El ecofeminismo crítico ante la emergencia global

Ponencia presentada en la 1er Jornada de Conferencias Criticando la Realidad, en la Universidad Autónoma Metropolitana (4 de Junio, 2015).

Es cada vez más palpable que la humanidad se acerca, si no es que hemos llegado ya, a un punto de no retorno, en el que la devastación ecológica adquiera tal magnitud que sea inevitable detener una catástrofe que no sólo ponga en peligro a la humanidad, sino a la vida sobre la tierra en su conjunto. La amenaza a la biodiversidad es cada vez más destructora y la extinción de plantas y animales no se detiene a pesar de los esfuerzos conservacionistas. El cambio climático se resiente en la cotidianidad de los pueblos de todo el mundo. Según información brindada por la NASA, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es la más alta en 650 mil años, nueve de los diez años más calurosos de la historia se han registrado desde el año 2000 y se predice un aumento de la temperatura de entre 2 y 6 grados centígrados con base en las emisiones actuales de gases de efecto invernadero. Se prevé que el ya eminente descongelamiento de los polos y glaciares del mundo acelerará el calentamiento global, aumentando el nivel de los océanos, contribuyendo a su acidificación y la inestabilidad climática. La cuestión, entonces, ya no es si aumentará la temperatura de la Tierra, sino cuánto aumentará y qué tan rápido podemos actuar para cambiar las dinámicas de explotación, consumo y devastación y tratar así de evitar el arribo a ese punto de no retorno en el cual sea inevitable la pérdida catastrófica de vida sobre la tierra.

Varios elementos se conjuntan en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad. La población mundial rebasa los 7 mil millones de seres humanos, una población que vive en una economía global sustentada en la explotación desmedida e insostenible de recursos naturales y humanos. Una economía impulsada además por una energía no renovable, el petróleo, que de extraerse en su totalidad aumentará la concentración de CO2 en la atmósfera a niveles desastrosos. Una economía que para subsistir ha de ahondar necesariamente en sus propias contradicciones, creando más pobreza y devastación al mismo tiempo que en apariencia produce más riqueza y crecimiento. La devastación ecológica no se puede entender, entonces, ajena al sistema económico que depreda la naturaleza y explota a los pueblos.

Sin embrago, el capitalismo actual parece promover el ecologismo y buscar dentro de sus alcances reformar su estructura de producción y consumo para tratar de frenar esta devastación. Dichas posturas ecologistas creen encontrar en el llamado “capitalismo verde” una alternativa sistémica para dar soluciones. Apelan al cambio mediante el poder de consumo de la gente y su voluntad para elegir los productos más ecológicos, orgánicos, sustentables y locales. Sin embargo, estas mismas posturas, autonombradas “desarrollos sustentables”, son incapaces de detener la privatización de los recursos naturales y su apropiación por las trasnacionales como incentivos para la creación de capital y deuda internacional. Así, el problema real de la devastación ecológica queda intacto, y el ecologismo del capitalismo verde sirve solamente como una ideología que da la apariencia del cambio, pero que en el fondo no rinde una solución efectiva. Para intentar buscar soluciones, entonces, hemos de conocer la manera en que se entreteje la devastación ecológica con las dinámicas económicas del capitalismo global que hoy vivimos.

Es en este contexto en el que aparecen los ecofeminismos como elaboraciones prácticas y teóricas para dar respuesta a la crisis del presente desde la experiencia vital y la diversidad del movimiento feminista. El término ‘ecofeminismo’ fue acuñado por la francesa Françoise d’Eaubonne a finales de la década de los 70. Su tesis fue ridiculizada en ese momento por tratar de unir dos conceptos que parecían no tener ninguna relación entre sí. Inspirada en la tradición anarquista, D’Eaubonne rechazó las respuestas al reto ecologista tanto del capitalismo como también del socialismo, y las subsumió bajo una opresión más fuerte y primordial: “La falocracia está en la base misma de un orden que no puede sino asesinar a la Naturaleza en nombre del beneficio, si es capitalista, y en nombre del progreso, si es socialista.” [1]

A partir de entonces, el ecofeminismo se erige como una corriente de posturas diversas que encuentran un paralelismo entre la opresión de las mujeres y la explotación de la Naturaleza, y que responden de distintas maneras a la forma en que se expresa esta relación y la manera de solucionar su opresión conjunta. Dentro del ecofeminismo, existen primordialmente dos posturas respecto a la relación entre las mujeres y la naturaleza: el ecofeminismo clásico, que aquí designamos como un ecofeminismo débil o esencialista, y el ecofeminismo crítico, que designamos como uno fuerte o anti-esencialista. Esta esquematización de las posturas ecofeministas no siempre es tan clara en la práctica, y muchas veces sus aportaciones se confunden o superponen.

Comencemos dando una breve exposición del ecofeminsimo débil o esencialista.  Se caracteriza por sostener que las mujeres configuran una identidad definida y homogénea que las alía con la Naturaleza por el hecho de poder ser madres y por tener una corporalidad cíclica que se materializa con la menstruación. Este ecofeminismo llamado “clásico” conserva la identificación del varón con la “cultura” y de la mujer con la “naturaleza”, pero invierte la jerarquía tradicional y utiliza las viejas definiciones de lo femenino (buena, amorosa, madre nutricia y dadora de vida, incapaz de ser agresiva) para enarbolar un esencialismo estratégico que ha sido muy activo políticamente. El ecofeminismo clásico (desde la poesía de Susan Griffin o la antropología y teología de Rosemary Radford, por mencionar algunas) sugiere un misticismo feminista que busca recuperar la feminidad salvaje y el culto a una divinidad femenina dadora de vida. Cuando hoy se menciona la palabra ecofeminismo, tiende a asociarse con esta postura esencialista y ha sido fuertemente criticada como una tendencia de la cultura new age que cree que las mujeres pueden liberar la Tierra por tener una afinidad especial con la Naturaleza.

Pero el tema de la relación de las mujeres con la Naturaleza no es nuevo para el feminismo, y la discusión ecofeminista se inscribe en la problematización que asentó el feminismo de la segunda ola al cuestionar fuertemente la adscripción de lo femenino a lo natural. Desde Simone de Beauvoir hasta las teorías queer y el feminismo de la igualdad, se rechaza todo pensamiento que sostenga una identidad femenina natural que se escape a la construcción social e histórica del género. La categoría de género, como portadora de esta crítica a la naturalización de lo femenino y lo masculino, representó una crítica contundente y sustancial a la hegemonía patriarcal. Permitió una deconstrucción teórica, cultural y práctica de las relaciones de dominación sobre las mujeres sustentadas en la naturalización de una identidad oprimida, sobajada, explotada y discriminada.

Pero el potencial emancipador de la categoría de género fue socavado y subsumido por la lógica neoliberal de la “tolerancia” a la diferencia. Desde el feminismo comunitario de Julieta Paredes se distingue lo que llaman “denuncia de género”, como aquella que es capaz de develar la subordinación impuesta por el sistema patriarcal a las mujeres, de la “equidad de género”, que en realidad no busca denunciar la opresión sino hacer posible que “los valores de los roles asignados por el patriarcado a mujeres y hombres, podrían alguna vez ser iguales”[2], lo cual, como sabemos, es imposible y contradictorio. La construcción social del género se despolitizó y se convirtió así en una configuración más de una subjetividad posmoderna despojada de potencial emancipador. De este modo, el amplio rechazo al esencialismo que ha tenido la tercera ola del feminismo, que comenzó en los noventa y que habitamos aún en nuestros días, ha tenido un problema fundamental. En palabras de la filósofa Alison Stone: “Ontológicamente, la crítica al esencialismo parecía implicar que las mujeres no existen en absoluto como un grupo social distinto; y, políticamente, esta crítica parecía socavar la posibilidad del activismo feminista al negarle a las mujeres una identidad compartida con características que las pudiera motivar a participar en acciones colectivas.”[3]

¿De qué manera podemos sostener un feminismo que no reafirme el esencialismo que naturaliza las identidades de género y que, al mismo tiempo, configure una apuesta crítica capaz de movilizar políticamente a las mujeres en contra de las opresiones que sí comparten? Alison Stone apuesta por una postura genealógica que configure la categoría mujer. Desde esta genealogía, “toda construcción cultural de la feminidad reinterpreta construcciones preexistentes y por ende compone una historia de interpretaciones encadenadas y superpuestas, dentro de las cuales se encuentran todas las mujeres. Por lo tanto, aunque las mujeres no compartan un entendimiento o experiencia común de la feminidad, están sin embargo reunidas en un grupo social determinado por su ubicación dentro de esta compleja trama histórica”.[4]

Desde esta apuesta por una genealogía feminista, podemos entender la segunda forma de ecofeminismo y que es la que aquí defendemos: la postura crítica y no esencialista. Desde este posicionamiento político se rescata la noción de género como una categoría de denuncia que ataca la naturalización de los roles asignados por el patriarcado, mientras que, al mismo tiempo, ubica la lucha de las mujeres en el plano de las relaciones concretas, materiales, históricas y ecológicas de nuestra subordinación. Es un ecofeminismo crítico, por lo tanto, en dos sentidos: crítico hacia los esencialismos que naturalizan sistemas de opresión, como crítico también del escepticismo posmoderno que desarma las identidades políticas frente a las opresiones materiales del sistema económico.

Este ecofeminismo crítico encuentra en la genealogía de la categoría de lo femenino una relación necesaria, esto es, no casual ni contingente, entre la subordinación de las mujeres dentro del patriarcado y la subordinación de la naturaleza ante el capitalismo, configurando así un mismo sistema de opresión. Por lo tanto no es casual la violencia hacia una naturaleza entendida en términos femeninos, como una Madre violentada, como una víctima cercenada y pasiva ante la actividad del hombre económico, y la violencia hacia las mujeres consideradas como animales, irracionales e instintivas. Ambas formas de violencia se materializan para el beneficio económico y social de un patriarcado que adquiere la forma del capitalismo actual, que aterroriza a las mujeres con violencia feminicida y aterroriza a la naturaleza con su despojo ilimitado.

Desde un enfoque ecosocialista, pensadoras como Mary Mellor han enfatizado que la conexión entre las mujeres y la naturaleza en nuestra sociedad industrializada no es casual ni pertenece al ámbito de una identidad esencialista. Esta conexión se fundamenta en el trabajo genéricamente femenino, que Mellor llama ‘altruismo impuesto’, y que consiste en todo aquel trabajo generalmente impago que mantiene y cuida de los cuerpos, que es trabajo cotidiano, repetitivo y cíclico, y que es necesario para la manutención de un modelo económico basado en el dinero y la expansión indefinida. Para Mellor y para Vandana Shiva, a esta economía le son indiferentes las verdaderas necesidades de los cuerpos y del medio ambiente en el que viven, su única motivación es el beneficio máximo expresado en un número –el Producto Interno Bruto- que enfatiza en la producción de riqueza monetaria pero no en el bienestar real de los pueblos. Para esta economía, el cuerpo de las mujeres son un componente fundamental como máquinas productoras de trabajo (asalariado e impago) y reproductoras y cuidadoras de los cuerpos-mercancía.

Desde la genealogía ecofeminista de la categoría mujer, la experiencia de las mujeres contiene un conocimiento como grupo oprimido que las ubica en un lugar privilegiado en la lucha contra la explotación capitalista-patriarcal. Dado que las mujeres somos la mitad de TODO, como dice el feminismo comunitario, la problemática de las mujeres ante el capital y la devastación ecológica no es una problemática más al lado de otras, sino que es fundamental para comprender la interconexión entre el sistema económico y el deterioro medioambiental. La característica de los ecofeminismos críticos (feminismo comunitario, ecosocialista, ilustrado…) es hacer un énfasis en el trabajo “femenino” (lo cual no quiere decir naturalmente femenino, sino genéricamente femenino, o sea que también lo pueden ejercer los hombres) como el trabajo que defiende y cuida de los bienes comunes, un trabajo y conocimiento esencial para la construcción de economías alternativas.

El énfasis de los ecofeminismos críticos se encuentra en la defensa de los commons, los bienes comunes, los bienes comunitarios. Para contextualizar esta lucha basta mirar los periódicos. De las noticias más recientes por parte de Wikileaks se revela que ya se va preparando, ajeno al debate público y democrático, la acotación de la capacidad regulatoria de los países en materia de servicios públicos. Cito la nota de la Jornada del 2 de junio:

“En su etapa más reciente, el borrador del Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA, por sus siglas en inglés) que negocian en secreto 50 gobiernos, entre ellos el de México, y que pretende regular de manera supranacional servicios de salud, agua, financieros, telecomunicaciones, transparencia y transporte, entre otros, plantea que los países firmantes den a los proveedores de servicios financieros extranjeros el mismo trato que a los nacionales. El instrumento, por añadidura, pasaría por encima de regulaciones establecidas por diversas naciones por razones culturales, sociales, ambientales (como para enfrentar el cambio climático) o de desarrollo y establecería, en caso de que llegue a firmarse, la facultad de “tribunales ‘comerciales’ privados” de decidir la forma en que los países regulan actividades que son fundamentales para el bienestar social”, asegura un análisis publicado por Wikileaks sobre el TISA.”

Se le está dejando el terreno abierto, pues, a la privatización de los recursos naturales que sostienen la vida de los pueblos y los ecosistemas, por detrás de cualquier mecanismo democrático. Ante esto, no queda más que la resistencia, una resistencia que, para ser efectiva, ha de partir de la lucha y experiencia de las mujeres en la defensa de los bienes comunitarios. El ecofeminismo del que hablamos se empata, entonces, con el feminismo comunitario, pues ya no se trata de luchar por la igualdad de las individuas frente a los individuos varones, se trata de empujar el conocimiento y la práctica comunitaria que han ejercido las mujeres y que es capaz de crear un nuevo sistema económico fundamentado en el cuidado y la conservación de la vida.

[1] F. D’Eaubonne, “La época del ecofeminismo”, en María Xosé Agra (comp.), Ecología y Feminismo, trad. Ana Celia Rodríguez Buján, Ecorama, 1997, pág. 51.

[2] Paredes, Julieta, Hilando Fino, p. 63-64.

[3] Stone, Allison, “On the genealogy of women: a defense of anti-essentialism”, en Third Wave Feminism. A Critical Exploration, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2004, p. 85.

[4] Ibíd., p. 86.

Apología del pesimismo

-Para mi papá, el mejor de los pesimistas, en su cumpleaños.

El pesimismo, al contrario de lo que se supone comúnmente, puede ser no sólo un consuelo, sino también una vía para vivir con virtud y dignidad, para vivir bien. Pero se le rehuye como a la peste, se le considera el mal de los desahuciados, los melancólicos, los que no pueden evitar ver la imperfección del mundo, lleno de maldad y vileza. Se cree, entonces, que el pesimismo es el equivalente a la desesperanza y la amargura. Pero sostengo que el ver el lado más desfavorable de cada circunstancia no es un acto de desesperanza, ni un abandono de lo bueno. ¿Cómo, se preguntarán ustedes, puede ser que el pesimismo conlleve esperanza, virtud, incluso alegría?

Vivimos en tiempos catatónicos, críticos. Como en la Roma de Séneca, nuestro gobierno lo habitan seguidores de Nerón: tiranos sanguinarios y déspotas enceguecidos por el poder y la riqueza. La injusticia es el pan de cada día, el gobierno asesina y justifica matanzas en nombre de una “lucha contra el narcotráfico”, mientras que los verdaderos grupos criminales se desatan con toda impunidad y solidifican sus redes de trata, de extorsión, de tráfico de armas, en todos los niveles de la estructura de poder. Los feminicidios brotan como ampollas por toda la quemada piel de este país, casi todos los días se leen de nuevos casos de chicas violadas, asesinadas y tiradas cual mercancías desechables. Las elecciones venideras sólo realzan la cínica pantomima con la que pretende gobernar esta partidocracia podrida, misógina, racista y clasista, que se postra al servicio del capital. Y encima de todo, las pocas voces realmente críticas son acalladas, voces mayoritariamente femeninas, voces tajantes y severas con el poder. La falta de libertad de expresión no afecta sólo a las luminarias, como a Aristegui, sino a nosotras, las de a pie, las feministas y activistas que nos pronunciamos desde las trincheras auto generadas de las redes sociales. En este escenario desolador, resulta tan fácil, casi espontáneo, que brote la misoginia en contra de compañeras como Luisa Menstruadora y se le acalle con amenazas de violación y muerte. Como ella, todas estamos en peligro. Como ella, todas las que defendemos una voz y una postura estamos en riesgo.

Pero hablar de todo esto no es ser pesimista aún, es el mero recuento de lo real, de lo que pasa. El pesimismo encarna, además de este realismo presente, una expectativa de lo que vendrá, una expectativa que no se hace ilusiones vanas, que no espera finales felices ni iluminaciones espontáneas o soluciones prontas para los graves dilemas en los que se encuentra la humanidad. Usando un chiste de Zizek, lo que se ve al final del túnel no es la luz de la salida, sino otro tren que viene en sentido contrario, un tren bastante real y bastante rápido: el tren de una verdadera catástrofe ecológica y humanitaria empujado por las dinámicas capitalistas y patriarcales actuales.

Esperar que pasen cosas malas, desagradables y nefastas no implica necesariamente tener miedo a que sucedan. Es solamente la consecuencia de pensar racionalmente sobre la realidad del mundo y aceptar la existencia de la maldad, de lo nefasto, de la enfermedad y de la muerte. El mundo en que vivimos es así y no hay ningún indicio de que el futuro será diferente, al contrario, todo apunta a que el tiempo por venir será aún más lúgubre, penoso y difícil de sobrellevar.

Llevo algún tiempo queriendo hacer esta apología del pesimismo, pero no fue sino hasta recientemente que se conjuntaron una serie de elementos que me dieron sentido para escribir esto. El primer elemento fue la película The Road, cuyos protagonistas viven en un escenario post apocalíptico y luchan para sobrevivir cada día como carroñeros, buscando la poca comida que queda de lo que dejó la civilización, cuando que toda la vida en la tierra se desploma y muere. Entre los sobrevivientes, quedan carroñeros como los protagonistas -un hombre y su hijo-, y caníbales, quienes se comen a los carroñeros. Más allá del escenario apocalíptico que plantea la película, lo que más interesante me pareció fue su tratamiento del significado de la muerte y la repercusión que tiene para la moral.

En esa escena, el hombre le muestra al hijo cómo suicidarse, un acto que hace eco de las palabras de Séneca: “Del mismo modo que elegiré la nave en que navegar y la casa en que habitar, así también la muerte con que salir de la vida.” Pero no sólo es elegir entre la bala, el hambre o los caníbales: es elegir entre la virtud y el maldad. Lo virtuoso es aceptar la muerte propia, aceptar la inevitabilidad del fin, no esperar una redención ulterior y es, así, como consecuencia necesaria, un abrazar la vida en toda su fragilidad y contingencia. En la película, quienes no aceptaban la muerte, quienes se negaban a morir, eran justamente los caníbales, los portadores del mal, los perpetradores del apocalipsis. Al contrario, al enseñarle al niño a suicidarse, el hombre le enseñaba el último recurso de una vida digna, una vida virtuosa.

En nuestra vida cotidiana, no tenemos que pensar en el fin del mundo para pensar en nuestra muerte. Como dice Montaigne:

Pues es incierto el lugar en que la muerte nos aguarda, esperémosla por doquier.

Este pesimismo, este esperar lo peor, no porque así lo deseemos sino porque así sabemos que es la vida (vaya, la muerte, la maldad o el infortunio no son de ninguna manera excepciones de esta vida sino parte fundamental de ella), nos permite, como al hombre y al niño de la película, afrontar con dignidad la vida. Montaigne lo dice:

Meditar en la muerte por adelantado es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir. No hay mal alguno en la vida para quien entiende que la privación de la vida no es un mal. El saber morir nos libra de toda sujeción y restricción.

El meditar sobre la muerte nos permite reordenar nuestras prioridades, comprender en qué consiste nuestra vida y en qué enfocamos nuestro soplo vital. No se trata de abandonarnos a la desgracia, ni huir de la sórdida realidad, consiste en el ejercicio espiritual por medio del cual podemos ser más congruentes, más libres, más auto determinades.

Paradójicamente, es cuando sostenemos expectativas optimistas cuando más sufrimos, y sufrimos porque el optimismo simplemente no encaja con la realidad, y nos topamos entonces con la decepción y la frustración de ver nuestros sueños hechos añicos por la radical contingencia del mundo. No hay nada más deprimente que un libro de auto-ayuda que diga que si eres optimista, crees en tu potencial, fortaleces tu voluntad y le “echas ganas”, entonces podrás brillar en sociedad y tener todo lo que alguna vez soñaste. Pero resulta que nuestro destino no está completamente en nuestras manos, y resulta que no somos las únicas personas responsables de nuestros logros o fallas, de nuestro bienestar o nuestro mal. Como dije en otra parte, la felicidad es el producto de toda una organización comunitaria empujada hacia ese fin, no producto de la voluntad individual.

Una idea muy cercana a este optimismo vulgar es la creencia en una meritocracia, donde cada quien tiene y recibe lo que se merece según sus cualidades y esfuerzos. Es una creencia difundida por los medios y el gobierno. ¡Qué conveniente es que creamos que estamos mal porque lo merecemos!  La meritocracia conlleva necesariamente a la creencia de que la víctima es la principal culpable de su desgracia y que en el fondo se merecía el mal que le llegó. Y el creer en la meritocracia es una forma de creer en la justicia: si creemos que el mundo es naturalmente justo, entonces apoyamos implícitamente la injusticia. La contingencia del mundo -y más de uno tan injusto como el nuestro- nos enseña que la justicia no tiene nada de natural o relativo a los méritos de las personas, sino que al contrario, se gana solo después de una ardorosa lucha, y que hay veces en que no se gana en absoluto.

El segundo elemento que me dio pie para escribir esta apología fue algo que le escuché decir a Zizek y que encajó a la perfección con lo que venía reflexionando:

Si apuntas directamente hacia una perspectiva optimista del mundo, será contraproducente. Es ridículo tratar de actuar con dignidad. Al contrario, la dignidad debe emerger espontáneamente. Sostengo, entonces, que si acaso hay esperanza hoy, debe emerger como un producto necesario de nuestro análisis pesimista.

La palabra clave es necesidad: la esperanza, la congruencia, la virtud, no puede depender de un mero voluntarismo, de un “échale ganas” en el plano individual, o de un “sí se puede” en el plano colectivo. La solución a los problemas del presente no puede darse desde un planteamiento optimista que se dedique a dibujar mundos posibles. No, las soluciones reales deben surgir desde lo real y, por ello, es sólo desde el pesimismo teórico -esa reflexión sobre la realidad en toda su sórdida consistencia y las tristes expectativas del futuro- que es posible articular un optimismo práctico.

Cuando sueñas que suceden cosas malas significa que aún estás luchando, que aún estás vivo. Es cuando empiezas a soñar cosas buenas que deberías empezar a preocuparte.   – El hombre en The Road.

Soñemos pues, pero no le tengamos miedo a soñar pesadillas, pues cuando despertemos, sabremos cómo actuar.

El complejo de héroe en los auto nombrados “hombres feministas”

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El complejo del héroe no es sólo el impulso desmedido a ayudar a las demás personas. Se trata de una compulsión a asumir una responsabilidad para salvar a quienes se vislumbran como víctimas. Pero hay que tener mucho cuidado: esta compulsión de ninguna manera se ha de confundir con una postura misericordiosa o humanitaria. Todo lo contrario.

El héroe que vive en el interior de los auto nombrados “hombres feministas” es un personaje patológico, pero muy real. Tiene un discurso súper elaborado sobre el feminismo y, sin duda, ha leído con apasionado interés a Celia Amorós, Marcela Lagarde, Monique Wittig, Kate Millet, Judith Butler, Julieta Paredes, etc. Se sabe de memoria el libro de Feminismo para Principiantes de Nuria Varela, y ha desarrollado toda una teoría sobre una utópica comunidad ético-feminista. Ha asistido a sin fin de seminarios sobre el tema, ha colaborado con filósofas de renombre, en su perfil de Academia.edu se lee “Filosofía Feminista” entre los primeros lugares de sus intereses. Es, pues, todo un feminólogo.

Pero esto no lo hace feminista. En los hechos, este ser enmascarado, con capa y traje de superhéroe, es una contradicción andante. Él no encuentra en las mujeres sus iguales, ni siquiera sus interlocutoras. Se sirve de ellas en la medida en la que reflejan su imagen de salvador, de seductor, de elemento esencial en sus vidas.

Es comprensible, pues, que lo que más teme este personaje es que las mujeres, las que son para él las víctimas de este sistema patriarcal, no necesiten de su ayuda. La fantasía del héroe no es lograr lo que desea explícitamente- el deseo de liberar a las mujeres del patriarcado- sino convertirse él mismo en el objeto de deseo de estas mujeres.

Lo que realmente empuja a este auto nombrado “hombre feminista” a actuar supuestamente en contra del patriarcado, no es la salvación de las mujeres, sino la (inconsciente?) percepción de que las mujeres en realidad disfrutan su postura de víctimas, que ellas en realidad contribuyen a serlo, que lo buscan y anhelan, de modo que se resisten a ser redimidas, a ser salvadas por él. Esto lo conduce a ser violento, no contra el patriarcado, sino en contra de las mujeres.

La equivalencia de este personaje, en el mundo de la política global, es la posición de Estados Unidos en las guerras en Vietnam, Irak o Afganistán. Esas intervenciones militares se auto designaban como intervenciones “humanitarias”, pero cuya verdadera intención nunca fue “ayudar” a estas naciones, sino fundamentalmente establecer su poderío fáctico sobre ellas. Ante la realidad de que estos pueblos negaban dicha “ayuda”, la respuesta nunca fue de respeto o aceptación ante la diferencia, sino de violencia e imposición.

Esta violencia también la ejerce el auto nombrado “hombre feminista”. Puede ser una violencia discursiva (por ejemplo, insistirá en que su pareja sólo se relacione con otros “hombres feministas”, dudando así de su criterio y autonomía), y también puede ser una violencia sexual, física, en la que utilizará los cuerpos de estas mujeres para satisfacer sus deseos sexuales -en el entendido de que ellas participan en su carácter de víctimas, de que en el fondo ellas lo desean, desean ser acosadas, desean que este personaje se meta a su cama cuando estén dormidas para ser toqueteadas, para ser consumidas y luego desechadas.

Si se le confronta a este “héroe” y se le acusa de ser violento, acosador, manipulador, machista, su respuesta -siempre elaborada en el discurso más elocuente, académico y formal- será que “ellas lo quisieron, ellas eligieron libremente acostarse con él, ellas permitieron que pasara lo que pasó”. Apelará entonces, ahora sí, a la autonomía de las mujeres, a su capacidad de decidir sobre sus cuerpos, a la liberación de su sexualidad.

Quizá ellas no lo nieguen, quizá ellas digan que es cierto, que también lo quisieron. Habrá otras que -como yo- a la mañana siguiente se den cuenta de su error y se sientan manipuladas, sobajadas, utilizadas. Pero ese no es el punto. El meollo radica en que este “héroe” se cree con el derecho para llegar a “salvarnos”, para ser nuestra redención y para proyectar en nosotras todas sus miserias, y, a través de nuestra supuesta “liberación”, establecer su poderío. La violencia que ejerce contra las mujeres no es, pues, gratuita o azarosa: se origina en la concepción misma que tiene de las mujeres dentro de su discurso feminista, en la concepción misma que tiene de sí mismo como “hombre feminista”, esto es, como héroe.

Las únicas personas genéricamente designadas como “hombres” que he conocido y que han sido verdaderamente feministas, jamás se auto nombraron como tales. Pero, eso sí, actuaron y abandonaron en la práctica cotidiana -no en el discurso- sus privilegios de hombres en una sociedad patriarcal. Se atrevieron al diálogo, aceptaron los cuestionamientos y, sobre todo, asumieron que las mujeres, en toda nuestra diversidad, somos las únicas en nombrar y avanzar nuestra autonomía.

Es un hecho, jamás vuelvo a confiar en un hombre que se auto nombre feminista. Al llamarse a sí mismos “feministas” están ocultando en realidad lo que verdaderamente son. Este es el carácter performativo -e ideológico- de la nominación: el nombre “hombre feminista” es una precondición para la hegemonía del patriarcado dentro del feminismo. No se trata de aplicar un nombre vacío a un sujeto dado, como si fuera una mera descripción de algo que ya existe de antemano. Al momento de nombrarse como tal, este sujeto no sólo describe lo que pretende ser, sino que abre un discurso hegemónico: el discurso del héroe. Es la máscara perfecta del patriarcado mutante.

Reminiscencias religiosas del amor

La palabra adiós es hermosa. A-diós. Es en el momento de la separación cuando nos remitimos a la totalidad, lo divino, a lo que rebasa nuestra finitud y nos une. Y, sin embargo, el adiós es real, definitivo, la separación existe.

Muchos adioses son para siempre y marcan un punto de no retorno: aquello que alguna vez se mantuvo unido, lado a lado, en el mismo camino, se separa y abre una distancia infranqueable. El adiós sólo hace evidente lo que siempre fue la verdad de la unión: lo que se une no es una misma sustancia, lo que se une siempre fue disímil, ajena una parte de la otra. Como dice Eduardo Nicol:

La identificación es imposible, porque el ser insuficiente desea reunirse consigo mismo, para completarse, y sólo puede completarse con el otro, que le es propio y ajeno a la vez.

La individualidad persiste, de ahí nuestra nostalgia taciturna y nuestra estimulante esperanza. La paradoja es la verdad de la unión: el otro es otro, yo soy su otra. Somos ajenos y, no obstante, ni la distancia más absoluta, la diferencia más real, puede ocultar la verdad de Dios: nuestras historias se entretejieron en un telar más grande que nos sostiene, nos abarca y nos rebasa.

Al estar juntos nos olvidamos de Dios, el mundo giraba al rededor nuestro cual si fuéramos su ombligo, nuestro egoísmo nos enceguecía. Al separarnos, el egoísmo se disipó y nuestros espíritus se expandieron en su soledad. De Dios venimos al encontrarnos y a Dios regresamos al despedirnos.

El no decir adiós cuando es necesario es la terca costumbre de creer que se pueden ocultar las distancias, perpetuar ese mundo sin quebrantos. Sin embargo, el silencio es la distancia encarnada en el tiempo, es el repetir la separación con cada día que pasa sin expresarte mi decir. Pido disculpas. Debo aceptar la paradoja: la única forma de reducir la distancia es emitir de mis labios esa palabra que, al separarnos, nos une: ¡Adiós!

-Para quien me dejaba dormir en su regazo, deteniendo el tiempo a caricias.

Sobre la política de la felicidad: vivir como se piensa.

Hace poco me mudé de casa y al poco rato mis nuevos vecinos me invitaron a su “negocio”: un asunto de ventas de suplementos naturales que es, a la vez, un reto para mejorar tu propia salud física, emocional y financiera. ¡La panacea! Para iniciar en el “negocio” te dicen que tienes que fijarte primero 5 metas bien concretas, y te ponen ejemplos: conseguir el coche de lujo del año, terminar de pagar la hipoteca de tu casa, ganar 100 mil pesos mensuales…. Ok, sí, esos son sus ejemplos… ejem!…

Según sus explicaciones, en cuanto te dices “ya me vi” debes ir por el mundo convenciendo a cuanta gente te encuentres de que es posible lograr todo lo que queramos, de que la riqueza, belleza y salud está a la vuelta de un “sí quiero” y así los vas sumando al “negocio” a cambio de lo que llaman “una inversión”. Entre más gente logres incorporar al “reto”, entonces más ganas y así vas subiendo los escalones de esta hermosa panacea piramidal. Ganas dinero, te compras todo lo que has soñado, haces ejercicio y te pones como quieras, vas a conferencias sobre desarrollo humano, presumes el éxito que has alcanzado, “ayudas” a otras personas a lograr lo mismo, en fin, eres “feliz”.

¿Neta? Bueno, pues mi gusanito de la sospecha ya andaba dando saltos de alegría. Nada puede ser más sospechosa que la panacea, y más una panacea que te dice que puedes ganar 100 mil pesos al mes, sólo si quieres y le echas ganas. Pero no les voy a hablar aquí de mis sospechas sobre el “negocio”, que son bastante obvias por cierto (¡esquema piramidal, corre!). De lo que quiero hablarles es de las metas que se tienen en mente y de lo que suponen. Aristóteles ya nos hizo ver hace mucho tiempo que todo mundo está de acuerdo en que la meta, el fin último de nuestra vida es la felicidad, pero que está en chino ponernos de acuerdo sobre qué cosa es exactamente eso que llamamos felicidad. Ok, cuando mi vecino me hablaba de las 5 metas a tener en mente para entrarle al “negocio”, no me dijo que esas metas representaban mi felicidad, pero sí me dejó claro que son medios para alcanzarla. Si tengo dinero, hartas posesiones materiales y salud, ¿qué más quiero? ¿Acaso se necesita algo más para ser feliz? Pues según Hollywood, Televisa y todo el sistema patriarcal capitalista en el que vivimos, no, con eso basta, teniendo eso ya tengo todo lo demás garantizado: afectos, estabilidad emocional, autoestima, seguridad… en fin, felicidad.

Bueno, pues aquí aplica la frase: “Si Aristóteles viviera, sus cachetadotas les diera”. Sigue leyendo

La necesidad de la filosofía

Les presento la introducción a mi tesis de licenciatura, titulada La Necesidad y Transformación de la Crítica Filosófica en la Obra de Hegel.


Al comenzar a escribir esta tesis admito que me encontraba perpleja por las dimensiones y  alcances que se proponía la filosofía hegeliana. Me cautivó la esperanza de creer que en su pensamiento encontraría respuestas a problemas que sentía tan abstractos como a su vez cercanos, existenciales, profundos. En concreto, me preocupaba el problema de la justificación del conocimiento y su vinculación con el pensamiento práctico y político –esto es, con problemas francamente metafísicos-, dado el nihilismo y el relativismo que permeaba no sólo gran parte de lo que estudiaba, sino de lo que vivía y sentía. Me embarqué entonces en una investigación sobre la dialéctica hegeliana en busca de respuestas y me adentré en un bosque tupido y complejo de preguntas, conceptos y argumentos. Conforme mi entendimiento se abría paso por entre la argumentación hegeliana, y en gran medida ayudada por comentaristas como Sergio Pérez, William Bristow, Frederich Beiser, Beatriz Longuenesse, Jean Hyppolite, Stephen Houlgate, Charles Taylor, Yirmiyahu Yovel, Robert Stern, Kenneth Westphal y Jean Luc Nancy, por mencionar a los más representativos, fui comprendiendo en un principio lo que se me aparecía inmediatamente: cada argumento, el contexto y el por qué detrás de cada idea, y la relación de Hegel con cada filósofo que influyó en su pensamiento. Puedo decir que comencé, entonces, apreciando los árboles, pero aún era incapaz de ver el bosque.

Ahora que he concluido este trabajo, puedo entender que aquellas anheladas respuestas que buscaba son imposibles. No hay respuesta fácil, ni unívoca y dada a la crisis a la que se enfrenta el espíritu del presente. El bosque que puedo ver desde la cima del trabajo logrado es un bosque más de preguntas que de respuestas y, sin embargo, es un paisaje definitivamente alentador, optimista. El aprendizaje que me dejan estos años de estudio es justamente que las respuestas facilonas, dadas y complacientes son tantas veces las respuestas que engañan y esconden tras su inmediatez las ficciones de una falsa conciencia. No me equivoco cuando afirmo ahora que la filosofía de Hegel es una herramienta imprescindible para aprender a plantearse las preguntas correctas, y que en eso recae la necesidad de la filosofía.

Hoy más que nunca necesitamos de la filosofía, en este tiempo posmoderno, pues es la filosofía la que nos muestra las suposiciones detrás de cualquier cúmulo de saberes, las suposiciones que no son explícitas, las suposiciones silenciosas que afectan lo que consideramos como verdadero, bueno, necesario y natural. Y en este develar las suposiciones en las que se fundamenta el sentido común encontramos la radicalidad de la filosofía: demuestra que es más importante saber hacer las preguntas correctas, esto es, saber preguntar justamente por esos supuestos, que ofrecer respuestas y prescripciones que perpetúan la confusión y el relativismo del presente al no cuestionar sus presuposiciones. Con Hegel aprendemos que este cuestionamiento negativo, este escepticismo que encarna el alma de la filosofía verdadera, no se queda en la pura negación del contenido del saber, sino que empuja al pensamiento hacia una nueva figura de la conciencia que albergará otra forma de verdad. Por lo tanto, el aprender a formular las preguntas correctas es un paso imprescindible para desmitificar y clarificar los problemas que atañen a nuestra existencia.

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¿Por qué huir del aburrimiento?

Sé de lo que huyo, pero no lo que busco.

-Montaigne

En la sala de espera de un hospital una señora juega tetris en su celular. Al perder, baja el aparato, suspira, mira de un lado al otro y, colmada de ansiedad, vuelve a alzar la pantallita para seguir matando el tiempo. Me hubiera gustado compartirle mi lectura: La escuela del aburrimiento de Luigi Amara, que está dirigido a ella y a quienes eludimos automáticamente el aburrimiento, como si fuera una desgracia, una enfermedad, la señal de nuestras limitaciones.

Amara escarba en lo que subyace a la existencia del aburrimiento, aquello que le da su carácter oscuro, temeroso y despreciable, y lo presenta no como una experiencia más, sino como lo que determina la forma en la que entendemos lo que es la experiencia misma.

En tono confesional, Amara funde ensayo y narrativa al contar cómo, a la mitad de su vida, es incapaz de sostenerle la mirada al espejo donde se asoma el rostro del hastío, la desgana, los ojos apagados del tedio. No sólo es un estado anímico o una condición psicológica, el aburrimiento se ha vuelto el monstruo bostezante de nuestro tiempo al que le declara la guerra el frenesí cotidiano impulsado por el imperativo del entretenimiento y la productividad. Es por ello que Amara ha sabido ver en la saturación en la que nos insertamos no un encuentro sino una huída: “el esparcimiento es equiparable a una huida permanente y el tedio, espejo oscuro que nos persigue, es la forma en que se nos revela nuestra insignificancia, nuestra íntima nada frente al infinito.”

Narra un experimento existencial: dejar de huir y enfrentar el aburrimiento, buscando un sentido en lo que se nos presenta nimio, insulso, monótono. Inspirado en Pascal, Montaigne y Thoreau, el experimento consiste en desconectar los gadgets del cyborg contemporáneo y encerrarse sin más compañía que diez libros durante varias semanas, con el propósito de aprender a “permanecer en reposo en su cuarto”. Amara se propone, más que un reto, un verdadero ejercicio espiritual al modo de las antiguas filosofías helenísticas: construir su propia fortaleza, esa ciudadela interior de la que hablaba Séneca donde se practica la imperturbabilidad del alma.

A lo largo del libro, con una prosa lúcida, Amara traza las huellas de quien hoy en día busca el autoconocimiento. Como buen ensayista, no se propone dialogar con Heidegger, Leopardi, Baudelaire, Nietzsche, Perec o Pessoa con la intención de esclarecer una discusión bizantina, sino que se pone en juego a sí mismo en la escritura como experiencia vital. Es por ello que es reticente a la elaboración de una genealogía del aburrimiento, aunque deja atisbos de ello entre sus cuestionamientos y apreciaciones de pensadores y filosofías.

Después del silencio y la soledad del encierro se lanza a Las Vegas para corroborar que, si el aburrimiento señala la falta de sentido que nos rodea, su presencia es más fuerte ahí donde, paradójicamente, se erige el imperio de la diversión y las relaciones pasajeras. Aunque aparece una crítica a la sociedad de consumo y al nihilismo que erige el capital, Amara no apuesta por soluciones prontas, por recetas contra el aburrimiento ni por moralinas que nos devuelvan el sentido. Contrario a la búsqueda testaruda por erradicar esta enfermedad metafísica, señala que el tedio, en la conciencia dolorosa de nuestra insignificancia, es capaz de abrir camino a la autocrítica y a nuevas formas de sensibilidad, ahí donde florece la poética de lo aparentemente intrascendente.

(Reseña publicada en la revista Variopinto en Noviembre, 2012)

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Naufragio y esperanza

¿De qué naturaleza proviene la necesidad de encuentro? ¿O es acaso no una fuerza natural pero una genealogía la que sea capaz de explicar la insuficiencia de lo singular, lo determinado y finito, lo individual -ese ardor solitario del aislamiento? He dicho que hoy más nunca me sé una autoconciencia desgarrada.  Aunque por dulces instantes logro sentir la unidad y lo infinito aquí entre lo existente (momentos sublimes sin duda: el fervor de la manifestación política, el éxtasis del placer sensual, el abrazo de cuerpo y alma de los imprescindibles, la entrega sin reparos a la necesidad creativa), aunque en esos momentos siento y pienso que soy a la vez creación y creadora de una totalidad unificante, aún son momentos fugaces, que se me escapan de entre las manos y el pensamiento y regreso entonces al encierro de una circunferencia, que aunque tenga grietas por donde se filtra lo externo, aún no sabe cómo trascender su misma área delimitada.

Todo se lo debo a la comunidad humana, a este universo de constelaciones que producen todo cuanto tengo, desde el calzado hasta la palabra, desde el alimento hasta la vida misma. Nada de lo que soy y poseo se escapa de ser mediado por eso que no soy y que no poseo. No es una gran ciencia ni descubrimiento, cualquiera se dará cuenta de que lo que afirmo aquí ya lo sabe. Pero si este saber es, pues, tan común, ¿por qué insisto en la separación? ¿Por qué no logro la reconciliación y la paz? ¿Por qué no escapo de la angustia y la soledad? Quizá no sea un conocimiento tan común después de todo.

Sé que el enemigo más real está dentro de mí: es el mismo entendimiento mío, con el que creo conocer y donde se manifiesta mi no tan humilde opinión, el que me divorcia de las demás personas. Mi entendimiento es pobre y soberbio: sin comprender las razones por las que tantas personas actúan en detrimento del bienestar, de la sabiduría, de la paz, cree, sin embargo, tener una verdad contrapuesta a la verdad de estas personas, cree que él sí sabe lo que es mejor para el país y tiene en qué fundarlo -una carrera universitaria, acceso a fuentes alternativos de información, lectura de los diarios, de filosofía, de literatura. Y, sin embargo, mi pobre entendimiento no comprende lo que le parece absurdo: ¿Cómo es posible que existan priistas, panistas y políticos mafiosos en general? ¿Qué es lo que hay en la tele idiota que hipnotiza a tanta gente? ¿Cómo es posible que esta gente lo crea? ¿Acaso la pobreza es tan aplastante que vale más una tarjeta de despensa en Soriana que la propia dignidad? Quizá sí peco de ingenua, pues lo que yo veo claramente, lo que considero razonable y verdadero, es pisado por las masas sin esfuerzo, o como diría la Fénix de México:

¿De qué sirve el ingenio

el producir muchos partos

si a la multitud se sigue

el malogro de abortarlos?

No comprendo la dirección del espíritu humano y no veo en los oscuros cielos la estrella que nos señale el camino correcto. No veo que quienes pretendan navegar el barco en el que estamos viajando -tanto de un lado como de otro- puedan en efecto dirigirnos acertadamente entre las aguas y sólo veo que tanto arrebato del timón le da ventaja al que más fuerza tiene, mas no Razón.

Ante mi entendimiento giramos bajo los cielos sin compás, creyendo unos que navegan felices con la corriente, otros que, menos dichosos, también creen que navegan pero contra corriente, mientras que la nave simplemente naufraga a la deriva de los elementos. Ante tan desdichado panorama ruego por alguna certeza que me consuele, que me dé esperanza verdadera y encuentro en el rogar la misma esperanza por la que ruego. Más que fe, sostengo una verdadera esperanza que germina dentro de mí: no es ningún ser trascendente o la utopía la que me permite la búsqueda de real optimismo, es lo que soy y lo que sé, a pesar de que es precisamente lo que sé lo que me hace doler tanto. Quizá en la ignorancia sería más feliz, pero ya no puedo enseñarme a ignorar, aunque sé como Sor Juana que cuanto le añado al discurso tanto le usurpo a los años. Ni puedo tampoco desdeñar lo que sé, por más dolor que me cause.

Sospecho que es este mismo dolor el que me sirve de evidencia de que no estoy aislada en mi singularidad, y quizá este sea el trabajoso puente que me una con los demás. Sé que este dolor no es tampoco solamente mío, es colectivo y está sustentado en una razón histórica. Por ello, este dolor es indicativo de un camino, una dirección, cuyo origen es cognoscible, cuyo presente presenciamos y cuyo futuro se delinea en nuestras acciones. No me congratulo, pues no hay por qué congratularse de lo que es simplemente la reacción de un ser sensible al terrible mundo al que se enfrenta, pero sí me consuela, paradójicamente, el dolor que siento, ya que, aunque lo haga negativamente, permite atisbar en el cielo la estrella que tanto anhelamos ver.

Naufragio -Ivan Konstantinovich Aivazovsky

“El yo es un nosotros y el nosotros un yo”

Esta semana fui a un seminario donde un renombrado antropólogo hablaba sobre el relativismo en las ciencias sociales, tan en boga hoy. Coincidimos en que la anhelada objetividad se encuentra en el análisis de las relaciones de poder, aquellas que nos demarcan, constituyen, dirigen y oprimen. Está claro: un(a) relativista no puede afirmar ni negar las relaciones de poder, se encierra en la vastedad de perspectivas disimiles incapaz de hallar el hilo que las unifica y les da su consistencia.

He tenido tanta hambre por encontrar ese hilo, por afirmarlo como quien sostiene la manzana de la discordia orgullosamente en sus manos, dueña absoluta de la verdad y, sin embargo, una dueña con ánimos de compartir su posesión, socializar el conocimiento. Pero temo que en mi afán -que reconozco no está él mismo exento de deseo de poder- he esquematizado más de lo que he pensado y creado, traicionando mi fidelidad a la verdad. En este esquematismo las etiquetas han proliferado y las divisiones se han ahondado, la más grave: la división de mí misma frente al mundo. Claro que en busca de la criticidad pertinente a las circunstancias me he hecho de gente aliada y no he sucumbido al aislamiento de la radicalidad, la desconfianza totalizadora, esa paranoia, esa hostilidad, aunque admito que me he visto tentada.

Pero tras tanto análisis y búsqueda de lo que serían las diferencias de las que colgar la objetividad del discurso, he peligrado en olvidar las conexiones que hacen de la totalidad más que la mera suma de las partes. Es paradójico. Mientras busco la unidad, la explicación última, parece que se me escapa, que me pierdo, que yo misma me desconecto y prefiero erigir dogmas y someter con prejuicios. Ser feminista -lo que implica no sólo afirmar una verdad sino defenderla activamente en lo cotidiano- y ser congruente y feliz no es una labor cualquiera. Ante la verdad, parece que mis sonrisas tantas veces se han ensombrecido y mi mirada ha perdido el brío. Eso sí, ya soy menos propensa a la manipulación, el dominio que limita en vez de liberar y a la hostilidad entre mujeres.

Y ahora, en época pre electoral, parece que las diferencias de nuevo se han multiplicado, y la política se saborea en cada conversación, en cada rostro con el que se cruza, en cada acto por pequeño que sea. Y de nuevo, no soy capaz de entender cabalmente las diferencias, debo hacer el enorme esfuerzo de remontarme a las abstracciones genealógicas que me permitan entender la historicidad de ciertas elecciones políticas -las que son abiertamente conservadoras, que ante la información que poseo me parecen profundamente aberrantes. Se erigen muros más impenetrables que me reflejan frustrada e impotente.

Y entonces hoy me ocurrió algo, que al menos de manera inmediata, vino a ser un bálsamo de reconciliación. En un largo y solitario pasillo del metro chabacano, ya de noche, me encontré caminando directamente hacia una anciana parada con sus flacas piernitas arqueadas bajo el peso de su viejo cuerpecito. Estaba pidiendo limosna. Inmediatamente mi aparato de esquematizador -sin el cual sería difícil vivir en esta ciudad- comenzó a procesar la información: no era una maría, por lo cual es menos probable que pertenezca a una red de trata de personas, una de esas mafias que explota mujeres, niños e indígenas con tal de sacarle provecho al acto de interpelar, como dice Dussel, al corazoncito de la gente culposa y bien intencionada. Una genuina viejita pobre y jodida que mostraba un brazo enyesado. En mi mente, aún tan racional, se prendió un foco verde: a ella sí le puedes dar una moneda. Me paré a su lado y mientras que buscaba en mi bolso algunos pesos, aún sin verla a los ojos, escuché sus rezos que soy incapaz de repetir porque soy totalmente ajena a la religiosidad, pero decían algo así como: “Jesús se lo agradecerá, Jesús que está en los cielos y en los corazones de las personas, hijo de la Virgen María, llena eres de gracias, ejemplo para todas las mujeres de recato y misericordia.”

Ya se imaginarán lo que andaba tramando en ese momento mi mente atea y profundamente desconfiada de lo religioso. Entendí que ella era mi otra, cuerpo de una otredad que define algunos de mis rasgos, los rasgos que más se alejan de la cultura católica mexicana. Con una sensación de rechazo, me resigné a terminar lo que me había propuesto a hacer frente a la señora: saqué la moneda del bolso y extendí la mano volteando a ver el rostro de mi otra. Pero lo que vi no fue un muro, ni sentí la distancia. Sus ojos me mostraron una sonrisa plena, un alegre agradecimiento, una conexión. Al sonreír en respuesta, todas mis barreras se derrumbaron y fuimos amigas.  La confianza estaba sembrada entre nosotras. Durante esa fracción de segundo, fuimos aliadas poderosas. Mientras me alejé pensé que ella seguramente no tendría noción del feminismo, tal vez se opone al derecho al aborto y abogue por que las mujeres nos quedemos en casa y atendamos a nuestros maridos, como indica la Biblia -según dicen, pues de primera mano no lo sé: aún no paso del Cantar de los Cantares.

¿Cómo entonces pude sentirme tan conectada con una persona tan diferente a mí? Mi pobre cerebrito racional se dejó caer en los brazos del sentir, aliviado. Y fue mi sentir lo que le mostró humildad -concepto bastante cristiano por cierto, lo sé. Humildad que en el terreno de lo racional se convierte en auto crítica, bálsamo de los errores, nave segura. En la auto crítica tenemos seguridad, sí, pues damos pie a que nuestros pensamientos estén errados y nos abre posibilidades liberadoras de las cadenas más pesadas: aquellas que no vemos, con las que nos atamos a nosotras mismas.

La búsqueda de la verdad, no puede ir separada del amor. No el mero amor a la verdad, como si sólo se anhelara sin conseguirse jamás, pero la verdad en el amor. (Sé que esto suena a chorro cristiano pero le pido por favor que me crean cuando les dijo que sigo siendo atea, que la viejita no logró convertirme con nuestro instante amigable.) A fuerza de roces con el mundo, descubrí una vez más que no puedo andar por la vida afirmando una verdad que niega las experiencias y las historias de las demás personas, alejándome de ellas y provocando en mí la catástrofe del elitismo y la separación. Eso sólo lograría minar mi propio esfuerzo por saber y sentir lo que es: no basta con afirmar una verdad y con ella despedazar las verdades de los demás, es necesario siempre la búsqueda de la verdad compartida, que se logra sólo mediante el reconocimiento de que somos lo que somos por las demás personas, por la historia, por el espíritu humano. Como dice Hegel: el yo es un nosotros y el nosotros es un yo. Ahí está la verdad, en el poder de transformar ese yo colectivo, transformación que se dispara en muchos niveles: desde el psicológico individual hasta las cumbres de lo social, y que pasa por muchos procesos, contradicciones y reconciliaciones.

Así, entiendo mi propio andar y no me arrepiento de la negatividad y la propia contradicción que traigo metida, pues sin ella la satisfacción de reconciliarme y abrazar la otredad aún con esperanza no me seria accesible con tanta lucidez.

 

Deseo

despojo la quietud de las aguas

dejando pequeños remolinos a mi paso

trompos que atrapan los ahora

en su impenetrable fugacidad

 

perdida, sólo veo de frente

el movimiento abstracto de la vida

pero, deslumbrada, mis ojos no perciben

las batallas a concluir

los gestos del compromiso

perfecta impotencia:

acción que sólo anhela el vuelo

sin lograr las alas

 

sólo soy carne de la palabra

autoconciencia desnuda

que observa

y arroja hacia dentro

las pinceladas con las que los seres

construyen el mundo

 

perdida, sí, en esta galería

de perspectivas

 

y el deseo me corroe

por crear y poseer

por ser tan mundo como constelaciones

tan presente como el agua

tan real e impenetrable como la vida

siempre fija en su incesante movimiento

 

aún en el silencio de mis ojos bien abiertos

no me resigno

a ver en mi carne

siempre la marca de lo ajeno

 

voy más adentro:

el viento no cesa de soplar

llevándome en su etérea fuerza

y rompiendo la claridad de los espejos

 

de acuerdo a mi naturaleza

lucho contra ella

animal con filosofía

y ojos apropiándose lo divino

lucho contra mi naturaleza

sin desprendimiento

 

deseo la muerte del deseo

sonrisa sin rostro

que rompe las barreras de la piel

libertad

mi naturaleza