El ritual

Bien es verdad que jamás ayudé materialmente al sol en su salida, pero no era lo menos importante, sin duda, estar presente en ese instante.
-H. D. Thoreau

Hay rituales silenciosos que nada le piden a las congregaciones religiosas, los festejos o las ofrendas. Son rituales inventados, sin institución, solitarios, que tienen la virtud de unificar la creencia con la acción, de ser fines en sí mismos. Una catarsis muda, una redención atea.
Este es el ritual que conmueve a mi espíritu.
Ya es hora. Salgo. Estoy sentada en el porche. Tengo mi pluma, mi cuaderno. Mi cuerpo está listo. Casi no hace viento, por el sureste se acercan unas nubes negras y pesadas, no hay mácula en la atmósfera. Ésta es la transparencia anhelada: se pueden distinguir hasta las grietas en la piedra de la Bufa, allá del otro lado del valle, pintada de anaranjado. La transparencia achica las distancias.
La cobija de nubes grises y pesadas ya domina el sur por completo y amenaza con cubrir todo el dominio del sol, pero aún no hay anuncio de tormenta que agite los árboles… Espera… Sí, ahí viene: la brisa se acelera, la quietud empieza a disiparse, los eucaliptos comienzan su danza, pero el mezquite, sobrio, permanece fiel al horizonte. Hacia el norte, el azul pálido adopta pinceladas de rosas, sutiles al principio, pero se van contagiando del color de los cálidos cerros: se anuncia ya la despedida del día.
Tengo los poros abiertos, sin temor me le entrego al movimiento del ciclo. Un silencioso drama cubre cada acontecimiento. No hay reposo. Todo es una historia: el abatimiento de las parras por las incansables hormigas rojas, el combate temerario de los colibríes por ver quién reina sobre el bebedero, la floreciente población de conejos y roedores que a su vez alimentan a serpientes, correcaminos, aves de rapiña, perros. No hay vencidos ni hay vencedores, y sin embargo hay una batalla constante por sobrevivir. Todo se cubre de vida. La muerte sólo es una transición.
El momento culminante está aquí: las oscuras nubes dominan casi todo el cielo, pero el sol –tan ingenioso él- lanza sus rayos por debajo, allá junto a la orilla del cielo, e inunda el valle de color. Al oriente, los eucaliptos son brochas de fuego que sobresalen del fondo oscuro. Y al fin se retira el astro que nos ilumina, retrae sus tentáculos hacia el horizonte, listo para lanzarse sobre otro día en otra parte.
Los colores se apagan. Hay un punto entre los cerros que permanece prendido: un incendio se le rebela a la naciente noche.
Es hora de retirarse, la declaración está hecha. El valle se vuelve cuenca azul de polvo y humo, incluso el mezquite despierta: la tormenta está por caer.
Concluye el ritual, me reincorporo. Entro a la casa y veo mi rostro en el espejo. Tras cada atardecer, recuerdo un poco menos quién soy.

Inicios de Julio 2014 Emilia 014

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“El yo es un nosotros y el nosotros un yo”

Esta semana fui a un seminario donde un renombrado antropólogo hablaba sobre el relativismo en las ciencias sociales, tan en boga hoy. Coincidimos en que la anhelada objetividad se encuentra en el análisis de las relaciones de poder, aquellas que nos demarcan, constituyen, dirigen y oprimen. Está claro: un(a) relativista no puede afirmar ni negar las relaciones de poder, se encierra en la vastedad de perspectivas disimiles incapaz de hallar el hilo que las unifica y les da su consistencia.

He tenido tanta hambre por encontrar ese hilo, por afirmarlo como quien sostiene la manzana de la discordia orgullosamente en sus manos, dueña absoluta de la verdad y, sin embargo, una dueña con ánimos de compartir su posesión, socializar el conocimiento. Pero temo que en mi afán -que reconozco no está él mismo exento de deseo de poder- he esquematizado más de lo que he pensado y creado, traicionando mi fidelidad a la verdad. En este esquematismo las etiquetas han proliferado y las divisiones se han ahondado, la más grave: la división de mí misma frente al mundo. Claro que en busca de la criticidad pertinente a las circunstancias me he hecho de gente aliada y no he sucumbido al aislamiento de la radicalidad, la desconfianza totalizadora, esa paranoia, esa hostilidad, aunque admito que me he visto tentada.

Pero tras tanto análisis y búsqueda de lo que serían las diferencias de las que colgar la objetividad del discurso, he peligrado en olvidar las conexiones que hacen de la totalidad más que la mera suma de las partes. Es paradójico. Mientras busco la unidad, la explicación última, parece que se me escapa, que me pierdo, que yo misma me desconecto y prefiero erigir dogmas y someter con prejuicios. Ser feminista -lo que implica no sólo afirmar una verdad sino defenderla activamente en lo cotidiano- y ser congruente y feliz no es una labor cualquiera. Ante la verdad, parece que mis sonrisas tantas veces se han ensombrecido y mi mirada ha perdido el brío. Eso sí, ya soy menos propensa a la manipulación, el dominio que limita en vez de liberar y a la hostilidad entre mujeres.

Y ahora, en época pre electoral, parece que las diferencias de nuevo se han multiplicado, y la política se saborea en cada conversación, en cada rostro con el que se cruza, en cada acto por pequeño que sea. Y de nuevo, no soy capaz de entender cabalmente las diferencias, debo hacer el enorme esfuerzo de remontarme a las abstracciones genealógicas que me permitan entender la historicidad de ciertas elecciones políticas -las que son abiertamente conservadoras, que ante la información que poseo me parecen profundamente aberrantes. Se erigen muros más impenetrables que me reflejan frustrada e impotente.

Y entonces hoy me ocurrió algo, que al menos de manera inmediata, vino a ser un bálsamo de reconciliación. En un largo y solitario pasillo del metro chabacano, ya de noche, me encontré caminando directamente hacia una anciana parada con sus flacas piernitas arqueadas bajo el peso de su viejo cuerpecito. Estaba pidiendo limosna. Inmediatamente mi aparato de esquematizador -sin el cual sería difícil vivir en esta ciudad- comenzó a procesar la información: no era una maría, por lo cual es menos probable que pertenezca a una red de trata de personas, una de esas mafias que explota mujeres, niños e indígenas con tal de sacarle provecho al acto de interpelar, como dice Dussel, al corazoncito de la gente culposa y bien intencionada. Una genuina viejita pobre y jodida que mostraba un brazo enyesado. En mi mente, aún tan racional, se prendió un foco verde: a ella sí le puedes dar una moneda. Me paré a su lado y mientras que buscaba en mi bolso algunos pesos, aún sin verla a los ojos, escuché sus rezos que soy incapaz de repetir porque soy totalmente ajena a la religiosidad, pero decían algo así como: “Jesús se lo agradecerá, Jesús que está en los cielos y en los corazones de las personas, hijo de la Virgen María, llena eres de gracias, ejemplo para todas las mujeres de recato y misericordia.”

Ya se imaginarán lo que andaba tramando en ese momento mi mente atea y profundamente desconfiada de lo religioso. Entendí que ella era mi otra, cuerpo de una otredad que define algunos de mis rasgos, los rasgos que más se alejan de la cultura católica mexicana. Con una sensación de rechazo, me resigné a terminar lo que me había propuesto a hacer frente a la señora: saqué la moneda del bolso y extendí la mano volteando a ver el rostro de mi otra. Pero lo que vi no fue un muro, ni sentí la distancia. Sus ojos me mostraron una sonrisa plena, un alegre agradecimiento, una conexión. Al sonreír en respuesta, todas mis barreras se derrumbaron y fuimos amigas.  La confianza estaba sembrada entre nosotras. Durante esa fracción de segundo, fuimos aliadas poderosas. Mientras me alejé pensé que ella seguramente no tendría noción del feminismo, tal vez se opone al derecho al aborto y abogue por que las mujeres nos quedemos en casa y atendamos a nuestros maridos, como indica la Biblia -según dicen, pues de primera mano no lo sé: aún no paso del Cantar de los Cantares.

¿Cómo entonces pude sentirme tan conectada con una persona tan diferente a mí? Mi pobre cerebrito racional se dejó caer en los brazos del sentir, aliviado. Y fue mi sentir lo que le mostró humildad -concepto bastante cristiano por cierto, lo sé. Humildad que en el terreno de lo racional se convierte en auto crítica, bálsamo de los errores, nave segura. En la auto crítica tenemos seguridad, sí, pues damos pie a que nuestros pensamientos estén errados y nos abre posibilidades liberadoras de las cadenas más pesadas: aquellas que no vemos, con las que nos atamos a nosotras mismas.

La búsqueda de la verdad, no puede ir separada del amor. No el mero amor a la verdad, como si sólo se anhelara sin conseguirse jamás, pero la verdad en el amor. (Sé que esto suena a chorro cristiano pero le pido por favor que me crean cuando les dijo que sigo siendo atea, que la viejita no logró convertirme con nuestro instante amigable.) A fuerza de roces con el mundo, descubrí una vez más que no puedo andar por la vida afirmando una verdad que niega las experiencias y las historias de las demás personas, alejándome de ellas y provocando en mí la catástrofe del elitismo y la separación. Eso sólo lograría minar mi propio esfuerzo por saber y sentir lo que es: no basta con afirmar una verdad y con ella despedazar las verdades de los demás, es necesario siempre la búsqueda de la verdad compartida, que se logra sólo mediante el reconocimiento de que somos lo que somos por las demás personas, por la historia, por el espíritu humano. Como dice Hegel: el yo es un nosotros y el nosotros es un yo. Ahí está la verdad, en el poder de transformar ese yo colectivo, transformación que se dispara en muchos niveles: desde el psicológico individual hasta las cumbres de lo social, y que pasa por muchos procesos, contradicciones y reconciliaciones.

Así, entiendo mi propio andar y no me arrepiento de la negatividad y la propia contradicción que traigo metida, pues sin ella la satisfacción de reconciliarme y abrazar la otredad aún con esperanza no me seria accesible con tanta lucidez.

 

Lo ridículo

Hoy salí con un vestido verde, enseñando los hombros, con las caderas y la pancita a sus anchas, sin mayores restricciones. Ha sido un día caliente, de esos que me gustan por recordarme el trópico y su calma, aún si no dejo de quejarme igual, nomás por costumbre -esa necesidad de hacer conversación banal que reconforta por cotidiano. Hoy fue un día de feliz valemadrismo en el que me encontré abandonando la expectativa y abrazando con los ojos el paso del mundo: le coquetee a un payasito en el metro (con ojos hermosos, ¡guapo el muchacho!), platiqué sin pena con otro que me abordó intrigado por mi lectura silenciosa y pública, dejé que las más versadas y eruditas platicaran durante la comida sin intensión ni interés de contribuir a la conversación, comiendo cual animalito obediente y dejé, por fin, que la ansiedad me desbaratara, sin oponer ninguna resistencia, hasta que terminó por asfixiar su propia existencia.

Lo banal, lo ridículo, lo absurdo… ¡qué proeza! ¡cuánta gratificación! ¡qué alegría! Dejé el tormento de tener que pensar cosas profundas o imprescindibles que ayudaran a disipar la insignificancia de mi vida. Sí, soy insignificante y ¡qué alivio! No soy capaz de grandes hazañas, si acaso puedo articular medianamente bien un discurso pero no puedo lograr ser original, puedo mantener sano a un gato pero las plántulas del huerto se me debilitan por falta o exceso de sol, puedo investigar e hilar ciertas abstracciones pero no me pidan que recuerde fechas, datos o nombres. Para ser periodista, soy muy buena filósofa, y para ser filósofa soy muy buena poeta; pero resulta que no soy poeta, no sólo porque me resisto a llamarme poeta por la acostumbrada pomposidad con la que se llaman ‘poeta’ a sí mismos ciertos personajes desagradables, sino porque sinceramente no lo soy. No soy más que un terco -y bastante ridículo- delirio de la razón.

Sé que el absurdo es un privilegio. Es por entero un privilegio decir lo que dijo ese personaje de muchas cabezas: “¡Vamos, que estoy harto de semidioses! ¿Es que no hay gente en el mundo? ¿Soy el único que es vil y equivocado en esta tierra?”. No sólo asumir, pero regocijarnos en nuestros desperfectos y mostrarlos con desfachatez, felices, soberbios en nuestra equivocación, sin intensión alguna de remediar nuestra inutilidad y pequeñez, es el privilegio de quienes, en el fondo, queremos ser semidioses  tras vivir el ocio de pretender conocer lo exquisito y verdadero. Después de enterarnos de que existen fuertes contradicciones, tras analizarlas y entenderlas, nos damos a la justísima, filosófica y adulta labor de resolverlas, buscando siempre la perfección, lo llano y libre, lo divino, lo incorruptible, lo bueno. Pero tanto afán por pretender lo que no somos nos corroe y termina por eliminar de nuestras facciones la infante sonrisa de quien puede con satisfacción contemplar sin más. Regresamos, no sin transformaciones, al regocijo por lo ridículo.

Estoy consiente de que entre quienes me leen hay muchas personas bien plantadas en sus convicciones políticas. Yo misma soy una de ellas. Y por eso afirmo que sé que este regocijo por el absurdo de mi existencia es un privilegio, privilegio que en efecto tiene que ver con jerarquías, contradicciones, e injusticias sociales que necesariamente han de ser abatidas. Pero asumir que soy ridícula y absurda, que mi vida (¡por todos los cielos! ¡mi vida! ¡todo lo que soy y conozco!) es un cúmulo de absurdos, canalladas, ridículos y sufrimientos sin sentido, no es un privilegio que marque rango o superioridad, ni siquiera es un privilegio que dañe a otras personas. ¡Ojalá todo el mundo se enterara de lo ridículo que son! Ojalá supieran sus contradicciones y estupideces, sus voces tan viles como humanas, sus arrogancias y mezquindades, que las supieran tan bien, que las conocieran tanto como su cultura, que pudieran ser al fin payasos sin pena, y que tras sufrir las ansiedades correspondientes, se dejaran llevar por la risa infinita que nos acoge en sus digestivas entrañas, donde alimentamos al mundo con nuestro absurdo.

Híjole, ya se acabaron las cervezas… y lo digestivo me invade. Saldré de nuevo a probar lo ridículo del mundo.

San Michel illuminati
San Michel illuminati

¿Modernidad superada?

Hoy que traigo un ciclo moribundo y otro renaciente he sentido la muerte, el oscurantismo y las alas fuertes aún. Como en las guerras mundiales, me siento habitar un cataclismo. No sé si es narcisismo, pero pensarme es la cosa más difícil cuando me sé atravesada por este mundo reinado por contradicciones. Ya me da mucha hueva enumerarlas, ya es demasiado rollo. Confío en que ustedes las saben, así que puedo confiar en que me conocen al menos un poco.

Regresando a casa después de un tormentoso día depositando mi valiosa vida en el ordenamiento idiota de papeles ajenos, me consolé con una flor morada que hizo un hombre frente a mis ojos. Mientras la fabricaba, el delgado sujeto hablaba con tono profético acerca de la buena vida; él no la llamaba así, pero su finalidad era vendernos una moral con flores. Le surtió efecto pues su discurso era justo lo que yo necesitaba escuchar: la felicidad no está en los bienes materiales, está en la congruencia, en el compartir, y en Dios. Bueno, sobre Dios no lo creo, aunque en lo profundo de mi ser entiendo que sea buen consuelo. Lo entiendo, pero no comparto el sentir. Pensar en Dios me causa más confusión que otra cosa: ¿por qué he de sentirme pequeña e insignificante? ¿por qué he de aminorar mi valor? Ante el dolor de la existencia, ¿por qué debo mostrarme sumisa frente a la totalidad? ¿qué acaso no soy la autoconsciencia de esta totalidad? ¿qué acaso no soy cumbre de su relieve?

En fin, más allá de mis sospechas de quienes usan el nombre de Dios para la moral, no dejé de encontrarme abrazada por este hombre fabricante de flores en el metro. Cargué con la flor como trofeo, la hice mi reconciliación con el mundo y conmigo misma. Sí, más allá del preciado reconocimiento social, la felicidad es mía, pensaba. Títulos, dinero, carisma, mágicos encuentros… qué más dan si estoy contentan conmigo misma. Pero ¿acaso lo estoy?

Mis horas en el metro y en el tren ligero, rumbo al sur, siempre van acompañadas por las páginas de Anais Nin, y descubro que mientras más me suelta el pensamiento más me provoca una profunda envidia. Le envidio sus horas para escribir y amar. Le envidio su despreocupada naturaleza y su capacidad de mentir. Le envidio el esposo rico y el amante artista. Le envidio la clarividencia. Ella misma fue consciente de la envidia que provocaba y sabía cómo utilizar sus recursos y su encanto siempre a su favor. Sobre todo, envidio esa inteligencia suya.

Quiero entender esta emoción, que evidentemente dice mucho más de mí que de ella, y llego a la conclusión de que mi envidia es como un amor amargo lleno de ego. Ser diosa no me llama tanto como habitar las páginas de aquella mujer liberada y contradictoria, pero sé que en la honestidad podemos ser hermanas. En la honestidad con nosotras mismas. Ahí el ego deja sus alturas, sus exaltaciones, como también sus culpas y castigos y, en su justa dimensión busca, con ojos pelados, las respuestas del espejo y su cercanía, más allá de los discursos edificantes.

Sé que me habita el romanticismo de los duelos, los ideales y la exaltación de la sabiduría. Aún no supero la modernidad. Pero ya no me preocupa tanto, ya pasan los días de tedio y sé que tengo redención. Que, al fin, pronunciaré mis letras y me hundiré en la nada, que al fin brillará lo sagrado en el instante que habito. Eso ya no es tan romántico ni tan moderno supongo: mi consuelo es la nada. ¿Dónde están las cumbres? En todas y en ninguna parte.

Un espacio, un tiempo

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Vivir en el centro de la Ciudad es como vivir dentro de algún libro de historia, alguna buena crónica de antaño, un mural, una fotografía vieja, al mismo tiempo que es el lugar de la perpetua renovación del espíritu, la novedad constante. A veces siento que floto por encima de todo lo que veo en mi andar, como si fueran mis ojos los de una diosa, una observadora absoluta: todo me asombra y nada me perturba. Soy parte de todo, cada mirada y roce, cada vínculo y muro, multitud y ruina, miseria y soberbia. (De pronto me saca de mi ensueño un niño vendiendo masapanes, como por instinto sacudo la cabeza y vuelvo a sentir la distancia, la separación).

Vivo un espacio, vivo una época, es natural que viva también la frustración que le es propia a esta circunstancia. Me sé diosa y sin embargo mi poder es mínimo: soy un cuerpo más que fluye dentro de esta monstruosa masa que habita el mundo, que se lo engulle constantemente, que a veces lo digiere, lo vomita a menudo y lo llena de su excremento. Soy un cuerpo más que contribuye a este monstruo y no puedo evitar su dominio sobre mí. Esa es la impotencia. Expectadora de mi propia rendición y sentencia, frenéticamente busco alguna explicación con la débil esperanza de liberarme del monstruo y caminar en otra dirección, en un rumbo con menos dolor, donde podamos andar respirando aire puro, en el que a cada paso no recordemos el peso de la muerte. Pero el leviatán se sacude en la voluptuosidad de sus actos y me lleva con él, no dejo de verme reflejada en su grandeza, su potencia y me siento diminuta e insignificante como un bicho en un mar de bichos arrastrados por las corrientes que ellos mismos, sin proponérselo, provocan.

En este arremolinar de la vida siento éxtasis de tener el privilegio de observar, vértigo ante el futuro. Deduzco que no sólo es mi disperción sino también y sobre todo el fermentado cataclisma que somos y el amor por la inmediatez de nuestro tiempo lo que hace que me concentre en mi presente y no estén en mi lista de prioridades los códigos heredados, aquellos obstinados en asegurar un futuro y planificar para vivir bien después. No, ya no es así: el leviatán está dando patadas de ahogado en su saberse herido de muerte. Ante la desesperanza la lógica es disfrutar del momento, sin más. La trascendencia ha muerto, dirían ciertas personas. Es la era de la inmediatez absoluta.

Así, no son primordialmente las circunstancias sino nuestro espíritu el que nos dificulta prepararnos para lo que sigue, que no será fácil. ¿Reaccionaremos acaso hasta que incluso la inmediatez nos sea arrebatada y no podamos seguir evadiendo el espejo?

No me cabe duda de que vivir con esperanza y ser congruente con ella, viviendo en el presente lo que se desea para el futuro, es un acto revolucionario.

Cambios

Como es necesario, las cosas cambian. Así yo. Y conmigo la descripción del mundo que me propongo. Al menos esa cosquilla por mostrar lo que pasa no ha cambiado, aunque su forma sí. Ahora más íntima, más desde el lienzo de las experiencias pasadas y las que voy construyendo. Desde adentro, en este personaje por accidente, muestro lo exterior que existe por mis sentidos y sus ideas. Un encuadre y nada más, instantáneas vueltas historia, marcas del tiempo. Pasado y presente que se diluyen en las pausas de lo virtual y su propia vida, la tuya, tú que lees y haces lo que quieras con lo que ofrezco. Todo en libertad. Hacia lo desconocido.