El estigma de vivir sola y con gatos.

Doy clase de inglés en una primaria y hoy se me ocurrió poner a mis gatos de ejemplo para un ejercicio. My cats are always hungry, les dije. Pero, en vez de seguir con el ejercicio y responder lo que debían (She says her cats are always hungry), el alumnado comenzó a bombardearme con preguntas: teacher, ¿le gustan los gatos?, teacher, ¿cuántos gatos tiene?, teacher, ¿ v i v e   s o l a ?, teacher, ¿ n o   t i e n e   n o v i o ?, ¿por qué no?, teacher, ¿ n o   s e   v a   c a s a r ? …

No comprendí muy bien cómo pasamos de hablar del hambre de mis mascotas al hecho de que estoy soltera y vivo sola con dos gatos, pero la transición de un tema a otro pareció muy natural, inmediato y prácticamente obvio. ¿Por qué, me preguntaba, ocurrió eso? ¿Por qué relacionar inmediatamente el hecho de que tenga por mascotas a dos gatos con el hecho de que estoy soltera y vivo sola? ¿Por qué les causa tanta impresión que así haya elegido vivir? La idea de la mujer solterona que vive con gatos, cuya representación está caricaturizada en la loca de los gatos, no es sólo un cliché: es un estigma, un desprestigio, todavía es un escándalo, motivo de burla, es, para ponerlo en una palabra, ideología patriarcal pura y dura.

Hace casi 90 años que Virginia Woolf publicó su célebre ensayo A Room of One’s Own, donde defendía la idea de que cualquier mujer que quisiera crear, escribir, producir sus propios proyectos, debía ser dueña de recursos suficientes para contar con espacio y tiempo propio, lejos de cualquier servidumbre y dependencia que la vida le impusiera. Hace casi 90 años… y, sin embargo, hoy en día una mujer que busca obtener precisamente eso, tiempo y espacio para estar sola y hacer sus cosas -porque estamos de acuerdo que la soledad es un requisito para la creación y la autonomía- sigue siendo objeto de burlas, sigue siendo encajonada en el cliché de la loca de los gatos, una versión renovada a través de los medios de lo que siempre ha sido la imagen de la bruja, imagen que bien sabemos no puede estar exenta de tener a un felino a su lado.

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Sobre la política de la felicidad: vivir como se piensa.

Hace poco me mudé de casa y al poco rato mis nuevos vecinos me invitaron a su “negocio”: un asunto de ventas de suplementos naturales que es, a la vez, un reto para mejorar tu propia salud física, emocional y financiera. ¡La panacea! Para iniciar en el “negocio” te dicen que tienes que fijarte primero 5 metas bien concretas, y te ponen ejemplos: conseguir el coche de lujo del año, terminar de pagar la hipoteca de tu casa, ganar 100 mil pesos mensuales…. Ok, sí, esos son sus ejemplos… ejem!…

Según sus explicaciones, en cuanto te dices “ya me vi” debes ir por el mundo convenciendo a cuanta gente te encuentres de que es posible lograr todo lo que queramos, de que la riqueza, belleza y salud está a la vuelta de un “sí quiero” y así los vas sumando al “negocio” a cambio de lo que llaman “una inversión”. Entre más gente logres incorporar al “reto”, entonces más ganas y así vas subiendo los escalones de esta hermosa panacea piramidal. Ganas dinero, te compras todo lo que has soñado, haces ejercicio y te pones como quieras, vas a conferencias sobre desarrollo humano, presumes el éxito que has alcanzado, “ayudas” a otras personas a lograr lo mismo, en fin, eres “feliz”.

¿Neta? Bueno, pues mi gusanito de la sospecha ya andaba dando saltos de alegría. Nada puede ser más sospechosa que la panacea, y más una panacea que te dice que puedes ganar 100 mil pesos al mes, sólo si quieres y le echas ganas. Pero no les voy a hablar aquí de mis sospechas sobre el “negocio”, que son bastante obvias por cierto (¡esquema piramidal, corre!). De lo que quiero hablarles es de las metas que se tienen en mente y de lo que suponen. Aristóteles ya nos hizo ver hace mucho tiempo que todo mundo está de acuerdo en que la meta, el fin último de nuestra vida es la felicidad, pero que está en chino ponernos de acuerdo sobre qué cosa es exactamente eso que llamamos felicidad. Ok, cuando mi vecino me hablaba de las 5 metas a tener en mente para entrarle al “negocio”, no me dijo que esas metas representaban mi felicidad, pero sí me dejó claro que son medios para alcanzarla. Si tengo dinero, hartas posesiones materiales y salud, ¿qué más quiero? ¿Acaso se necesita algo más para ser feliz? Pues según Hollywood, Televisa y todo el sistema patriarcal capitalista en el que vivimos, no, con eso basta, teniendo eso ya tengo todo lo demás garantizado: afectos, estabilidad emocional, autoestima, seguridad… en fin, felicidad.

Bueno, pues aquí aplica la frase: “Si Aristóteles viviera, sus cachetadotas les diera”. Sigue leyendo

La necesidad de la filosofía

Les presento la introducción a mi tesis de licenciatura, titulada La Necesidad y Transformación de la Crítica Filosófica en la Obra de Hegel.


Al comenzar a escribir esta tesis admito que me encontraba perpleja por las dimensiones y  alcances que se proponía la filosofía hegeliana. Me cautivó la esperanza de creer que en su pensamiento encontraría respuestas a problemas que sentía tan abstractos como a su vez cercanos, existenciales, profundos. En concreto, me preocupaba el problema de la justificación del conocimiento y su vinculación con el pensamiento práctico y político –esto es, con problemas francamente metafísicos-, dado el nihilismo y el relativismo que permeaba no sólo gran parte de lo que estudiaba, sino de lo que vivía y sentía. Me embarqué entonces en una investigación sobre la dialéctica hegeliana en busca de respuestas y me adentré en un bosque tupido y complejo de preguntas, conceptos y argumentos. Conforme mi entendimiento se abría paso por entre la argumentación hegeliana, y en gran medida ayudada por comentaristas como Sergio Pérez, William Bristow, Frederich Beiser, Beatriz Longuenesse, Jean Hyppolite, Stephen Houlgate, Charles Taylor, Yirmiyahu Yovel, Robert Stern, Kenneth Westphal y Jean Luc Nancy, por mencionar a los más representativos, fui comprendiendo en un principio lo que se me aparecía inmediatamente: cada argumento, el contexto y el por qué detrás de cada idea, y la relación de Hegel con cada filósofo que influyó en su pensamiento. Puedo decir que comencé, entonces, apreciando los árboles, pero aún era incapaz de ver el bosque.

Ahora que he concluido este trabajo, puedo entender que aquellas anheladas respuestas que buscaba son imposibles. No hay respuesta fácil, ni unívoca y dada a la crisis a la que se enfrenta el espíritu del presente. El bosque que puedo ver desde la cima del trabajo logrado es un bosque más de preguntas que de respuestas y, sin embargo, es un paisaje definitivamente alentador, optimista. El aprendizaje que me dejan estos años de estudio es justamente que las respuestas facilonas, dadas y complacientes son tantas veces las respuestas que engañan y esconden tras su inmediatez las ficciones de una falsa conciencia. No me equivoco cuando afirmo ahora que la filosofía de Hegel es una herramienta imprescindible para aprender a plantearse las preguntas correctas, y que en eso recae la necesidad de la filosofía.

Hoy más que nunca necesitamos de la filosofía, en este tiempo posmoderno, pues es la filosofía la que nos muestra las suposiciones detrás de cualquier cúmulo de saberes, las suposiciones que no son explícitas, las suposiciones silenciosas que afectan lo que consideramos como verdadero, bueno, necesario y natural. Y en este develar las suposiciones en las que se fundamenta el sentido común encontramos la radicalidad de la filosofía: demuestra que es más importante saber hacer las preguntas correctas, esto es, saber preguntar justamente por esos supuestos, que ofrecer respuestas y prescripciones que perpetúan la confusión y el relativismo del presente al no cuestionar sus presuposiciones. Con Hegel aprendemos que este cuestionamiento negativo, este escepticismo que encarna el alma de la filosofía verdadera, no se queda en la pura negación del contenido del saber, sino que empuja al pensamiento hacia una nueva figura de la conciencia que albergará otra forma de verdad. Por lo tanto, el aprender a formular las preguntas correctas es un paso imprescindible para desmitificar y clarificar los problemas que atañen a nuestra existencia.

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Purgarme de ese “amor” que no es amor

vomito amor románticoEstoy al fin en un punto de mi vida en el que tengo la suficiente conciencia y seguridad en mí misma como para saber cómo quiero amar y a quién. Por fin tengo claro que mi deseo es sobrepasar la utopía emocional del amor romántico sin por ello caer en relaciones superficiales que se desechan tan rápidamente como se consumen. Me propongo evitar estas dos caras de una misma moneda patriarcal: el amor romántico monógamo y la promiscuidad de las relaciones desechables. Ahora que confronto mi heterosexualidad compulsiva, ahora que reviso mi historia y encuentro en ella continuados intentos conscientes e inconscientes por escapar de la monogamia que he asumido con tanta frecuencia como un mandato obligatorio, una forma de amar incuestionable, una necesidad social.

Este mundo heteropatriarcal, donde la norma es lo que las Lesboterroristas llaman el “emparejamiento compulsivo”, donde la heterosexualidad se erige en una institución normativa y no en una simple preferencia sexual , donde el amor romántico subordina sexual, económica y simbólicamente a las mujeres, donde la monogamia es mandato y los celos son “naturales”, donde la persona “amada” es depositaria de nuestras propias expectativas e idealizaciones y no considerada como libre y dueña de su propia circunstancia, en donde “el amor” se erige como un contrato de propiedad, este mundo heteropatriarcal contemporáneo, decía, ofrece sólo dos opciones “amatorias”: o bien nos anexamos al dictado social y obedecemos a la compulsión de hallarnos en relaciones con personas a quienes les prometemos amor eterno, fidelidad y la construcción de un proyecto de vida en conjunto, siempre con la esperanza de no perder la pasión y la adrenalina de ese amor que nos alza, nos sublima como objetos de deseo y nos da un propósito que trasciende nuestra individualidad prescindible (para conformar luego ese “egoísmo a dúo” del que nos habla Coral Herrera en el texto que abajo les comparto); o nos encontramos en el opuesto: las relaciones desechables, que se entienden bajo la lógica del consumo, que son superficiales, a veces intensas pero, sobre todo, fugaces experiencias exentas de conexión profunda que llegan tan rápido como se van.

Yo opto ahora por ninguna de estas opciones y declaro que esas formas impuestas no son verdaderamente amorosas. El amor no impone, el amor no violenta, el amor no utiliza la persona amada como un producto, un medio para un fin propio, el amor no limita la libertad propia ni ajena, el amor no es un contrato de propiedad. El amor libera, no constriñe. El amor es comunicación, es respeto, es honestidad y es transformación.

Ese “amor” que no es amor se inscribe en una lógica del todo o nada, una lógica de opuestos (que se complementan): monogamia o promiscuidad, compromiso o irresponsabilidad, amor o lujuria, entrega o desecho. En esta lógica, las mujeres somos encajonadas en la típica polaridad de la mujer buena, santa, madre, virgen, esposa, y la mujer mala, perversa, pecadora, puta, bruja. Una polaridad creada por el patriarcado en vista, como dice Coral Herrera, del miedo que hay de las mujeres poderosas y libres que podrían salirse por completo del círculo del dominio patriarcal. Así, esta dicotomía se erige como un mecanismo para dominar los deseos y cuerpos de las mujeres.

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“Los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol”

Siguiendo con el tema del post pasado, hay libros que nos enseñan tanto no por la cantidad de información que contengan, sino porque nos hacen sentir lo que se aprende, supongo que ese es el mérito de toda buena literatura. Un libro que me inspiró de esa manera fue Los libros en mi vida de Henry Miller. Y cuando digo que me inspiró lo digo en el sentido más literal: me dio aire, sentí que recuperaba la respiración. Un oxígeno olvidado regresaba a mis células. Ante mí estaba un texto que reafirmaba mi sentir respecto al conocimiento y la lectura, y en el cual sentí que regresaba a casa después de andar por desiertos.the books in my life

Para Miller, expresarse acerca de sus lecturas es igual a examinarse a sí mismo, hacer un recuento no de lo que consume con los ojos y el pensamiento, sino de lo que él mismo es. Al igual que con la comida, también somos lo que leemos. Quizá por eso Miller insiste tanto en que hay que aprender a leer menos y menos y no más y más, pues la calidad importa más que la cantidad.

Y, ¿qué quiere decir que somos lo que leemos? Puede sonar pomposo y altanero, pero es en realidad una idea que es lo contrario a la visión enciclopédica y academicista de la literatura –y del conocimiento en general. De hecho, es una idea bastante crítica respecto a esa educación que nos enseñó a leer como si los libros fueran un conjunto de instrucciones, medios para otros fines, líneas en un esquema ya trazado. Ser lo que leemos implica que leer es una experiencia vital, y que lo que encontramos en los libros nos trastoca tanto como un viaje, un nuevo amor, o la pérdida de un ser querido.En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol.” Para Miller, los libros no merecen ningún estatus mayor al de cualquier experiencia vital, pero tampoco han de ser considerados a la par que cualquier otro objeto inanimado.

NORMAL_ROCKWELL_BOY_REDINGEl punto en realidad no son los libros, el punto es la vida, la vida que toma esa literatura, esa información, ese conocimiento, y la transforma en palpitación, en oxígeno, en risa y llanto, en más vida. Es la vida la que crea el aprendizaje, no el dato frío que se memoriza, los textos aprobados por las instituciones o la consigna mil veces repetida en las reuniones activistas.

He aquí la crítica que Miller le hace al sistema educativo (que hoy sigue vivito y coleando en nuestras escuelas): ”Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a crear estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que nunca se pensó materializar. El arte de escribir se enseña en el aula y no en la espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores ingenieros que escritores, mejores expertos industriales que pintores.”

Reproduzco aquí, entonces, las palabras de Miller, no como argumento de autoridad en la materia, sino simplemente como las palabras de alguien que supo tocarme el alma, con quien me sentí identificada y quien me hizo voltear a la misma madera con la que está hecha mi vida. Leer ese texto fue una experiencia memorable y más memorable fue reafirmar que al fin y al cabo lo que interesa es la experiencia misma de la lectura.

“Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida misma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros.” ¡Música para mis oídos!

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Conocer no sólo implica saber sino también sentir.

Siempre he aprendido mejor a través de la experiencia personal. Cada pedacito de conocimiento que he alcanzado ha sido porque lo sentí en las entrañas, no solamente porque lo entendí, lo leí o lo copié de un libro o de un pizarrón. Tengo una postura ambivalente respecto a si mi relación con el conocimiento es una limitación o una virtud, pero el hecho es que hay poco que conozca de verdad que no haya pasado por mi corazón y mi estómago como también por mi cerebro. Supongo que por eso considero que el conocimiento no es mera información o un instrumento para un propósito ulterior, sino que es algo vivo, una experiencia en sí mismo, una entidad divina que nos permite expandir nuestra imaginación y crear.

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Para mí, el conocimiento es una forma de arte y el arte es una forma de conocer. Supongo que a eso le puedes llamar sabiduría.

Pero, ¿cómo llegamos a sentir el conocimiento? ¿Cómo podemos crear  y no sólo reproducir lo que nos dicen que debemos hacer y pensar? Es bastante obvio que el sistema escolar de muchos países no nos ayuda y que, al contrario, tienden a adormecer nuestros sentidos y atontarnos. “Repite esto, repite aquello. Repite lo que dijo Hegel acerca del conocimiento:” <<Pero la investigación del conocimiento no puede acaecer más que en el acto de conocer. Con este, así llamado, instrumento, la investigación no significa otra cosa que conocerle. Y querer conocer antes de conocer es tan insensato como el sabio propósito de aquel escolástico de aprender a nadar antes de echarse al agua>> “Repite lo que dijo Henry Miller”: <<Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda de conocimiento>>.

Así que si corremos con la suficiente suerte nos enseñan a pensar diferente y a leer citas como las de arriba. Quizá, entonces, el knowledge-without-wisdom-i-paulo-zerbatoproblema no consiste en la información que recibimos, el problema consiste en la expectativa de que aprendamos a través de la repetición y no porque sintamos lo que leemos y actuemos con base en esa información. Nos han acostumbrado tanto a repetir lo que aprendemos que, cuando se nos confronta con lo que dijo Hegel o Henry Miller, nos limitamos a decir: “si, vamos a pensar de manera diferente, si, vamos a buscar conocimiento y creación a través de la experiencia”, pero aún no sabemos cómo hacerlo. Paradójicamente, sus consejos se quedan como prefacio al conocimiento verdadero y la creación, y muchas personas nos quedamos atoradas en ese prefacio sin saber cómo conectar lo que leemos con lo que sentimos, experimentamos y creamos. Y ese es un GRAN problema para quienes, como yo, sólo aprendemos, conocemos y creamos en la espesura de la vida.

Así que este blog tiene el propósito de servir de plataforma para mi auto educación. ¿Cómo? Pues, por medio de la escritura de mi propia experiencia con libros, literatura, posts y artículos del internet, música y básicamente cualquier cosa que haga esa conexión entre mi corazón y mi mente y que me haga descubrir algo nuevo de este fascinante mundo. Mi intención no es obtener todo el conocimiento que pueda, no es una cuestión de cantidad sino de calidad. Sobre todo, valoro la sabiduría y la belleza, y espero que ese sea el corazón palpitante de este blog.

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¿Por qué huir del aburrimiento?

Sé de lo que huyo, pero no lo que busco.

-Montaigne

En la sala de espera de un hospital una señora juega tetris en su celular. Al perder, baja el aparato, suspira, mira de un lado al otro y, colmada de ansiedad, vuelve a alzar la pantallita para seguir matando el tiempo. Me hubiera gustado compartirle mi lectura: La escuela del aburrimiento de Luigi Amara, que está dirigido a ella y a quienes eludimos automáticamente el aburrimiento, como si fuera una desgracia, una enfermedad, la señal de nuestras limitaciones.

Amara escarba en lo que subyace a la existencia del aburrimiento, aquello que le da su carácter oscuro, temeroso y despreciable, y lo presenta no como una experiencia más, sino como lo que determina la forma en la que entendemos lo que es la experiencia misma.

En tono confesional, Amara funde ensayo y narrativa al contar cómo, a la mitad de su vida, es incapaz de sostenerle la mirada al espejo donde se asoma el rostro del hastío, la desgana, los ojos apagados del tedio. No sólo es un estado anímico o una condición psicológica, el aburrimiento se ha vuelto el monstruo bostezante de nuestro tiempo al que le declara la guerra el frenesí cotidiano impulsado por el imperativo del entretenimiento y la productividad. Es por ello que Amara ha sabido ver en la saturación en la que nos insertamos no un encuentro sino una huída: “el esparcimiento es equiparable a una huida permanente y el tedio, espejo oscuro que nos persigue, es la forma en que se nos revela nuestra insignificancia, nuestra íntima nada frente al infinito.”

Narra un experimento existencial: dejar de huir y enfrentar el aburrimiento, buscando un sentido en lo que se nos presenta nimio, insulso, monótono. Inspirado en Pascal, Montaigne y Thoreau, el experimento consiste en desconectar los gadgets del cyborg contemporáneo y encerrarse sin más compañía que diez libros durante varias semanas, con el propósito de aprender a “permanecer en reposo en su cuarto”. Amara se propone, más que un reto, un verdadero ejercicio espiritual al modo de las antiguas filosofías helenísticas: construir su propia fortaleza, esa ciudadela interior de la que hablaba Séneca donde se practica la imperturbabilidad del alma.

A lo largo del libro, con una prosa lúcida, Amara traza las huellas de quien hoy en día busca el autoconocimiento. Como buen ensayista, no se propone dialogar con Heidegger, Leopardi, Baudelaire, Nietzsche, Perec o Pessoa con la intención de esclarecer una discusión bizantina, sino que se pone en juego a sí mismo en la escritura como experiencia vital. Es por ello que es reticente a la elaboración de una genealogía del aburrimiento, aunque deja atisbos de ello entre sus cuestionamientos y apreciaciones de pensadores y filosofías.

Después del silencio y la soledad del encierro se lanza a Las Vegas para corroborar que, si el aburrimiento señala la falta de sentido que nos rodea, su presencia es más fuerte ahí donde, paradójicamente, se erige el imperio de la diversión y las relaciones pasajeras. Aunque aparece una crítica a la sociedad de consumo y al nihilismo que erige el capital, Amara no apuesta por soluciones prontas, por recetas contra el aburrimiento ni por moralinas que nos devuelvan el sentido. Contrario a la búsqueda testaruda por erradicar esta enfermedad metafísica, señala que el tedio, en la conciencia dolorosa de nuestra insignificancia, es capaz de abrir camino a la autocrítica y a nuevas formas de sensibilidad, ahí donde florece la poética de lo aparentemente intrascendente.

(Reseña publicada en la revista Variopinto en Noviembre, 2012)

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