El ecofeminismo crítico ante la emergencia global

Ponencia presentada en la 1er Jornada de Conferencias Criticando la Realidad, en la Universidad Autónoma Metropolitana (4 de Junio, 2015).

Es cada vez más palpable que la humanidad se acerca, si no es que hemos llegado ya, a un punto de no retorno, en el que la devastación ecológica adquiera tal magnitud que sea inevitable detener una catástrofe que no sólo ponga en peligro a la humanidad, sino a la vida sobre la tierra en su conjunto. La amenaza a la biodiversidad es cada vez más destructora y la extinción de plantas y animales no se detiene a pesar de los esfuerzos conservacionistas. El cambio climático se resiente en la cotidianidad de los pueblos de todo el mundo. Según información brindada por la NASA, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es la más alta en 650 mil años, nueve de los diez años más calurosos de la historia se han registrado desde el año 2000 y se predice un aumento de la temperatura de entre 2 y 6 grados centígrados con base en las emisiones actuales de gases de efecto invernadero. Se prevé que el ya eminente descongelamiento de los polos y glaciares del mundo acelerará el calentamiento global, aumentando el nivel de los océanos, contribuyendo a su acidificación y la inestabilidad climática. La cuestión, entonces, ya no es si aumentará la temperatura de la Tierra, sino cuánto aumentará y qué tan rápido podemos actuar para cambiar las dinámicas de explotación, consumo y devastación y tratar así de evitar el arribo a ese punto de no retorno en el cual sea inevitable la pérdida catastrófica de vida sobre la tierra.

Varios elementos se conjuntan en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad. La población mundial rebasa los 7 mil millones de seres humanos, una población que vive en una economía global sustentada en la explotación desmedida e insostenible de recursos naturales y humanos. Una economía impulsada además por una energía no renovable, el petróleo, que de extraerse en su totalidad aumentará la concentración de CO2 en la atmósfera a niveles desastrosos. Una economía que para subsistir ha de ahondar necesariamente en sus propias contradicciones, creando más pobreza y devastación al mismo tiempo que en apariencia produce más riqueza y crecimiento. La devastación ecológica no se puede entender, entonces, ajena al sistema económico que depreda la naturaleza y explota a los pueblos.

Sin embrago, el capitalismo actual parece promover el ecologismo y buscar dentro de sus alcances reformar su estructura de producción y consumo para tratar de frenar esta devastación. Dichas posturas ecologistas creen encontrar en el llamado “capitalismo verde” una alternativa sistémica para dar soluciones. Apelan al cambio mediante el poder de consumo de la gente y su voluntad para elegir los productos más ecológicos, orgánicos, sustentables y locales. Sin embargo, estas mismas posturas, autonombradas “desarrollos sustentables”, son incapaces de detener la privatización de los recursos naturales y su apropiación por las trasnacionales como incentivos para la creación de capital y deuda internacional. Así, el problema real de la devastación ecológica queda intacto, y el ecologismo del capitalismo verde sirve solamente como una ideología que da la apariencia del cambio, pero que en el fondo no rinde una solución efectiva. Para intentar buscar soluciones, entonces, hemos de conocer la manera en que se entreteje la devastación ecológica con las dinámicas económicas del capitalismo global que hoy vivimos.

Es en este contexto en el que aparecen los ecofeminismos como elaboraciones prácticas y teóricas para dar respuesta a la crisis del presente desde la experiencia vital y la diversidad del movimiento feminista. El término ‘ecofeminismo’ fue acuñado por la francesa Françoise d’Eaubonne a finales de la década de los 70. Su tesis fue ridiculizada en ese momento por tratar de unir dos conceptos que parecían no tener ninguna relación entre sí. Inspirada en la tradición anarquista, D’Eaubonne rechazó las respuestas al reto ecologista tanto del capitalismo como también del socialismo, y las subsumió bajo una opresión más fuerte y primordial: “La falocracia está en la base misma de un orden que no puede sino asesinar a la Naturaleza en nombre del beneficio, si es capitalista, y en nombre del progreso, si es socialista.” [1]

A partir de entonces, el ecofeminismo se erige como una corriente de posturas diversas que encuentran un paralelismo entre la opresión de las mujeres y la explotación de la Naturaleza, y que responden de distintas maneras a la forma en que se expresa esta relación y la manera de solucionar su opresión conjunta. Dentro del ecofeminismo, existen primordialmente dos posturas respecto a la relación entre las mujeres y la naturaleza: el ecofeminismo clásico, que aquí designamos como un ecofeminismo débil o esencialista, y el ecofeminismo crítico, que designamos como uno fuerte o anti-esencialista. Esta esquematización de las posturas ecofeministas no siempre es tan clara en la práctica, y muchas veces sus aportaciones se confunden o superponen.

Comencemos dando una breve exposición del ecofeminsimo débil o esencialista.  Se caracteriza por sostener que las mujeres configuran una identidad definida y homogénea que las alía con la Naturaleza por el hecho de poder ser madres y por tener una corporalidad cíclica que se materializa con la menstruación. Este ecofeminismo llamado “clásico” conserva la identificación del varón con la “cultura” y de la mujer con la “naturaleza”, pero invierte la jerarquía tradicional y utiliza las viejas definiciones de lo femenino (buena, amorosa, madre nutricia y dadora de vida, incapaz de ser agresiva) para enarbolar un esencialismo estratégico que ha sido muy activo políticamente. El ecofeminismo clásico (desde la poesía de Susan Griffin o la antropología y teología de Rosemary Radford, por mencionar algunas) sugiere un misticismo feminista que busca recuperar la feminidad salvaje y el culto a una divinidad femenina dadora de vida. Cuando hoy se menciona la palabra ecofeminismo, tiende a asociarse con esta postura esencialista y ha sido fuertemente criticada como una tendencia de la cultura new age que cree que las mujeres pueden liberar la Tierra por tener una afinidad especial con la Naturaleza.

Pero el tema de la relación de las mujeres con la Naturaleza no es nuevo para el feminismo, y la discusión ecofeminista se inscribe en la problematización que asentó el feminismo de la segunda ola al cuestionar fuertemente la adscripción de lo femenino a lo natural. Desde Simone de Beauvoir hasta las teorías queer y el feminismo de la igualdad, se rechaza todo pensamiento que sostenga una identidad femenina natural que se escape a la construcción social e histórica del género. La categoría de género, como portadora de esta crítica a la naturalización de lo femenino y lo masculino, representó una crítica contundente y sustancial a la hegemonía patriarcal. Permitió una deconstrucción teórica, cultural y práctica de las relaciones de dominación sobre las mujeres sustentadas en la naturalización de una identidad oprimida, sobajada, explotada y discriminada.

Pero el potencial emancipador de la categoría de género fue socavado y subsumido por la lógica neoliberal de la “tolerancia” a la diferencia. Desde el feminismo comunitario de Julieta Paredes se distingue lo que llaman “denuncia de género”, como aquella que es capaz de develar la subordinación impuesta por el sistema patriarcal a las mujeres, de la “equidad de género”, que en realidad no busca denunciar la opresión sino hacer posible que “los valores de los roles asignados por el patriarcado a mujeres y hombres, podrían alguna vez ser iguales”[2], lo cual, como sabemos, es imposible y contradictorio. La construcción social del género se despolitizó y se convirtió así en una configuración más de una subjetividad posmoderna despojada de potencial emancipador. De este modo, el amplio rechazo al esencialismo que ha tenido la tercera ola del feminismo, que comenzó en los noventa y que habitamos aún en nuestros días, ha tenido un problema fundamental. En palabras de la filósofa Alison Stone: “Ontológicamente, la crítica al esencialismo parecía implicar que las mujeres no existen en absoluto como un grupo social distinto; y, políticamente, esta crítica parecía socavar la posibilidad del activismo feminista al negarle a las mujeres una identidad compartida con características que las pudiera motivar a participar en acciones colectivas.”[3]

¿De qué manera podemos sostener un feminismo que no reafirme el esencialismo que naturaliza las identidades de género y que, al mismo tiempo, configure una apuesta crítica capaz de movilizar políticamente a las mujeres en contra de las opresiones que sí comparten? Alison Stone apuesta por una postura genealógica que configure la categoría mujer. Desde esta genealogía, “toda construcción cultural de la feminidad reinterpreta construcciones preexistentes y por ende compone una historia de interpretaciones encadenadas y superpuestas, dentro de las cuales se encuentran todas las mujeres. Por lo tanto, aunque las mujeres no compartan un entendimiento o experiencia común de la feminidad, están sin embargo reunidas en un grupo social determinado por su ubicación dentro de esta compleja trama histórica”.[4]

Desde esta apuesta por una genealogía feminista, podemos entender la segunda forma de ecofeminismo y que es la que aquí defendemos: la postura crítica y no esencialista. Desde este posicionamiento político se rescata la noción de género como una categoría de denuncia que ataca la naturalización de los roles asignados por el patriarcado, mientras que, al mismo tiempo, ubica la lucha de las mujeres en el plano de las relaciones concretas, materiales, históricas y ecológicas de nuestra subordinación. Es un ecofeminismo crítico, por lo tanto, en dos sentidos: crítico hacia los esencialismos que naturalizan sistemas de opresión, como crítico también del escepticismo posmoderno que desarma las identidades políticas frente a las opresiones materiales del sistema económico.

Este ecofeminismo crítico encuentra en la genealogía de la categoría de lo femenino una relación necesaria, esto es, no casual ni contingente, entre la subordinación de las mujeres dentro del patriarcado y la subordinación de la naturaleza ante el capitalismo, configurando así un mismo sistema de opresión. Por lo tanto no es casual la violencia hacia una naturaleza entendida en términos femeninos, como una Madre violentada, como una víctima cercenada y pasiva ante la actividad del hombre económico, y la violencia hacia las mujeres consideradas como animales, irracionales e instintivas. Ambas formas de violencia se materializan para el beneficio económico y social de un patriarcado que adquiere la forma del capitalismo actual, que aterroriza a las mujeres con violencia feminicida y aterroriza a la naturaleza con su despojo ilimitado.

Desde un enfoque ecosocialista, pensadoras como Mary Mellor han enfatizado que la conexión entre las mujeres y la naturaleza en nuestra sociedad industrializada no es casual ni pertenece al ámbito de una identidad esencialista. Esta conexión se fundamenta en el trabajo genéricamente femenino, que Mellor llama ‘altruismo impuesto’, y que consiste en todo aquel trabajo generalmente impago que mantiene y cuida de los cuerpos, que es trabajo cotidiano, repetitivo y cíclico, y que es necesario para la manutención de un modelo económico basado en el dinero y la expansión indefinida. Para Mellor y para Vandana Shiva, a esta economía le son indiferentes las verdaderas necesidades de los cuerpos y del medio ambiente en el que viven, su única motivación es el beneficio máximo expresado en un número –el Producto Interno Bruto- que enfatiza en la producción de riqueza monetaria pero no en el bienestar real de los pueblos. Para esta economía, el cuerpo de las mujeres son un componente fundamental como máquinas productoras de trabajo (asalariado e impago) y reproductoras y cuidadoras de los cuerpos-mercancía.

Desde la genealogía ecofeminista de la categoría mujer, la experiencia de las mujeres contiene un conocimiento como grupo oprimido que las ubica en un lugar privilegiado en la lucha contra la explotación capitalista-patriarcal. Dado que las mujeres somos la mitad de TODO, como dice el feminismo comunitario, la problemática de las mujeres ante el capital y la devastación ecológica no es una problemática más al lado de otras, sino que es fundamental para comprender la interconexión entre el sistema económico y el deterioro medioambiental. La característica de los ecofeminismos críticos (feminismo comunitario, ecosocialista, ilustrado…) es hacer un énfasis en el trabajo “femenino” (lo cual no quiere decir naturalmente femenino, sino genéricamente femenino, o sea que también lo pueden ejercer los hombres) como el trabajo que defiende y cuida de los bienes comunes, un trabajo y conocimiento esencial para la construcción de economías alternativas.

El énfasis de los ecofeminismos críticos se encuentra en la defensa de los commons, los bienes comunes, los bienes comunitarios. Para contextualizar esta lucha basta mirar los periódicos. De las noticias más recientes por parte de Wikileaks se revela que ya se va preparando, ajeno al debate público y democrático, la acotación de la capacidad regulatoria de los países en materia de servicios públicos. Cito la nota de la Jornada del 2 de junio:

“En su etapa más reciente, el borrador del Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA, por sus siglas en inglés) que negocian en secreto 50 gobiernos, entre ellos el de México, y que pretende regular de manera supranacional servicios de salud, agua, financieros, telecomunicaciones, transparencia y transporte, entre otros, plantea que los países firmantes den a los proveedores de servicios financieros extranjeros el mismo trato que a los nacionales. El instrumento, por añadidura, pasaría por encima de regulaciones establecidas por diversas naciones por razones culturales, sociales, ambientales (como para enfrentar el cambio climático) o de desarrollo y establecería, en caso de que llegue a firmarse, la facultad de “tribunales ‘comerciales’ privados” de decidir la forma en que los países regulan actividades que son fundamentales para el bienestar social”, asegura un análisis publicado por Wikileaks sobre el TISA.”

Se le está dejando el terreno abierto, pues, a la privatización de los recursos naturales que sostienen la vida de los pueblos y los ecosistemas, por detrás de cualquier mecanismo democrático. Ante esto, no queda más que la resistencia, una resistencia que, para ser efectiva, ha de partir de la lucha y experiencia de las mujeres en la defensa de los bienes comunitarios. El ecofeminismo del que hablamos se empata, entonces, con el feminismo comunitario, pues ya no se trata de luchar por la igualdad de las individuas frente a los individuos varones, se trata de empujar el conocimiento y la práctica comunitaria que han ejercido las mujeres y que es capaz de crear un nuevo sistema económico fundamentado en el cuidado y la conservación de la vida.

[1] F. D’Eaubonne, “La época del ecofeminismo”, en María Xosé Agra (comp.), Ecología y Feminismo, trad. Ana Celia Rodríguez Buján, Ecorama, 1997, pág. 51.

[2] Paredes, Julieta, Hilando Fino, p. 63-64.

[3] Stone, Allison, “On the genealogy of women: a defense of anti-essentialism”, en Third Wave Feminism. A Critical Exploration, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2004, p. 85.

[4] Ibíd., p. 86.

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