Apología del pesimismo

-Para mi papá, el mejor de los pesimistas, en su cumpleaños.

El pesimismo, al contrario de lo que se supone comúnmente, puede ser no sólo un consuelo, sino también una vía para vivir con virtud y dignidad, para vivir bien. Pero se le rehuye como a la peste, se le considera el mal de los desahuciados, los melancólicos, los que no pueden evitar ver la imperfección del mundo, lleno de maldad y vileza. Se cree, entonces, que el pesimismo es el equivalente a la desesperanza y la amargura. Pero sostengo que el ver el lado más desfavorable de cada circunstancia no es un acto de desesperanza, ni un abandono de lo bueno. ¿Cómo, se preguntarán ustedes, puede ser que el pesimismo conlleve esperanza, virtud, incluso alegría?

Vivimos en tiempos catatónicos, críticos. Como en la Roma de Séneca, nuestro gobierno lo habitan seguidores de Nerón: tiranos sanguinarios y déspotas enceguecidos por el poder y la riqueza. La injusticia es el pan de cada día, el gobierno asesina y justifica matanzas en nombre de una “lucha contra el narcotráfico”, mientras que los verdaderos grupos criminales se desatan con toda impunidad y solidifican sus redes de trata, de extorsión, de tráfico de armas, en todos los niveles de la estructura de poder. Los feminicidios brotan como ampollas por toda la quemada piel de este país, casi todos los días se leen de nuevos casos de chicas violadas, asesinadas y tiradas cual mercancías desechables. Las elecciones venideras sólo realzan la cínica pantomima con la que pretende gobernar esta partidocracia podrida, misógina, racista y clasista, que se postra al servicio del capital. Y encima de todo, las pocas voces realmente críticas son acalladas, voces mayoritariamente femeninas, voces tajantes y severas con el poder. La falta de libertad de expresión no afecta sólo a las luminarias, como a Aristegui, sino a nosotras, las de a pie, las feministas y activistas que nos pronunciamos desde las trincheras auto generadas de las redes sociales. En este escenario desolador, resulta tan fácil, casi espontáneo, que brote la misoginia en contra de compañeras como Luisa Menstruadora y se le acalle con amenazas de violación y muerte. Como ella, todas estamos en peligro. Como ella, todas las que defendemos una voz y una postura estamos en riesgo.

Pero hablar de todo esto no es ser pesimista aún, es el mero recuento de lo real, de lo que pasa. El pesimismo encarna, además de este realismo presente, una expectativa de lo que vendrá, una expectativa que no se hace ilusiones vanas, que no espera finales felices ni iluminaciones espontáneas o soluciones prontas para los graves dilemas en los que se encuentra la humanidad. Usando un chiste de Zizek, lo que se ve al final del túnel no es la luz de la salida, sino otro tren que viene en sentido contrario, un tren bastante real y bastante rápido: el tren de una verdadera catástrofe ecológica y humanitaria empujado por las dinámicas capitalistas y patriarcales actuales.

Esperar que pasen cosas malas, desagradables y nefastas no implica necesariamente tener miedo a que sucedan. Es solamente la consecuencia de pensar racionalmente sobre la realidad del mundo y aceptar la existencia de la maldad, de lo nefasto, de la enfermedad y de la muerte. El mundo en que vivimos es así y no hay ningún indicio de que el futuro será diferente, al contrario, todo apunta a que el tiempo por venir será aún más lúgubre, penoso y difícil de sobrellevar.

Llevo algún tiempo queriendo hacer esta apología del pesimismo, pero no fue sino hasta recientemente que se conjuntaron una serie de elementos que me dieron sentido para escribir esto. El primer elemento fue la película The Road, cuyos protagonistas viven en un escenario post apocalíptico y luchan para sobrevivir cada día como carroñeros, buscando la poca comida que queda de lo que dejó la civilización, cuando que toda la vida en la tierra se desploma y muere. Entre los sobrevivientes, quedan carroñeros como los protagonistas -un hombre y su hijo-, y caníbales, quienes se comen a los carroñeros. Más allá del escenario apocalíptico que plantea la película, lo que más interesante me pareció fue su tratamiento del significado de la muerte y la repercusión que tiene para la moral.

En esa escena, el hombre le muestra al hijo cómo suicidarse, un acto que hace eco de las palabras de Séneca: “Del mismo modo que elegiré la nave en que navegar y la casa en que habitar, así también la muerte con que salir de la vida.” Pero no sólo es elegir entre la bala, el hambre o los caníbales: es elegir entre la virtud y el maldad. Lo virtuoso es aceptar la muerte propia, aceptar la inevitabilidad del fin, no esperar una redención ulterior y es, así, como consecuencia necesaria, un abrazar la vida en toda su fragilidad y contingencia. En la película, quienes no aceptaban la muerte, quienes se negaban a morir, eran justamente los caníbales, los portadores del mal, los perpetradores del apocalipsis. Al contrario, al enseñarle al niño a suicidarse, el hombre le enseñaba el último recurso de una vida digna, una vida virtuosa.

En nuestra vida cotidiana, no tenemos que pensar en el fin del mundo para pensar en nuestra muerte. Como dice Montaigne:

Pues es incierto el lugar en que la muerte nos aguarda, esperémosla por doquier.

Este pesimismo, este esperar lo peor, no porque así lo deseemos sino porque así sabemos que es la vida (vaya, la muerte, la maldad o el infortunio no son de ninguna manera excepciones de esta vida sino parte fundamental de ella), nos permite, como al hombre y al niño de la película, afrontar con dignidad la vida. Montaigne lo dice:

Meditar en la muerte por adelantado es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir. No hay mal alguno en la vida para quien entiende que la privación de la vida no es un mal. El saber morir nos libra de toda sujeción y restricción.

El meditar sobre la muerte nos permite reordenar nuestras prioridades, comprender en qué consiste nuestra vida y en qué enfocamos nuestro soplo vital. No se trata de abandonarnos a la desgracia, ni huir de la sórdida realidad, consiste en el ejercicio espiritual por medio del cual podemos ser más congruentes, más libres, más auto determinades.

Paradójicamente, es cuando sostenemos expectativas optimistas cuando más sufrimos, y sufrimos porque el optimismo simplemente no encaja con la realidad, y nos topamos entonces con la decepción y la frustración de ver nuestros sueños hechos añicos por la radical contingencia del mundo. No hay nada más deprimente que un libro de auto-ayuda que diga que si eres optimista, crees en tu potencial, fortaleces tu voluntad y le “echas ganas”, entonces podrás brillar en sociedad y tener todo lo que alguna vez soñaste. Pero resulta que nuestro destino no está completamente en nuestras manos, y resulta que no somos las únicas personas responsables de nuestros logros o fallas, de nuestro bienestar o nuestro mal. Como dije en otra parte, la felicidad es el producto de toda una organización comunitaria empujada hacia ese fin, no producto de la voluntad individual.

Una idea muy cercana a este optimismo vulgar es la creencia en una meritocracia, donde cada quien tiene y recibe lo que se merece según sus cualidades y esfuerzos. Es una creencia difundida por los medios y el gobierno. ¡Qué conveniente es que creamos que estamos mal porque lo merecemos!  La meritocracia conlleva necesariamente a la creencia de que la víctima es la principal culpable de su desgracia y que en el fondo se merecía el mal que le llegó. Y el creer en la meritocracia es una forma de creer en la justicia: si creemos que el mundo es naturalmente justo, entonces apoyamos implícitamente la injusticia. La contingencia del mundo -y más de uno tan injusto como el nuestro- nos enseña que la justicia no tiene nada de natural o relativo a los méritos de las personas, sino que al contrario, se gana solo después de una ardorosa lucha, y que hay veces en que no se gana en absoluto.

El segundo elemento que me dio pie para escribir esta apología fue algo que le escuché decir a Zizek y que encajó a la perfección con lo que venía reflexionando:

Si apuntas directamente hacia una perspectiva optimista del mundo, será contraproducente. Es ridículo tratar de actuar con dignidad. Al contrario, la dignidad debe emerger espontáneamente. Sostengo, entonces, que si acaso hay esperanza hoy, debe emerger como un producto necesario de nuestro análisis pesimista.

La palabra clave es necesidad: la esperanza, la congruencia, la virtud, no puede depender de un mero voluntarismo, de un “échale ganas” en el plano individual, o de un “sí se puede” en el plano colectivo. La solución a los problemas del presente no puede darse desde un planteamiento optimista que se dedique a dibujar mundos posibles. No, las soluciones reales deben surgir desde lo real y, por ello, es sólo desde el pesimismo teórico -esa reflexión sobre la realidad en toda su sórdida consistencia y las tristes expectativas del futuro- que es posible articular un optimismo práctico.

Cuando sueñas que suceden cosas malas significa que aún estás luchando, que aún estás vivo. Es cuando empiezas a soñar cosas buenas que deberías empezar a preocuparte.   – El hombre en The Road.

Soñemos pues, pero no le tengamos miedo a soñar pesadillas, pues cuando despertemos, sabremos cómo actuar.

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El complejo de héroe en los auto nombrados “hombres feministas”

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El complejo del héroe no es sólo el impulso desmedido a ayudar a las demás personas. Se trata de una compulsión a asumir una responsabilidad para salvar a quienes se vislumbran como víctimas. Pero hay que tener mucho cuidado: esta compulsión de ninguna manera se ha de confundir con una postura misericordiosa o humanitaria. Todo lo contrario.

El héroe que vive en el interior de los auto nombrados “hombres feministas” es un personaje patológico, pero muy real. Tiene un discurso súper elaborado sobre el feminismo y, sin duda, ha leído con apasionado interés a Celia Amorós, Marcela Lagarde, Monique Wittig, Kate Millet, Judith Butler, Julieta Paredes, etc. Se sabe de memoria el libro de Feminismo para Principiantes de Nuria Varela, y ha desarrollado toda una teoría sobre una utópica comunidad ético-feminista. Ha asistido a sin fin de seminarios sobre el tema, ha colaborado con filósofas de renombre, en su perfil de Academia.edu se lee “Filosofía Feminista” entre los primeros lugares de sus intereses. Es, pues, todo un feminólogo.

Pero esto no lo hace feminista. En los hechos, este ser enmascarado, con capa y traje de superhéroe, es una contradicción andante. Él no encuentra en las mujeres sus iguales, ni siquiera sus interlocutoras. Se sirve de ellas en la medida en la que reflejan su imagen de salvador, de seductor, de elemento esencial en sus vidas.

Es comprensible, pues, que lo que más teme este personaje es que las mujeres, las que son para él las víctimas de este sistema patriarcal, no necesiten de su ayuda. La fantasía del héroe no es lograr lo que desea explícitamente- el deseo de liberar a las mujeres del patriarcado- sino convertirse él mismo en el objeto de deseo de estas mujeres.

Lo que realmente empuja a este auto nombrado “hombre feminista” a actuar supuestamente en contra del patriarcado, no es la salvación de las mujeres, sino la (inconsciente?) percepción de que las mujeres en realidad disfrutan su postura de víctimas, que ellas en realidad contribuyen a serlo, que lo buscan y anhelan, de modo que se resisten a ser redimidas, a ser salvadas por él. Esto lo conduce a ser violento, no contra el patriarcado, sino en contra de las mujeres.

La equivalencia de este personaje, en el mundo de la política global, es la posición de Estados Unidos en las guerras en Vietnam, Irak o Afganistán. Esas intervenciones militares se auto designaban como intervenciones “humanitarias”, pero cuya verdadera intención nunca fue “ayudar” a estas naciones, sino fundamentalmente establecer su poderío fáctico sobre ellas. Ante la realidad de que estos pueblos negaban dicha “ayuda”, la respuesta nunca fue de respeto o aceptación ante la diferencia, sino de violencia e imposición.

Esta violencia también la ejerce el auto nombrado “hombre feminista”. Puede ser una violencia discursiva (por ejemplo, insistirá en que su pareja sólo se relacione con otros “hombres feministas”, dudando así de su criterio y autonomía), y también puede ser una violencia sexual, física, en la que utilizará los cuerpos de estas mujeres para satisfacer sus deseos sexuales -en el entendido de que ellas participan en su carácter de víctimas, de que en el fondo ellas lo desean, desean ser acosadas, desean que este personaje se meta a su cama cuando estén dormidas para ser toqueteadas, para ser consumidas y luego desechadas.

Si se le confronta a este “héroe” y se le acusa de ser violento, acosador, manipulador, machista, su respuesta -siempre elaborada en el discurso más elocuente, académico y formal- será que “ellas lo quisieron, ellas eligieron libremente acostarse con él, ellas permitieron que pasara lo que pasó”. Apelará entonces, ahora sí, a la autonomía de las mujeres, a su capacidad de decidir sobre sus cuerpos, a la liberación de su sexualidad.

Quizá ellas no lo nieguen, quizá ellas digan que es cierto, que también lo quisieron. Habrá otras que -como yo- a la mañana siguiente se den cuenta de su error y se sientan manipuladas, sobajadas, utilizadas. Pero ese no es el punto. El meollo radica en que este “héroe” se cree con el derecho para llegar a “salvarnos”, para ser nuestra redención y para proyectar en nosotras todas sus miserias, y, a través de nuestra supuesta “liberación”, establecer su poderío. La violencia que ejerce contra las mujeres no es, pues, gratuita o azarosa: se origina en la concepción misma que tiene de las mujeres dentro de su discurso feminista, en la concepción misma que tiene de sí mismo como “hombre feminista”, esto es, como héroe.

Las únicas personas genéricamente designadas como “hombres” que he conocido y que han sido verdaderamente feministas, jamás se auto nombraron como tales. Pero, eso sí, actuaron y abandonaron en la práctica cotidiana -no en el discurso- sus privilegios de hombres en una sociedad patriarcal. Se atrevieron al diálogo, aceptaron los cuestionamientos y, sobre todo, asumieron que las mujeres, en toda nuestra diversidad, somos las únicas en nombrar y avanzar nuestra autonomía.

Es un hecho, jamás vuelvo a confiar en un hombre que se auto nombre feminista. Al llamarse a sí mismos “feministas” están ocultando en realidad lo que verdaderamente son. Este es el carácter performativo -e ideológico- de la nominación: el nombre “hombre feminista” es una precondición para la hegemonía del patriarcado dentro del feminismo. No se trata de aplicar un nombre vacío a un sujeto dado, como si fuera una mera descripción de algo que ya existe de antemano. Al momento de nombrarse como tal, este sujeto no sólo describe lo que pretende ser, sino que abre un discurso hegemónico: el discurso del héroe. Es la máscara perfecta del patriarcado mutante.

Reminiscencias religiosas del amor

La palabra adiós es hermosa. A-diós. Es en el momento de la separación cuando nos remitimos a la totalidad, lo divino, a lo que rebasa nuestra finitud y nos une. Y, sin embargo, el adiós es real, definitivo, la separación existe.

Muchos adioses son para siempre y marcan un punto de no retorno: aquello que alguna vez se mantuvo unido, lado a lado, en el mismo camino, se separa y abre una distancia infranqueable. El adiós sólo hace evidente lo que siempre fue la verdad de la unión: lo que se une no es una misma sustancia, lo que se une siempre fue disímil, ajena una parte de la otra. Como dice Eduardo Nicol:

La identificación es imposible, porque el ser insuficiente desea reunirse consigo mismo, para completarse, y sólo puede completarse con el otro, que le es propio y ajeno a la vez.

La individualidad persiste, de ahí nuestra nostalgia taciturna y nuestra estimulante esperanza. La paradoja es la verdad de la unión: el otro es otro, yo soy su otra. Somos ajenos y, no obstante, ni la distancia más absoluta, la diferencia más real, puede ocultar la verdad de Dios: nuestras historias se entretejieron en un telar más grande que nos sostiene, nos abarca y nos rebasa.

Al estar juntos nos olvidamos de Dios, el mundo giraba al rededor nuestro cual si fuéramos su ombligo, nuestro egoísmo nos enceguecía. Al separarnos, el egoísmo se disipó y nuestros espíritus se expandieron en su soledad. De Dios venimos al encontrarnos y a Dios regresamos al despedirnos.

El no decir adiós cuando es necesario es la terca costumbre de creer que se pueden ocultar las distancias, perpetuar ese mundo sin quebrantos. Sin embargo, el silencio es la distancia encarnada en el tiempo, es el repetir la separación con cada día que pasa sin expresarte mi decir. Pido disculpas. Debo aceptar la paradoja: la única forma de reducir la distancia es emitir de mis labios esa palabra que, al separarnos, nos une: ¡Adiós!

-Para quien me dejaba dormir en su regazo, deteniendo el tiempo a caricias.

La necesidad de la filosofía

Les presento la introducción a mi tesis de licenciatura, titulada La Necesidad y Transformación de la Crítica Filosófica en la Obra de Hegel.


Al comenzar a escribir esta tesis admito que me encontraba perpleja por las dimensiones y  alcances que se proponía la filosofía hegeliana. Me cautivó la esperanza de creer que en su pensamiento encontraría respuestas a problemas que sentía tan abstractos como a su vez cercanos, existenciales, profundos. En concreto, me preocupaba el problema de la justificación del conocimiento y su vinculación con el pensamiento práctico y político –esto es, con problemas francamente metafísicos-, dado el nihilismo y el relativismo que permeaba no sólo gran parte de lo que estudiaba, sino de lo que vivía y sentía. Me embarqué entonces en una investigación sobre la dialéctica hegeliana en busca de respuestas y me adentré en un bosque tupido y complejo de preguntas, conceptos y argumentos. Conforme mi entendimiento se abría paso por entre la argumentación hegeliana, y en gran medida ayudada por comentaristas como Sergio Pérez, William Bristow, Frederich Beiser, Beatriz Longuenesse, Jean Hyppolite, Stephen Houlgate, Charles Taylor, Yirmiyahu Yovel, Robert Stern, Kenneth Westphal y Jean Luc Nancy, por mencionar a los más representativos, fui comprendiendo en un principio lo que se me aparecía inmediatamente: cada argumento, el contexto y el por qué detrás de cada idea, y la relación de Hegel con cada filósofo que influyó en su pensamiento. Puedo decir que comencé, entonces, apreciando los árboles, pero aún era incapaz de ver el bosque.

Ahora que he concluido este trabajo, puedo entender que aquellas anheladas respuestas que buscaba son imposibles. No hay respuesta fácil, ni unívoca y dada a la crisis a la que se enfrenta el espíritu del presente. El bosque que puedo ver desde la cima del trabajo logrado es un bosque más de preguntas que de respuestas y, sin embargo, es un paisaje definitivamente alentador, optimista. El aprendizaje que me dejan estos años de estudio es justamente que las respuestas facilonas, dadas y complacientes son tantas veces las respuestas que engañan y esconden tras su inmediatez las ficciones de una falsa conciencia. No me equivoco cuando afirmo ahora que la filosofía de Hegel es una herramienta imprescindible para aprender a plantearse las preguntas correctas, y que en eso recae la necesidad de la filosofía.

Hoy más que nunca necesitamos de la filosofía, en este tiempo posmoderno, pues es la filosofía la que nos muestra las suposiciones detrás de cualquier cúmulo de saberes, las suposiciones que no son explícitas, las suposiciones silenciosas que afectan lo que consideramos como verdadero, bueno, necesario y natural. Y en este develar las suposiciones en las que se fundamenta el sentido común encontramos la radicalidad de la filosofía: demuestra que es más importante saber hacer las preguntas correctas, esto es, saber preguntar justamente por esos supuestos, que ofrecer respuestas y prescripciones que perpetúan la confusión y el relativismo del presente al no cuestionar sus presuposiciones. Con Hegel aprendemos que este cuestionamiento negativo, este escepticismo que encarna el alma de la filosofía verdadera, no se queda en la pura negación del contenido del saber, sino que empuja al pensamiento hacia una nueva figura de la conciencia que albergará otra forma de verdad. Por lo tanto, el aprender a formular las preguntas correctas es un paso imprescindible para desmitificar y clarificar los problemas que atañen a nuestra existencia.

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¿Por qué huir del aburrimiento?

Sé de lo que huyo, pero no lo que busco.

-Montaigne

En la sala de espera de un hospital una señora juega tetris en su celular. Al perder, baja el aparato, suspira, mira de un lado al otro y, colmada de ansiedad, vuelve a alzar la pantallita para seguir matando el tiempo. Me hubiera gustado compartirle mi lectura: La escuela del aburrimiento de Luigi Amara, que está dirigido a ella y a quienes eludimos automáticamente el aburrimiento, como si fuera una desgracia, una enfermedad, la señal de nuestras limitaciones.

Amara escarba en lo que subyace a la existencia del aburrimiento, aquello que le da su carácter oscuro, temeroso y despreciable, y lo presenta no como una experiencia más, sino como lo que determina la forma en la que entendemos lo que es la experiencia misma.

En tono confesional, Amara funde ensayo y narrativa al contar cómo, a la mitad de su vida, es incapaz de sostenerle la mirada al espejo donde se asoma el rostro del hastío, la desgana, los ojos apagados del tedio. No sólo es un estado anímico o una condición psicológica, el aburrimiento se ha vuelto el monstruo bostezante de nuestro tiempo al que le declara la guerra el frenesí cotidiano impulsado por el imperativo del entretenimiento y la productividad. Es por ello que Amara ha sabido ver en la saturación en la que nos insertamos no un encuentro sino una huída: “el esparcimiento es equiparable a una huida permanente y el tedio, espejo oscuro que nos persigue, es la forma en que se nos revela nuestra insignificancia, nuestra íntima nada frente al infinito.”

Narra un experimento existencial: dejar de huir y enfrentar el aburrimiento, buscando un sentido en lo que se nos presenta nimio, insulso, monótono. Inspirado en Pascal, Montaigne y Thoreau, el experimento consiste en desconectar los gadgets del cyborg contemporáneo y encerrarse sin más compañía que diez libros durante varias semanas, con el propósito de aprender a “permanecer en reposo en su cuarto”. Amara se propone, más que un reto, un verdadero ejercicio espiritual al modo de las antiguas filosofías helenísticas: construir su propia fortaleza, esa ciudadela interior de la que hablaba Séneca donde se practica la imperturbabilidad del alma.

A lo largo del libro, con una prosa lúcida, Amara traza las huellas de quien hoy en día busca el autoconocimiento. Como buen ensayista, no se propone dialogar con Heidegger, Leopardi, Baudelaire, Nietzsche, Perec o Pessoa con la intención de esclarecer una discusión bizantina, sino que se pone en juego a sí mismo en la escritura como experiencia vital. Es por ello que es reticente a la elaboración de una genealogía del aburrimiento, aunque deja atisbos de ello entre sus cuestionamientos y apreciaciones de pensadores y filosofías.

Después del silencio y la soledad del encierro se lanza a Las Vegas para corroborar que, si el aburrimiento señala la falta de sentido que nos rodea, su presencia es más fuerte ahí donde, paradójicamente, se erige el imperio de la diversión y las relaciones pasajeras. Aunque aparece una crítica a la sociedad de consumo y al nihilismo que erige el capital, Amara no apuesta por soluciones prontas, por recetas contra el aburrimiento ni por moralinas que nos devuelvan el sentido. Contrario a la búsqueda testaruda por erradicar esta enfermedad metafísica, señala que el tedio, en la conciencia dolorosa de nuestra insignificancia, es capaz de abrir camino a la autocrítica y a nuevas formas de sensibilidad, ahí donde florece la poética de lo aparentemente intrascendente.

(Reseña publicada en la revista Variopinto en Noviembre, 2012)

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