El ecofeminismo crítico ante la emergencia global

Ponencia presentada en la 1er Jornada de Conferencias Criticando la Realidad, en la Universidad Autónoma Metropolitana (4 de Junio, 2015).

Es cada vez más palpable que la humanidad se acerca, si no es que hemos llegado ya, a un punto de no retorno, en el que la devastación ecológica adquiera tal magnitud que sea inevitable detener una catástrofe que no sólo ponga en peligro a la humanidad, sino a la vida sobre la tierra en su conjunto. La amenaza a la biodiversidad es cada vez más destructora y la extinción de plantas y animales no se detiene a pesar de los esfuerzos conservacionistas. El cambio climático se resiente en la cotidianidad de los pueblos de todo el mundo. Según información brindada por la NASA, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es la más alta en 650 mil años, nueve de los diez años más calurosos de la historia se han registrado desde el año 2000 y se predice un aumento de la temperatura de entre 2 y 6 grados centígrados con base en las emisiones actuales de gases de efecto invernadero. Se prevé que el ya eminente descongelamiento de los polos y glaciares del mundo acelerará el calentamiento global, aumentando el nivel de los océanos, contribuyendo a su acidificación y la inestabilidad climática. La cuestión, entonces, ya no es si aumentará la temperatura de la Tierra, sino cuánto aumentará y qué tan rápido podemos actuar para cambiar las dinámicas de explotación, consumo y devastación y tratar así de evitar el arribo a ese punto de no retorno en el cual sea inevitable la pérdida catastrófica de vida sobre la tierra.

Varios elementos se conjuntan en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad. La población mundial rebasa los 7 mil millones de seres humanos, una población que vive en una economía global sustentada en la explotación desmedida e insostenible de recursos naturales y humanos. Una economía impulsada además por una energía no renovable, el petróleo, que de extraerse en su totalidad aumentará la concentración de CO2 en la atmósfera a niveles desastrosos. Una economía que para subsistir ha de ahondar necesariamente en sus propias contradicciones, creando más pobreza y devastación al mismo tiempo que en apariencia produce más riqueza y crecimiento. La devastación ecológica no se puede entender, entonces, ajena al sistema económico que depreda la naturaleza y explota a los pueblos.

Sin embrago, el capitalismo actual parece promover el ecologismo y buscar dentro de sus alcances reformar su estructura de producción y consumo para tratar de frenar esta devastación. Dichas posturas ecologistas creen encontrar en el llamado “capitalismo verde” una alternativa sistémica para dar soluciones. Apelan al cambio mediante el poder de consumo de la gente y su voluntad para elegir los productos más ecológicos, orgánicos, sustentables y locales. Sin embargo, estas mismas posturas, autonombradas “desarrollos sustentables”, son incapaces de detener la privatización de los recursos naturales y su apropiación por las trasnacionales como incentivos para la creación de capital y deuda internacional. Así, el problema real de la devastación ecológica queda intacto, y el ecologismo del capitalismo verde sirve solamente como una ideología que da la apariencia del cambio, pero que en el fondo no rinde una solución efectiva. Para intentar buscar soluciones, entonces, hemos de conocer la manera en que se entreteje la devastación ecológica con las dinámicas económicas del capitalismo global que hoy vivimos.

Es en este contexto en el que aparecen los ecofeminismos como elaboraciones prácticas y teóricas para dar respuesta a la crisis del presente desde la experiencia vital y la diversidad del movimiento feminista. El término ‘ecofeminismo’ fue acuñado por la francesa Françoise d’Eaubonne a finales de la década de los 70. Su tesis fue ridiculizada en ese momento por tratar de unir dos conceptos que parecían no tener ninguna relación entre sí. Inspirada en la tradición anarquista, D’Eaubonne rechazó las respuestas al reto ecologista tanto del capitalismo como también del socialismo, y las subsumió bajo una opresión más fuerte y primordial: “La falocracia está en la base misma de un orden que no puede sino asesinar a la Naturaleza en nombre del beneficio, si es capitalista, y en nombre del progreso, si es socialista.” [1]

A partir de entonces, el ecofeminismo se erige como una corriente de posturas diversas que encuentran un paralelismo entre la opresión de las mujeres y la explotación de la Naturaleza, y que responden de distintas maneras a la forma en que se expresa esta relación y la manera de solucionar su opresión conjunta. Dentro del ecofeminismo, existen primordialmente dos posturas respecto a la relación entre las mujeres y la naturaleza: el ecofeminismo clásico, que aquí designamos como un ecofeminismo débil o esencialista, y el ecofeminismo crítico, que designamos como uno fuerte o anti-esencialista. Esta esquematización de las posturas ecofeministas no siempre es tan clara en la práctica, y muchas veces sus aportaciones se confunden o superponen.

Comencemos dando una breve exposición del ecofeminsimo débil o esencialista.  Se caracteriza por sostener que las mujeres configuran una identidad definida y homogénea que las alía con la Naturaleza por el hecho de poder ser madres y por tener una corporalidad cíclica que se materializa con la menstruación. Este ecofeminismo llamado “clásico” conserva la identificación del varón con la “cultura” y de la mujer con la “naturaleza”, pero invierte la jerarquía tradicional y utiliza las viejas definiciones de lo femenino (buena, amorosa, madre nutricia y dadora de vida, incapaz de ser agresiva) para enarbolar un esencialismo estratégico que ha sido muy activo políticamente. El ecofeminismo clásico (desde la poesía de Susan Griffin o la antropología y teología de Rosemary Radford, por mencionar algunas) sugiere un misticismo feminista que busca recuperar la feminidad salvaje y el culto a una divinidad femenina dadora de vida. Cuando hoy se menciona la palabra ecofeminismo, tiende a asociarse con esta postura esencialista y ha sido fuertemente criticada como una tendencia de la cultura new age que cree que las mujeres pueden liberar la Tierra por tener una afinidad especial con la Naturaleza.

Pero el tema de la relación de las mujeres con la Naturaleza no es nuevo para el feminismo, y la discusión ecofeminista se inscribe en la problematización que asentó el feminismo de la segunda ola al cuestionar fuertemente la adscripción de lo femenino a lo natural. Desde Simone de Beauvoir hasta las teorías queer y el feminismo de la igualdad, se rechaza todo pensamiento que sostenga una identidad femenina natural que se escape a la construcción social e histórica del género. La categoría de género, como portadora de esta crítica a la naturalización de lo femenino y lo masculino, representó una crítica contundente y sustancial a la hegemonía patriarcal. Permitió una deconstrucción teórica, cultural y práctica de las relaciones de dominación sobre las mujeres sustentadas en la naturalización de una identidad oprimida, sobajada, explotada y discriminada.

Pero el potencial emancipador de la categoría de género fue socavado y subsumido por la lógica neoliberal de la “tolerancia” a la diferencia. Desde el feminismo comunitario de Julieta Paredes se distingue lo que llaman “denuncia de género”, como aquella que es capaz de develar la subordinación impuesta por el sistema patriarcal a las mujeres, de la “equidad de género”, que en realidad no busca denunciar la opresión sino hacer posible que “los valores de los roles asignados por el patriarcado a mujeres y hombres, podrían alguna vez ser iguales”[2], lo cual, como sabemos, es imposible y contradictorio. La construcción social del género se despolitizó y se convirtió así en una configuración más de una subjetividad posmoderna despojada de potencial emancipador. De este modo, el amplio rechazo al esencialismo que ha tenido la tercera ola del feminismo, que comenzó en los noventa y que habitamos aún en nuestros días, ha tenido un problema fundamental. En palabras de la filósofa Alison Stone: “Ontológicamente, la crítica al esencialismo parecía implicar que las mujeres no existen en absoluto como un grupo social distinto; y, políticamente, esta crítica parecía socavar la posibilidad del activismo feminista al negarle a las mujeres una identidad compartida con características que las pudiera motivar a participar en acciones colectivas.”[3]

¿De qué manera podemos sostener un feminismo que no reafirme el esencialismo que naturaliza las identidades de género y que, al mismo tiempo, configure una apuesta crítica capaz de movilizar políticamente a las mujeres en contra de las opresiones que sí comparten? Alison Stone apuesta por una postura genealógica que configure la categoría mujer. Desde esta genealogía, “toda construcción cultural de la feminidad reinterpreta construcciones preexistentes y por ende compone una historia de interpretaciones encadenadas y superpuestas, dentro de las cuales se encuentran todas las mujeres. Por lo tanto, aunque las mujeres no compartan un entendimiento o experiencia común de la feminidad, están sin embargo reunidas en un grupo social determinado por su ubicación dentro de esta compleja trama histórica”.[4]

Desde esta apuesta por una genealogía feminista, podemos entender la segunda forma de ecofeminismo y que es la que aquí defendemos: la postura crítica y no esencialista. Desde este posicionamiento político se rescata la noción de género como una categoría de denuncia que ataca la naturalización de los roles asignados por el patriarcado, mientras que, al mismo tiempo, ubica la lucha de las mujeres en el plano de las relaciones concretas, materiales, históricas y ecológicas de nuestra subordinación. Es un ecofeminismo crítico, por lo tanto, en dos sentidos: crítico hacia los esencialismos que naturalizan sistemas de opresión, como crítico también del escepticismo posmoderno que desarma las identidades políticas frente a las opresiones materiales del sistema económico.

Este ecofeminismo crítico encuentra en la genealogía de la categoría de lo femenino una relación necesaria, esto es, no casual ni contingente, entre la subordinación de las mujeres dentro del patriarcado y la subordinación de la naturaleza ante el capitalismo, configurando así un mismo sistema de opresión. Por lo tanto no es casual la violencia hacia una naturaleza entendida en términos femeninos, como una Madre violentada, como una víctima cercenada y pasiva ante la actividad del hombre económico, y la violencia hacia las mujeres consideradas como animales, irracionales e instintivas. Ambas formas de violencia se materializan para el beneficio económico y social de un patriarcado que adquiere la forma del capitalismo actual, que aterroriza a las mujeres con violencia feminicida y aterroriza a la naturaleza con su despojo ilimitado.

Desde un enfoque ecosocialista, pensadoras como Mary Mellor han enfatizado que la conexión entre las mujeres y la naturaleza en nuestra sociedad industrializada no es casual ni pertenece al ámbito de una identidad esencialista. Esta conexión se fundamenta en el trabajo genéricamente femenino, que Mellor llama ‘altruismo impuesto’, y que consiste en todo aquel trabajo generalmente impago que mantiene y cuida de los cuerpos, que es trabajo cotidiano, repetitivo y cíclico, y que es necesario para la manutención de un modelo económico basado en el dinero y la expansión indefinida. Para Mellor y para Vandana Shiva, a esta economía le son indiferentes las verdaderas necesidades de los cuerpos y del medio ambiente en el que viven, su única motivación es el beneficio máximo expresado en un número –el Producto Interno Bruto- que enfatiza en la producción de riqueza monetaria pero no en el bienestar real de los pueblos. Para esta economía, el cuerpo de las mujeres son un componente fundamental como máquinas productoras de trabajo (asalariado e impago) y reproductoras y cuidadoras de los cuerpos-mercancía.

Desde la genealogía ecofeminista de la categoría mujer, la experiencia de las mujeres contiene un conocimiento como grupo oprimido que las ubica en un lugar privilegiado en la lucha contra la explotación capitalista-patriarcal. Dado que las mujeres somos la mitad de TODO, como dice el feminismo comunitario, la problemática de las mujeres ante el capital y la devastación ecológica no es una problemática más al lado de otras, sino que es fundamental para comprender la interconexión entre el sistema económico y el deterioro medioambiental. La característica de los ecofeminismos críticos (feminismo comunitario, ecosocialista, ilustrado…) es hacer un énfasis en el trabajo “femenino” (lo cual no quiere decir naturalmente femenino, sino genéricamente femenino, o sea que también lo pueden ejercer los hombres) como el trabajo que defiende y cuida de los bienes comunes, un trabajo y conocimiento esencial para la construcción de economías alternativas.

El énfasis de los ecofeminismos críticos se encuentra en la defensa de los commons, los bienes comunes, los bienes comunitarios. Para contextualizar esta lucha basta mirar los periódicos. De las noticias más recientes por parte de Wikileaks se revela que ya se va preparando, ajeno al debate público y democrático, la acotación de la capacidad regulatoria de los países en materia de servicios públicos. Cito la nota de la Jornada del 2 de junio:

“En su etapa más reciente, el borrador del Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA, por sus siglas en inglés) que negocian en secreto 50 gobiernos, entre ellos el de México, y que pretende regular de manera supranacional servicios de salud, agua, financieros, telecomunicaciones, transparencia y transporte, entre otros, plantea que los países firmantes den a los proveedores de servicios financieros extranjeros el mismo trato que a los nacionales. El instrumento, por añadidura, pasaría por encima de regulaciones establecidas por diversas naciones por razones culturales, sociales, ambientales (como para enfrentar el cambio climático) o de desarrollo y establecería, en caso de que llegue a firmarse, la facultad de “tribunales ‘comerciales’ privados” de decidir la forma en que los países regulan actividades que son fundamentales para el bienestar social”, asegura un análisis publicado por Wikileaks sobre el TISA.”

Se le está dejando el terreno abierto, pues, a la privatización de los recursos naturales que sostienen la vida de los pueblos y los ecosistemas, por detrás de cualquier mecanismo democrático. Ante esto, no queda más que la resistencia, una resistencia que, para ser efectiva, ha de partir de la lucha y experiencia de las mujeres en la defensa de los bienes comunitarios. El ecofeminismo del que hablamos se empata, entonces, con el feminismo comunitario, pues ya no se trata de luchar por la igualdad de las individuas frente a los individuos varones, se trata de empujar el conocimiento y la práctica comunitaria que han ejercido las mujeres y que es capaz de crear un nuevo sistema económico fundamentado en el cuidado y la conservación de la vida.

[1] F. D’Eaubonne, “La época del ecofeminismo”, en María Xosé Agra (comp.), Ecología y Feminismo, trad. Ana Celia Rodríguez Buján, Ecorama, 1997, pág. 51.

[2] Paredes, Julieta, Hilando Fino, p. 63-64.

[3] Stone, Allison, “On the genealogy of women: a defense of anti-essentialism”, en Third Wave Feminism. A Critical Exploration, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2004, p. 85.

[4] Ibíd., p. 86.

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Apología del pesimismo

-Para mi papá, el mejor de los pesimistas, en su cumpleaños.

El pesimismo, al contrario de lo que se supone comúnmente, puede ser no sólo un consuelo, sino también una vía para vivir con virtud y dignidad, para vivir bien. Pero se le rehuye como a la peste, se le considera el mal de los desahuciados, los melancólicos, los que no pueden evitar ver la imperfección del mundo, lleno de maldad y vileza. Se cree, entonces, que el pesimismo es el equivalente a la desesperanza y la amargura. Pero sostengo que el ver el lado más desfavorable de cada circunstancia no es un acto de desesperanza, ni un abandono de lo bueno. ¿Cómo, se preguntarán ustedes, puede ser que el pesimismo conlleve esperanza, virtud, incluso alegría?

Vivimos en tiempos catatónicos, críticos. Como en la Roma de Séneca, nuestro gobierno lo habitan seguidores de Nerón: tiranos sanguinarios y déspotas enceguecidos por el poder y la riqueza. La injusticia es el pan de cada día, el gobierno asesina y justifica matanzas en nombre de una “lucha contra el narcotráfico”, mientras que los verdaderos grupos criminales se desatan con toda impunidad y solidifican sus redes de trata, de extorsión, de tráfico de armas, en todos los niveles de la estructura de poder. Los feminicidios brotan como ampollas por toda la quemada piel de este país, casi todos los días se leen de nuevos casos de chicas violadas, asesinadas y tiradas cual mercancías desechables. Las elecciones venideras sólo realzan la cínica pantomima con la que pretende gobernar esta partidocracia podrida, misógina, racista y clasista, que se postra al servicio del capital. Y encima de todo, las pocas voces realmente críticas son acalladas, voces mayoritariamente femeninas, voces tajantes y severas con el poder. La falta de libertad de expresión no afecta sólo a las luminarias, como a Aristegui, sino a nosotras, las de a pie, las feministas y activistas que nos pronunciamos desde las trincheras auto generadas de las redes sociales. En este escenario desolador, resulta tan fácil, casi espontáneo, que brote la misoginia en contra de compañeras como Luisa Menstruadora y se le acalle con amenazas de violación y muerte. Como ella, todas estamos en peligro. Como ella, todas las que defendemos una voz y una postura estamos en riesgo.

Pero hablar de todo esto no es ser pesimista aún, es el mero recuento de lo real, de lo que pasa. El pesimismo encarna, además de este realismo presente, una expectativa de lo que vendrá, una expectativa que no se hace ilusiones vanas, que no espera finales felices ni iluminaciones espontáneas o soluciones prontas para los graves dilemas en los que se encuentra la humanidad. Usando un chiste de Zizek, lo que se ve al final del túnel no es la luz de la salida, sino otro tren que viene en sentido contrario, un tren bastante real y bastante rápido: el tren de una verdadera catástrofe ecológica y humanitaria empujado por las dinámicas capitalistas y patriarcales actuales.

Esperar que pasen cosas malas, desagradables y nefastas no implica necesariamente tener miedo a que sucedan. Es solamente la consecuencia de pensar racionalmente sobre la realidad del mundo y aceptar la existencia de la maldad, de lo nefasto, de la enfermedad y de la muerte. El mundo en que vivimos es así y no hay ningún indicio de que el futuro será diferente, al contrario, todo apunta a que el tiempo por venir será aún más lúgubre, penoso y difícil de sobrellevar.

Llevo algún tiempo queriendo hacer esta apología del pesimismo, pero no fue sino hasta recientemente que se conjuntaron una serie de elementos que me dieron sentido para escribir esto. El primer elemento fue la película The Road, cuyos protagonistas viven en un escenario post apocalíptico y luchan para sobrevivir cada día como carroñeros, buscando la poca comida que queda de lo que dejó la civilización, cuando que toda la vida en la tierra se desploma y muere. Entre los sobrevivientes, quedan carroñeros como los protagonistas -un hombre y su hijo-, y caníbales, quienes se comen a los carroñeros. Más allá del escenario apocalíptico que plantea la película, lo que más interesante me pareció fue su tratamiento del significado de la muerte y la repercusión que tiene para la moral.

En esa escena, el hombre le muestra al hijo cómo suicidarse, un acto que hace eco de las palabras de Séneca: “Del mismo modo que elegiré la nave en que navegar y la casa en que habitar, así también la muerte con que salir de la vida.” Pero no sólo es elegir entre la bala, el hambre o los caníbales: es elegir entre la virtud y el maldad. Lo virtuoso es aceptar la muerte propia, aceptar la inevitabilidad del fin, no esperar una redención ulterior y es, así, como consecuencia necesaria, un abrazar la vida en toda su fragilidad y contingencia. En la película, quienes no aceptaban la muerte, quienes se negaban a morir, eran justamente los caníbales, los portadores del mal, los perpetradores del apocalipsis. Al contrario, al enseñarle al niño a suicidarse, el hombre le enseñaba el último recurso de una vida digna, una vida virtuosa.

En nuestra vida cotidiana, no tenemos que pensar en el fin del mundo para pensar en nuestra muerte. Como dice Montaigne:

Pues es incierto el lugar en que la muerte nos aguarda, esperémosla por doquier.

Este pesimismo, este esperar lo peor, no porque así lo deseemos sino porque así sabemos que es la vida (vaya, la muerte, la maldad o el infortunio no son de ninguna manera excepciones de esta vida sino parte fundamental de ella), nos permite, como al hombre y al niño de la película, afrontar con dignidad la vida. Montaigne lo dice:

Meditar en la muerte por adelantado es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir. No hay mal alguno en la vida para quien entiende que la privación de la vida no es un mal. El saber morir nos libra de toda sujeción y restricción.

El meditar sobre la muerte nos permite reordenar nuestras prioridades, comprender en qué consiste nuestra vida y en qué enfocamos nuestro soplo vital. No se trata de abandonarnos a la desgracia, ni huir de la sórdida realidad, consiste en el ejercicio espiritual por medio del cual podemos ser más congruentes, más libres, más auto determinades.

Paradójicamente, es cuando sostenemos expectativas optimistas cuando más sufrimos, y sufrimos porque el optimismo simplemente no encaja con la realidad, y nos topamos entonces con la decepción y la frustración de ver nuestros sueños hechos añicos por la radical contingencia del mundo. No hay nada más deprimente que un libro de auto-ayuda que diga que si eres optimista, crees en tu potencial, fortaleces tu voluntad y le “echas ganas”, entonces podrás brillar en sociedad y tener todo lo que alguna vez soñaste. Pero resulta que nuestro destino no está completamente en nuestras manos, y resulta que no somos las únicas personas responsables de nuestros logros o fallas, de nuestro bienestar o nuestro mal. Como dije en otra parte, la felicidad es el producto de toda una organización comunitaria empujada hacia ese fin, no producto de la voluntad individual.

Una idea muy cercana a este optimismo vulgar es la creencia en una meritocracia, donde cada quien tiene y recibe lo que se merece según sus cualidades y esfuerzos. Es una creencia difundida por los medios y el gobierno. ¡Qué conveniente es que creamos que estamos mal porque lo merecemos!  La meritocracia conlleva necesariamente a la creencia de que la víctima es la principal culpable de su desgracia y que en el fondo se merecía el mal que le llegó. Y el creer en la meritocracia es una forma de creer en la justicia: si creemos que el mundo es naturalmente justo, entonces apoyamos implícitamente la injusticia. La contingencia del mundo -y más de uno tan injusto como el nuestro- nos enseña que la justicia no tiene nada de natural o relativo a los méritos de las personas, sino que al contrario, se gana solo después de una ardorosa lucha, y que hay veces en que no se gana en absoluto.

El segundo elemento que me dio pie para escribir esta apología fue algo que le escuché decir a Zizek y que encajó a la perfección con lo que venía reflexionando:

Si apuntas directamente hacia una perspectiva optimista del mundo, será contraproducente. Es ridículo tratar de actuar con dignidad. Al contrario, la dignidad debe emerger espontáneamente. Sostengo, entonces, que si acaso hay esperanza hoy, debe emerger como un producto necesario de nuestro análisis pesimista.

La palabra clave es necesidad: la esperanza, la congruencia, la virtud, no puede depender de un mero voluntarismo, de un “échale ganas” en el plano individual, o de un “sí se puede” en el plano colectivo. La solución a los problemas del presente no puede darse desde un planteamiento optimista que se dedique a dibujar mundos posibles. No, las soluciones reales deben surgir desde lo real y, por ello, es sólo desde el pesimismo teórico -esa reflexión sobre la realidad en toda su sórdida consistencia y las tristes expectativas del futuro- que es posible articular un optimismo práctico.

Cuando sueñas que suceden cosas malas significa que aún estás luchando, que aún estás vivo. Es cuando empiezas a soñar cosas buenas que deberías empezar a preocuparte.   – El hombre en The Road.

Soñemos pues, pero no le tengamos miedo a soñar pesadillas, pues cuando despertemos, sabremos cómo actuar.

Reminiscencias religiosas del amor

La palabra adiós es hermosa. A-diós. Es en el momento de la separación cuando nos remitimos a la totalidad, lo divino, a lo que rebasa nuestra finitud y nos une. Y, sin embargo, el adiós es real, definitivo, la separación existe.

Muchos adioses son para siempre y marcan un punto de no retorno: aquello que alguna vez se mantuvo unido, lado a lado, en el mismo camino, se separa y abre una distancia infranqueable. El adiós sólo hace evidente lo que siempre fue la verdad de la unión: lo que se une no es una misma sustancia, lo que se une siempre fue disímil, ajena una parte de la otra. Como dice Eduardo Nicol:

La identificación es imposible, porque el ser insuficiente desea reunirse consigo mismo, para completarse, y sólo puede completarse con el otro, que le es propio y ajeno a la vez.

La individualidad persiste, de ahí nuestra nostalgia taciturna y nuestra estimulante esperanza. La paradoja es la verdad de la unión: el otro es otro, yo soy su otra. Somos ajenos y, no obstante, ni la distancia más absoluta, la diferencia más real, puede ocultar la verdad de Dios: nuestras historias se entretejieron en un telar más grande que nos sostiene, nos abarca y nos rebasa.

Al estar juntos nos olvidamos de Dios, el mundo giraba al rededor nuestro cual si fuéramos su ombligo, nuestro egoísmo nos enceguecía. Al separarnos, el egoísmo se disipó y nuestros espíritus se expandieron en su soledad. De Dios venimos al encontrarnos y a Dios regresamos al despedirnos.

El no decir adiós cuando es necesario es la terca costumbre de creer que se pueden ocultar las distancias, perpetuar ese mundo sin quebrantos. Sin embargo, el silencio es la distancia encarnada en el tiempo, es el repetir la separación con cada día que pasa sin expresarte mi decir. Pido disculpas. Debo aceptar la paradoja: la única forma de reducir la distancia es emitir de mis labios esa palabra que, al separarnos, nos une: ¡Adiós!

-Para quien me dejaba dormir en su regazo, deteniendo el tiempo a caricias.

La necesidad de la filosofía

Les presento la introducción a mi tesis de licenciatura, titulada La Necesidad y Transformación de la Crítica Filosófica en la Obra de Hegel.


Al comenzar a escribir esta tesis admito que me encontraba perpleja por las dimensiones y  alcances que se proponía la filosofía hegeliana. Me cautivó la esperanza de creer que en su pensamiento encontraría respuestas a problemas que sentía tan abstractos como a su vez cercanos, existenciales, profundos. En concreto, me preocupaba el problema de la justificación del conocimiento y su vinculación con el pensamiento práctico y político –esto es, con problemas francamente metafísicos-, dado el nihilismo y el relativismo que permeaba no sólo gran parte de lo que estudiaba, sino de lo que vivía y sentía. Me embarqué entonces en una investigación sobre la dialéctica hegeliana en busca de respuestas y me adentré en un bosque tupido y complejo de preguntas, conceptos y argumentos. Conforme mi entendimiento se abría paso por entre la argumentación hegeliana, y en gran medida ayudada por comentaristas como Sergio Pérez, William Bristow, Frederich Beiser, Beatriz Longuenesse, Jean Hyppolite, Stephen Houlgate, Charles Taylor, Yirmiyahu Yovel, Robert Stern, Kenneth Westphal y Jean Luc Nancy, por mencionar a los más representativos, fui comprendiendo en un principio lo que se me aparecía inmediatamente: cada argumento, el contexto y el por qué detrás de cada idea, y la relación de Hegel con cada filósofo que influyó en su pensamiento. Puedo decir que comencé, entonces, apreciando los árboles, pero aún era incapaz de ver el bosque.

Ahora que he concluido este trabajo, puedo entender que aquellas anheladas respuestas que buscaba son imposibles. No hay respuesta fácil, ni unívoca y dada a la crisis a la que se enfrenta el espíritu del presente. El bosque que puedo ver desde la cima del trabajo logrado es un bosque más de preguntas que de respuestas y, sin embargo, es un paisaje definitivamente alentador, optimista. El aprendizaje que me dejan estos años de estudio es justamente que las respuestas facilonas, dadas y complacientes son tantas veces las respuestas que engañan y esconden tras su inmediatez las ficciones de una falsa conciencia. No me equivoco cuando afirmo ahora que la filosofía de Hegel es una herramienta imprescindible para aprender a plantearse las preguntas correctas, y que en eso recae la necesidad de la filosofía.

Hoy más que nunca necesitamos de la filosofía, en este tiempo posmoderno, pues es la filosofía la que nos muestra las suposiciones detrás de cualquier cúmulo de saberes, las suposiciones que no son explícitas, las suposiciones silenciosas que afectan lo que consideramos como verdadero, bueno, necesario y natural. Y en este develar las suposiciones en las que se fundamenta el sentido común encontramos la radicalidad de la filosofía: demuestra que es más importante saber hacer las preguntas correctas, esto es, saber preguntar justamente por esos supuestos, que ofrecer respuestas y prescripciones que perpetúan la confusión y el relativismo del presente al no cuestionar sus presuposiciones. Con Hegel aprendemos que este cuestionamiento negativo, este escepticismo que encarna el alma de la filosofía verdadera, no se queda en la pura negación del contenido del saber, sino que empuja al pensamiento hacia una nueva figura de la conciencia que albergará otra forma de verdad. Por lo tanto, el aprender a formular las preguntas correctas es un paso imprescindible para desmitificar y clarificar los problemas que atañen a nuestra existencia.

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