. En un largo y solitario pasillo del metro chabacano, ya de noche, me encontré caminando directamente hacia una anciana parada con sus flacas piernitas arqueadas bajo el peso de su viejo cuerpecito. Estaba pidiendo limosna. Inmediatamente mi aparato de esquematizador -sin el cual sería difícil vivir en esta ciudad- comenzó a procesar la información: no era una maría, por lo cual es menos probable que pertenezca a una red de trata de personas, una de esas mafias que explota mujeres, niños e indígenas con tal de sacarle provecho al acto de interpelar, como dice Dussel, al corazoncito de la gente culposa y bien intencionada. Una genuina viejita pobre y jodida que mostraba un brazo enyesado. En mi mente, aún tan racional, se prendió un foco verde: a ella sí le puedes dar una moneda. Me paré a su lado y mientras que buscaba en mi bolso algunos pesos, aún sin verla a los ojos, escuché sus rezos que soy incapaz de repetir porque soy totalmente ajena a la religiosidad, pero decían algo así como: “Jesús se lo agradecerá, Jesús que está en los cielos y en los corazones de las personas, hijo de la Virgen María, llena eres de gracias, ejemplo para todas las mujeres de recato y misericordia.”

Ya se imaginarán lo que andaba tramando en ese momento mi mente atea y profundamente desconfiada de lo religioso. Entendí que ella era mi otra, cuerpo de una otredad que define algunos de mis rasgos, los rasgos que más se alejan de la cultura católica mexicana. Con una sensación de rechazo, me resigné a terminar lo que me había propuesto a hacer frente a la señora: saqué la moneda del bolso y extendí la mano volteando a ver el rostro de mi otra. Pero lo que vi no fue un muro, ni sentí la distancia. Sus ojos me mostraron una sonrisa plena, un alegre agradecimiento, una conexión. Al sonreír en respuesta, todas mis barreras se derrumbaron y fuimos amigas.  La confianza estaba sembrada entre nosotras. Durante esa fracción de segundo, fuimos aliadas poderosas. Mientras me alejé pensé que ella seguramente no tendría noción del feminismo, tal vez se opone al derecho al aborto y abogue por que las mujeres nos quedemos en casa y atendamos a nuestros maridos, como indica la Biblia -según dicen, pues de primera mano no lo sé: aún no paso del Cantar de los Cantares.

¿Cómo entonces pude sentirme tan conectada con una persona tan diferente a mí? Mi pobre cerebrito racional se dejó caer en los brazos del sentir, aliviado. Y fue mi sentir lo que le mostró humildad -concepto bastante cristiano por cierto, lo sé. Humildad que en el terreno de lo racional se convierte en auto crítica, bálsamo de los errores, nave segura. En la auto crítica tenemos seguridad, sí, pues damos pie a que nuestros pensamientos estén errados y nos abre posibilidades liberadoras de las cadenas más pesadas: aquellas que no vemos, con las que nos atamos a nosotras mismas.

La búsqueda de la verdad, no puede ir separada del amor. No el mero amor a la verdad, como si sólo se anhelara sin conseguirse jamás, pero la verdad en el amor. (Sé que esto suena a chorro cristiano pero le pido por favor que me crean cuando les dijo que sigo siendo atea, que la viejita no logró convertirme con nuestro instante amigable.) A fuerza de roces con el mundo, descubrí una vez más que no puedo andar por la vida afirmando una verdad que niega las experiencias y las historias de las demás personas, alejándome de ellas y provocando en mí la catástrofe del elitismo y la separación. Eso sólo lograría minar mi propio esfuerzo por saber y sentir lo que es: no basta con afirmar una verdad y con ella despedazar las verdades de los demás, es necesario siempre la búsqueda de la verdad compartida, que se logra sólo mediante el reconocimiento de que somos lo que somos por las demás personas, por la historia, por el espíritu humano. Como dice Hegel: el yo es un nosotros y el nosotros es un yo. Ahí está la verdad, en el poder de transformar ese yo colectivo, transformación que se dispara en muchos niveles: desde el psicológico individual hasta las cumbres de lo social, y que pasa por muchos procesos, contradicciones y reconciliaciones.

Así, entiendo mi propio andar y no me arrepiento de la negatividad y la propia contradicción que traigo metida, pues sin ella la satisfacción de reconciliarme y abrazar la otredad aún con esperanza no me seria accesible con tanta lucidez.

 

Reflejos de la luna

Me refugio en mi interior junto a mis seres mitológicos -aquellas sombras de la vida que me acompañan siempre. Tantas expectativas que cumplir, distintas a las tradicionales pero igualmente pesadas. Quisiera poder irme de esta ciudad, huir de la gente, los compromisos. Pienso en Guanajuato, en el bosque de Santa Rosa, en las presas, los cerros, en mi imaginativo desprendimiento. Me descubro ansiando la soledad, una soledad nueva, en nuevos espacios, sólo acompañada por mis libros y mis libretas.

Quiero tiempo para estar a solas con mi pensamiento y mi creatividad. Tener tiempo para deshojar mis temblores, descubrir mis fuerzas y volver a sentir sincera la sonrisa hacia el mundo. Pienso que este deseo tiene que ver con “el tiempo de mis glándulas y mis arterias”, el único que sé obedecer. ¡Qué determinismo tan atroz!

Quizá deba pedir una semana al mes para que todxs me dispensen, comprendan mi ausencia, mi silencio, mi neurosis. Quiero pedirles muros para sostenerlxs, que no se indignen o se ofendan si prefiero dedicar mis horas a mi jardín, mi gato o una hojas improductivas, si es que guardo silencio, si no estoy puesta para la acción, las ideas y la calle, ni siquiera para el convivio cotidiano. Me pregunto qué tan válida es mi petición, qué tan plausible es en realidad.

Me invade una ansiedad infinita porque mi cuerpo no está sincronizado con el tiempo del mundo, que se mueve sin pausa siempre demandando nuestra atención, nuestro quehacer, nuestra presencia productiva. Quizá una solución sea encontrar en mis horas pasmadas e introvertidas alguna acción que me redime y me dé la apariencia de seguir el ritmo que se impone: volver la intimidad otra fuente de producción. “Vean: sigo actuando, no soy completamente inútil. Aún pueden encontrar en mí el eco de alguna idea, alguna reflexión mínimamente interesante, algún alimento para el alma.” Pero incluso esto es una falsedad: ¡sólo quiero el silencio! Silencio para escuchar los riachuelos de mi cuerpo, para dejar de estar siempre volcada hacia lo otro, para poder ser, sin culpas, la encarnación del universo.

Isaac Levitan. La luna crepúsculo. 1899.

Es difícil apreciar estos días de forma neutra. Desde el mundo público y cotidiano son días infértiles, profanos, indeseables, enfermos, dolorosos, asquerosos. Lo que hay que hacer es simular su inexistencia y fingir una fortaleza que los venza para salir de ellos triunfante, vencedora. Desde la mística femenina, por otro lado, estos días son la renovación del ciclo sagrado de la vida, son días poderosos en que la sensibilidad se expande y sacamos, desechamos los que no nos sirve para volver a comenzar, nuevas y luminosas.

Es cierto que esta segunda perspectiva ha gozado de menos aceptación que la primera y que en general vivimos estos días socialmente como un castigo, lo que es necesario transformar para lograr mayor entendimiento y aceptación de lo que somos, de estos cuerpos que somos. Pero la mística femenina, me parece, tampoco tiene la respuesta. No podemos saltar del desdén más profundo a la suprema veneración sin que caigamos en otro discurso edificante, superficial e intrascendente, que no logra más que un optimismo vano, incapaz de cambiar las relaciones en las que nos sumergimos y que nos determinan.

Atengámonos a los hechos: existe una temporalidad hegemónica, que podríamos caracterizar como masculina -aunque acepto que hay otras formas, no hegemónicas, de masculidad. Este tiempo se expresa en relojes y calendarios que marcan la pauta del trabajo y la productividad y cuyos descansos son arbitrarios y poco tienen que ver con los reclamos del cuerpo. Impone, pues, una subjetividad siempre disciplinada, siempre atenta y cordial, siempre dispuesta, apta para la socialización y el trabajo.

No puedo hablar por todas la mujeres, sólo afirmo que quizá otras se sientan identificadas con mi malestar: mi subjetividad no se acopla a esta temporalidad hegemónica desde que mi cuerpo me pide que le baje al ritmo, que me concentre en mí y que deje para después los quehaceres y las presiones. Siento como una violencia la imposición de un calendario ajeno, así que también respondo violentamente: la neurosis.

Nos hemos mantenido tan ocupadas en esconder y disimular los efectos de la menstruación en nuestra vida que nos hemos limitado profundamente en nuestro autoconocimiento. No se trata de glorificar estos días como un regalo divino de la naturaleza, ni de condenarla a ser nuestra periódica tortura. Se trata simplemente de entender sus efectos, implicaciones y la forma en que determinan nuestra relación con un mundo que reprime toda subjetividad no disciplinada a la temporalidad dominante.

No se atrevan a felicitarme por ser mujer.

Hoy está de moda hablar sobre mi ser

mi ser mujer mi ser

esta semana será el remolino de nuestras alturas

este ser compartido, perforado

cascarón, raíz, tumba

sudores y humedades de placeres

pues nosotras ‘sabemos dónde está el placer

y gozamos donde está la sabiduría’

Por eso sabemos que felicitarnos por ser lo que somos

es un insulto

una bajeza

una ruin ofensa

de quienes secretamente nos quieren despojar de nuestro poder

y convertirlo en el adorno que se lleva como tacones, aretes o maquillaje

deformar su sustancia infinita en el banal atavío

de plástica belleza, voz melosa, muñequita enteramente dispuesta

“Felicidades por ser mujercita”

Felicidades por ser

el regalo servicial

al altar de un falo devorador de auténticos seres.

A mi no me feliciten por ser lo que soy.

Odiaré a quien lo haga.

Pero amaré a quien parta el mundo y sus oscuridades

por defender mi absoluta soberanía en lo que soy.