¿Por qué huir del aburrimiento?

Sé de lo que huyo, pero no lo que busco.

-Montaigne

En la sala de espera de un hospital una señora juega tetris en su celular. Al perder, baja el aparato, suspira, mira de un lado al otro y, colmada de ansiedad, vuelve a alzar la pantallita para seguir matando el tiempo. Me hubiera gustado compartirle mi lectura: La escuela del aburrimiento de Luigi Amara, que está dirigido a ella y a quienes eludimos automáticamente el aburrimiento, como si fuera una desgracia, una enfermedad, la señal de nuestras limitaciones.

Amara escarba en lo que subyace a la existencia del aburrimiento, aquello que le da su carácter oscuro, temeroso y despreciable, y lo presenta no como una experiencia más, sino como lo que determina la forma en la que entendemos lo que es la experiencia misma.

En tono confesional, Amara funde ensayo y narrativa al contar cómo, a la mitad de su vida, es incapaz de sostenerle la mirada al espejo donde se asoma el rostro del hastío, la desgana, los ojos apagados del tedio. No sólo es un estado anímico o una condición psicológica, el aburrimiento se ha vuelto el monstruo bostezante de nuestro tiempo al que le declara la guerra el frenesí cotidiano impulsado por el imperativo del entretenimiento y la productividad. Es por ello que Amara ha sabido ver en la saturación en la que nos insertamos no un encuentro sino una huída: “el esparcimiento es equiparable a una huida permanente y el tedio, espejo oscuro que nos persigue, es la forma en que se nos revela nuestra insignificancia, nuestra íntima nada frente al infinito.”

Narra un experimento existencial: dejar de huir y enfrentar el aburrimiento, buscando un sentido en lo que se nos presenta nimio, insulso, monótono. Inspirado en Pascal, Montaigne y Thoreau, el experimento consiste en desconectar los gadgets del cyborg contemporáneo y encerrarse sin más compañía que diez libros durante varias semanas, con el propósito de aprender a “permanecer en reposo en su cuarto”. Amara se propone, más que un reto, un verdadero ejercicio espiritual al modo de las antiguas filosofías helenísticas: construir su propia fortaleza, esa ciudadela interior de la que hablaba Séneca donde se practica la imperturbabilidad del alma.

A lo largo del libro, con una prosa lúcida, Amara traza las huellas de quien hoy en día busca el autoconocimiento. Como buen ensayista, no se propone dialogar con Heidegger, Leopardi, Baudelaire, Nietzsche, Perec o Pessoa con la intención de esclarecer una discusión bizantina, sino que se pone en juego a sí mismo en la escritura como experiencia vital. Es por ello que es reticente a la elaboración de una genealogía del aburrimiento, aunque deja atisbos de ello entre sus cuestionamientos y apreciaciones de pensadores y filosofías.

Después del silencio y la soledad del encierro se lanza a Las Vegas para corroborar que, si el aburrimiento señala la falta de sentido que nos rodea, su presencia es más fuerte ahí donde, paradójicamente, se erige el imperio de la diversión y las relaciones pasajeras. Aunque aparece una crítica a la sociedad de consumo y al nihilismo que erige el capital, Amara no apuesta por soluciones prontas, por recetas contra el aburrimiento ni por moralinas que nos devuelvan el sentido. Contrario a la búsqueda testaruda por erradicar esta enfermedad metafísica, señala que el tedio, en la conciencia dolorosa de nuestra insignificancia, es capaz de abrir camino a la autocrítica y a nuevas formas de sensibilidad, ahí donde florece la poética de lo aparentemente intrascendente.

(Reseña publicada en la revista Variopinto en Noviembre, 2012)

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